B U R E A U   O F   P U B L I C   S E C R E T S


 

 

 

Erotismo, Misticismo y Revolutión

(Un estudio crítico sobre Kenneth Rexroth)

 

 

1. Vida y Literatura

Rexroth (antes de una lectura de sus poemas): “Bien, señores y señoras, ¿qué les gustaría esta noche, erotismo, misticismo o revolución?”

Una asistente de la audiencia: “¿Hay en realidad alguna diferencia?”


Kenneth Rexroth nació en el estado de Indiana en 1905, en el seno de una familia de antiesclavistas, socialistas, anarquistas, feministas y librepensadores. Recibió una educación cultivada y poco convencional cuando aún era niño y se quedó huérfano a la edad de doce años. Pasó la mayor parte de su adolescencia en Chicago, donde trabajó como reportero y colaboró en el negocio de un café de jazz, mezclándose con los músicos, artistas, escritores, radicales y excéntricos que constituían el mundo bohemio de los años veinte. De formación casi por completo autodidacta (sólo fue al colegio durante cinco años), devoraba toda clase de libros, escribía poesía, pintaba cuadros abstractos, trabajaba en el teatro vanguardista y empezó a estudiar por su cuenta varios idiomas. Antes de haber cumplido los veinte años ya había recorrido el país en auto-stop, dedicándose a trabajar los veranos en el lejano oeste como mozo y cocinero para los cow-boys; también trabajó en granjas y en tareas forestales, y un día consiguió enrolarse en un barco para ir a París.

Estas precoces aventuras las relata en su libro Una novela autobiográfica. Al principio parece que el libro va a tratar más de otros personajes que de él mismo: Louis Armstrong, Alexander Berkman, Clarence Darrow, Eugene Debs, Marcel Duchamp, Emma Goldman, D. H. Lawrence, Diego Rivera, Carl Sandburg, Edward Sapir, Sacco y Vanzetti, todos aparecen brevemente. Junto a ellos también encontramos a una mujer hindú que le introduce en el yoga sexual, a un miembro de la banda de Bugs Moran que se retira más tarde a Hollywood como asesor de películas de gángsteres, a un poeta charlatán que dice haber pertenecido a “las tres organizaciones más cotillas de la vida moderna: anglo católicos, trotskistas y homosexuales”. Además, el libro presenta una gran variedad de personajes: anarquistas, comunistas, wobblies (pertenecientes a la IWW1), dadaístas, surrealistas, ocultistas, prostitutas, policías, delincuentes, jueces, carceleros, vagabundos, rústicos, indios, cow-boys, leñadores... Se trata de una autobiografía fascinante, no sólo por la increíble y variada suma de experiencias del propio Rexroth, sino por su evocación de la subcultura radical libertaria americana que desapareció a comienzos de siglo y por las imágenes que ofrece de la bohemia de los años veinte que anticipaban la contracultura mundial que más tarde llegaría. “En esos momentos yo estaba siendo testigo del desarrollo de un modelo cultural en algunos lugares de Chicago, Nueva York y París, que iba a extenderse por todo el mundo. Una generación más tarde, todos los profesionales que se las daban de bohemios, fuesen de Oslo o de Sydney, harían las cosas que nosotros ya habíamos hecho; pero en nuestra época todos nos conocíamos unos a otros.”

La primera edición de Una novela autobiográfica abarca hasta 1927, cuando Rexroth se instala en San Francisco(2) (decía que esa ciudad le gustaba porque estaba cerca de las montañas del Oeste, lejos del dominio cultural de Nueva York, y también porque era prácticamente la única ciudad importante de Estados Unidos que no estaba poblada por puritanos sino por “jugadores, prostitutas, granujas y buscadores de fortuna”). Durante los años treinta y cuarenta Rexroth desempeña un papel muy activo dentro de muchos grupos libertarios, en defensa de los derechos civiles y en contra de la guerra (durante la segunda guerra mundial se declaró objetor de conciencia), y es el principal mentor del fermento cultural y literario que conducirá al “Renacimiento de San Francisco” después de la guerra. Durante los años cincuenta y sesenta escribe poemas, obras de teatro, ensayos y artículos de crítica social, traduce poesía de siete idiomas, presenta críticas de libros y programas en la radio independiente KPFA, y organiza por primera vez lecturas de poemas acompañadas de jazz.

En 1968 se traslada a Santa Bárbara, en el sur de California, donde imparte cursos sobre poesía y música underground y donde, a excepción de algunas largas visitas a Japón, vivirá hasta su muerte en 1982.

* * *

Yo tuve la suerte de llegar a tratarle algo en los años sesenta, cuando acudí al curso que él estaba dando en el State College de San Francisco. Toda su vida se había llevado mal con el mundo universitario (llamaba a las universidades “fábricas de niebla”), pero en ese momento su figura era tan reconocida y había tal demanda de una educación “pertinente”, que a él se le permitió impartir el curso que quisiera. Su “clase”, mucho más instructiva que cualquier otra que yo haya recibido, consistía simplemente en discusiones abiertas sobre cualquier materia, amenizadas a veces con otras actividades como, por ejemplo, representaciones teatrales.

Rexroth conectaba generalmente bastante bien con los movimientos contraculturales del momento en los que la mayor parte de nosotros estábamos envueltos, pero atemperaba nuestro ingenuo entusiasmo con una saludable dosis de humor y escepticismo y nos hacía tomar conciencia de perspectivas más amplias: comparaba a Bob Dylan con los cantautores franceses de la “nouvelle chanson” de los cuales nosotros no habíamos oído hablar nunca; defendía que, dentro de los artistas psicodélicos, el más grande era precisamente una mística medieval que había pintado sus propias visiones; respaldaba con fuerza las acciones más radicales contra la guerra, a la vez que nos ponía en guardia contra la manipulación de los burócratas de izquierdas. En algunas ocasiones, soliviantado por alguna atrocidad social o por alguna mezquindad particular, lanzaba críticas mordaces. Pero la mayor parte del tiempo lo que hacía era bromear de manera agradable con la gente. Raramente insistía en sus puntos de vista; sin embargo podía, en mitad de una conversación, dejar caer un chiste, una anécdota que debilitaba sutilmente nuestras ilusiones o nos abría una nueva perspectiva sobre lo que estábamos hablando. Meses o años más tarde, cuando me venían a la memoria algunas de sus observaciones, aparentemente intrascendentes, se me aparecía de repente su verdadero sentido, y apreciaba aún más el tacto y la discreción con que las había hecho.

Su voz áspera y cansina recordaba a la de W.C. Fields(3), y en sus apariciones públicas a menudo llegaba a forzar el parecido adoptando su estilo oratorio: “Eso me recuerda una vez (y bajaba nostálgicamente los ojos) que estaba hablando con Lewis Mumford, un hombre con el que yo normalmente estaba de acuerdo (esto lo decía refunfuñando y torciendo el gesto) y me dijo...” Esta actitud teatral e irónica era muy entretenida, pero yo creo que él la utilizaba ante todo para hacernos partícipes de sus ideas sin mucha solemnidad. A los ojos de un observador casual que no se diera cuenta de su ironía, Rexroth podía parecer simplemente un viejo excéntrico y algo sentencioso al que le gustaba contar divertidas anécdotas sobre personas famosas. Era, sin duda alguna, consciente de sus propios méritos, pero a mí nunca me pareció engreído: tanto en sus escritos como en sus charlas, Rexroth siempre dialogaba. Hay muchos escritores que tratan de llamar la atención de la gente ante la más nimia idea que se les ocurre; Rexroth, al contrario, lanzaba ideas perspicaces y originales como si fueran algo banal conocido por todos o atribuía a otros sus propios méritos. Muchos son los escritores que él ha alabado por su madurez, valentía, erudición, adaptación a distintas culturas etc., que estaban en realidad muy lejos de lo que era él mismo. Tenía fama de ser muy irritable en algunas ocasiones, pero para mí lo que sobresale de Rexroth es su cordialidad y magnanimidad.

Yo no le conocí lo bastante bien como para poder hablar sobre su vida personal. Este libro trata fundamentalmente de su obra literaria, pero sólo de ciertos aspectos de ella. Lo he escrito por dos razones: quería destacar, por mí mismo, lo que consideraba valioso y aquello con lo que no estaba de acuerdo en un escritor que tanto ha significado para mí, y también pretendía que otras personas se interesasen por su lectura. Espero, al menos, conseguir esto último.

* * *

Algunos de los primeros poemas de Rexroth se parecen a los poemas “cubistas” de Gertrude Stein, Guillaume Apollinaire y Pierre Reverdy: disocian y recomponen elementos verbales como la pintura cubista hace con los elementos visuales. Esos poemas reflejan también sus investigaciones sobre la canción primitiva y la lingüística moderna. Decía que esta clase de experimentación ecléctica, la cual compartía con muchos otros poetas de los años veinte, derivaba de su convicción de que “el lenguaje actual de la sociedad había sido corrompido por el uso abusivo al que se le había sometido, y que era necesario encontrar espacios transitables en la estructura comunicativa a través de los cuales se pudiera atacar la mente del lector”. Al final Rexroth acabó percatándose de que podía conseguir los mismos efectos con formas más accesibles. Aparte de esas pocas y tempranas excepciones, la mayor parte de sus poemas son bastante sencillos y apenas necesitan explicación alguna.

Una vez un crítico universitario se refirió sarcásticamente a Rexroth, Gary Snyder(4) y Philip Whalen como “miembros de la escuela de poesía “bear-shit-on-the-trail” (“mierda-de-oso-en-el-camino”). Rexroth, por supuesto, tomó esto como un elogio. A menudo pasaba meses seguidos en los bosques y en las montañas, y unos cuantos poemas suyos reflejan sus andanzas por estos lugares. En uno de los más hermosos él está tumbado junto a una cascada leyendo De Signatura Rerum de Jakob Böhme, el místico visionario que “vio el mundo fluyendo a chorros en la electrolisis del amor”:

A lo largo de un profundo día de julio
las hojas del laurel, todos los colores
del oro, descienden girando a través
de la sombra profunda y cambiante del laurel.
Flotan un momento
en el reflejo del cielo y del bosque,
Y luego todavía girando lentamente, se hunden
en la profundidad cristalina del estanque
hasta el fondo tapizado de hojas doradas.
El carrizo incuba en su abovedado nido de musgo.
Un tritón forcejea con una polilla blanca
que se hunde en el estanque. Los halcones chillan
jugando bajo el techo del cielo. Las largas horas van pasando.

Tantos de sus poemas de amor tienen como escenario la naturaleza que una vez, después de leer algunos en público, alguien le preguntó, “Señor Rexroth, ¿nunca hace el amor en lugares cerrados?”. En el siguiente poema su amante y él están tendidos en una canoa varada sobre un lecho de nenúfares de un pequeño río del Medio Oeste:

Deja que tu perfumado pelo caiga sobre nuestros ojos,
bésame con esos dulces y melodiosos labios, (...)
muévete suavemente, muévete apenas, separa tus muslos,
tómame lentamente mientras nuestros ávidos labios
se buscan a ciegas conteniendo la sangre que bulle en nuestras gargantas.
Muévete suavemente, no te muevas en absoluto, pero abrázame,
profundo, quedo, profundo dentro de ti, mientras el tiempo se desvanece,
como este río se desliza detrás de este lecho de nenúfares,
y los momentos furtivos se diluyen y desaparecen
en nuestra carne mortal y eterna.

De vuelta en San Francisco, Rexroth modera la famosa reunión de 1955 en la que Allen Ginsberg lee “Howl” por primera vez. Poco después, actúa como testigo de la defensa en el proceso por obscenidad que sigue a esta reunión y confunde al acusador señalando simplemente, que lo único que Ginsberg hacía era continuar con la venerable tradición de los profetas de la Biblia que denunciaban las iniquidades de la sociedad. Esto se podría decir igualmente sobre “Thou Shalt Not Kill” (“Y el quinto: No matarás”) de Rexroth, una amarga diatriba escrita contra el sistema escrita un par de años antes de “Howl” con motivo de la muerte de Dylan Thomas. Este poema, en cierto modo, se parece y probablemente influyó en el de Ginsberg:

Tú estas matando a los jóvenes. (...)
Tú,
la hiena de rostro acicalado y pajarita,
en la oficina de una multimillonaria
entidad dedicada al bien público;
Tú,
el buitre rezumando carroña,
descuidadamente bien vestido en tweeds de importación,
que da conferencias sobre la Era de la abundancia;
Tú,
el chacal de gabardina cruzada,
aullando por control remoto
en las Naciones Unidas.

Junto a estos tres temas principales —erotismo, misticismo y revolución—, se encuentran epigramas satíricos como éste, en el que Rexroth fustiga a la cocina inglesa.

Cómo se puede escribir o pintar
en un país donde
sería más agradable
alimentarse por vía intravenosa.

También escribió elegías. La siguiente muestra está tomada de una en memoria de su primera mujer, Andrée.

Yo sé que la primavera es, de nuevo, espléndida,
como siempre, el tordo que se esconde
con su dulce música y el sol, tan vital.
Pero estos son los caminos que recorrimos juntos,
estos senderos, diez años juntos.
Pensábamos que los años durarían siempre,
se han ido todos, y también los días
que creíamos que nunca nos llegarían, están aquí ya.

Algunas escenas familiares como la descrita en el siguiente poema pueden parecer extrañas a la gente de nuestra época, que es cada vez menos culta. En ella Rexroth está pescando mientras una de sus hijas, sentada a su lado, lee a Homero.

María tiene siete años. Homero
es su autor favorito.
(...) Me dice: “¿No son estos dioses
terribles? Lo único que hacen es
luchar como esos ángeles de Milton
y jugar malas pasadas a esos pobres griegos
y troyanos. Los que más me gustan
son Ajax y Odiseo. Los dos son
mucho mejores que esos estúpidos
dioses.”

Rexroth cultivó además una gran variedad de géneros, demasiado numerosa para ser reflejada aquí: letras para composiciones musicales (tonadas populares, melodías isabelinas, Erik Satie, Duke Ellington, Ornette Coleman); meditaciones budistas en Japón, recitados al compás del koto y shakuhachi; poemas femeninos místico-eróticos que decía haber traducido de una jovencita japonesa; rimas infantiles surrealistas y un bestiario subversivo para sus hijos; evocaciones cómicas, eróticas y nostálgicas; elegías a la memoria de revoluciones reprimidas; cartas abiertas y traducciones del griego, latín, francés, español, italiano, chino y japonés (incluidos varios volúmenes de poetisas orientales).

Lo que a mí me parece una característica especial de la poesía de Rexroth es la manera en la que él relaciona los temas más dispares e incongruentes en apariencia. A pesar de estar inmerso en la naturaleza, siempre permanece al tanto del mundo de los humanos, y esa yuxtaposición que hace de las dos esferas recorta a la vez la naturaleza sentimentalizada y la pequeñez civilizada en sus poemas. Cuando está observando las constelaciones, se imagina la guerra civil española (“Réquiem por los españoles muertos”) y cuando está escalando las montañas, rememora a Sacco y Vanzetti. Las relaciones eróticas se entretejen con evocaciones de elegantes relaciones matemáticas que ordenan el universo. Los ensueños elegíacos saltan de la poesía a la historia, de la naturaleza a la sociedad, como ocurre en este poema titulado “22 de agosto de 1939” (fecha del aniversario de la ejecución de Sacco y Vanzetti).

La poesía ha cambiado poco en el curso de los siglos,
los temas siguen siendo los mismos.
“Por amor de Dios, despójate de tus vestidos y
métete en la cama,
no vamos a vivir eternamente”.
“Los pétalos se caen de la rosa”,
también nosotros nos caemos de la vida,
los valores caen de la historia igual que los hombres bajo las bombas.
Sólo una mínima parte sobrevive,
sólo un logro desconocido,
que podrá ser grabado sobre las lápidas
de todos los campos de batalla:
“Pobre diablo, nunca se enteró de nada”.
Dentro de mil años,
hombres con gafas vendrán con sus palas,
y darán conferencias en las universidades sobre los progresos
 y los atrasos culturales.
(...)
Este año hemos hecho cuatro grandes ascensos,
hemos acampado durante dos semanas en lo alto de la montaña,
hemos observado cómo Marte se aproximaba a la tierra,
y cómo se extendía la aurora tenebrosa de la guerra
sobre el cielo de una civilización decadente.
Estos son los últimos años terribles de la autoridad.
La enfermedad ha alcanzado un punto crítico.
Diez mil años de poder,
el combate entre dos leyes:
el reino del hierro y la sangre derramada,
contra la persistente solidaridad de la sangre y el cerebro
que aún están vivos.

Me atrevo a citar esta parte, algo extensa, de un poema típico de Rexroth, para que el lector conozca el tono y el discurrir de su poesía; pero es difícil, sin llegar a citar páginas enteras, mostrar su amplia variedad de temas y la forma compleja en que los entremezcla. Podemos observar estas conexiones en los “ensueños filosóficos”, reunidos en su Collected Longer Poems. El más largo e interesante, “El Dragón y el Unicornio”, cuenta un viaje que hizo por Europa en 1949. En este poema, la narración cronológica de sus viajes y encuentros se entremezcla con agudos comentarios culturales y políticos, así como con párrafos más abstractos, filosóficos o místicos. Éstos actúan como contrapunto de la narración; unas veces son independientes y dan la impresión de que no guardan ninguna relación con ella; otras, parecen comentarios a lo dicho (por ejemplo, la descripción de una reunión de gente bohemia puede ir seguida de un pequeño discurso sobre el problema de la soledad en un mundo cosificado). En otros casos, el contraste con lo dicho anteriormente es evidente. Por ejemplo, la denuncia de algún hecho social reprobable va acompañada de una visión idílica de la comunidad universal. Rexroth sugiere que no nos tomemos estos párrafos al pie de la letra. Según él, son parte de su propio diálogo interno, y a menudo aparecen yuxtapuestos con puntos de vista complementarios u opuestos. En un momento dado de la narración afirma: “Lo único absoluto es la comunidad del amor que anula el tiempo”, pero en otro lugar dice algo distinto: “Lo absoluto como comunidad de amor (...), no estoy muy seguro de creer en ello, pero me parece que es una metáfora metafísica mucho más saludable que las demás.”

En mi opinión, los ensueños filosóficos de Rexroth son mucho más interesantes que las obras equivalentes de T.S. Eliot y Ezra Pound, dos poetas que detestaba ardientemente y cuya influencia combatió durante toda su vida. Se podría decir que son poetas más “grandes” que Rexroth (aunque esto sería discutible), pero Rexroth es sin duda mucho más sensato y perspicaz que cualquiera de ellos. No tiene la pedantería de Eliot, ni su afectación neurótica, e incluso en sus momentos de mayor irritación es mucho menos excéntrico, obsesivo y autoindulgente que Pound. Se pueden tomar en serio sus reflexiones sin tener que estar relacionándolas con alguna absurda ideología reaccionaria, como en el caso del fascismo de Pound o del monarquismo de Eliot.

Durante el reinado de Eliot, Rexroth opinaba que la mayor parte de la poesía americana era “material académico aburrido, hecho por gente mezquina que mantiene una vida académica aburrida y mezquina. En los círculos ‘selectos’, siempre se ha considerado completamente fuera de lugar escribir sobre temas tan vulgares como el amor, la muerte y la naturaleza, precisamente sobre esas cosas tan reales que le ocurren a la gente real”. En contra de este modo de hacer, Rexroth insistía siempre en buscar lo relevante de los hechos, en ponerlos bajo su justa perspectiva. En un artículo sobre la poesía-jazz, observa que, a pesar de su apariencia innovadora, lo que hace simplemente es “devolver la poesía a la música y al divertimiento del público, tal como era en la época de Homero o en la de los trovadores. Esto fuerza a la poesía a retomar algunos aspectos de la vida que había dejado abandonados en los últimos tiempos”. Cuando Eliot pontifica sobre la necesidad de la “tradición” y menosprecia a William Blake tachándole de ingenuo excéntrico por haber fabricado su sistema partiendo de cero, Rexroth declara que “la tradición del señor Eliot se remonta a Santo Tomás de Aquino según la visión de L’Action Française(5). La de Blake nos remite a los textos menfitas y a los de las pirámides”. Mientras que los poetas académicos seguían la doctrina pseudoclásica de Eliot, para quien la poesía debía ser “impersonal”, Rexroth estaba escribiendo poemas clásicos en sentido estricto: respuestas maduras y personales a los problemas reales que plantea la vida, todos ellos en la más pura tradición de Safo, Petronio, Hitomaro, Tu Fu y otros poetas clásicos que él mismo ha traducido tan espléndidamente.

Rexroth calificaba a veces sus ensayos de mero “periodismo”, escritos para sobrevivir y poder dedicarse a su ocupación principal, que era la de poeta, pero yo jamás le he tomado en serio en este tema. Él es, por supuesto, uno de mis poetas favoritos, pero como ensayista, considero que su talento es inigualable. No conozco a otros tan vivos, tonificantes y contundentes, y a la vez con un espíritu tan abierto y sano.

Una de sus colecciones se titula “Assays”, con la intención de recordarnos el sentido original de la palabra ensayo de Montaigne, como significado de: prueba, examen, experimento, esfuerzo por adherirse la realidad. Uno de los ensayos de ese volumen está escrito en honor a otro escritor con el que Rexroth guarda muchas semejanzas: “Desde luego, esos desternillantes y burdos libros de viajes de Mark Twain, que le dieron la fama al principio y que tanto escandalizaron a un crítico como Van Wyck Brooks, son bastante certeros. Mark Twain pone continuamente de manifiesto la significación humana de la catedral de San Pedro, de las pirámides o del Panteón”. Esto es precisamente lo que hace Rexroth. Su cultura es más rica y profunda que la de Twain, y su humor es menos rancio. Sin embargo, los dos tienen en común ese entusiasmo, esa ironía que proviene de la experiencia de la vida, la misma concepción realista de las cosas. Rexroth, como Twain, es un escéptico con los pies en la tierra, como él mismo resume en uno de sus ensayos sobre el humor americano:

He aquí las nociones más elementales del gran humor clásico, épico, homérico: una percepción de la incongruencia permanente con la cual opera la naturaleza a pesar de todas nuestras ciencias y filosofías; el reconocimiento de que toda versión oficial de los hechos es, casi con toda probabilidad, falsa y que toda autoridad se basa en el engaño; el valor de enfrentarse a estas dos conclusiones y actuar en consecuencia; admitir ese lado maravillosamente cómico de los procesos de creación y excreción humanos. La aceptación del hecho básico de que nadie ha querido que todo esto fuese así, simplemente ocurrió. (...) La vida no es otra cosa que una gran broma, pero sólo los valientes pueden saborearla.

No me gustaría dar la impresión de que Rexroth era simplemente un diletante, un filósofo populista. La mayor parte de la gente autodidacta suele tener muchas lagunas en sus conocimientos, pero Rexroth parece haber indagado en casi todos los campos del conocimiento humano de forma sistemática, y en muchos de ellos, de manera profunda. La variedad de sus lecturas es sencillamente asombrosa: obras de historia, libros de cocina, guías sobre la naturaleza, descripciones geológicas, estudios etnológicos, tratados teológicos, debates políticos, la Enciclopedia Británica entera... Por no hablar de las reseñas de miles de libros que hizo en su etapa como colaborador de la radio independiente KPFA, actividad secundaria que realizó durante media hora semanal a lo largo de veinte años y sin ningún tipo de remuneración.

Sin embargo, a pesar de haber leído tanto, no se muestra en absoluto pedante. Cuando escribe sobre la ciencia china antigua, o sobre las canciones de los indios americanos, sobre los cuadros de Van Gogh, o sobre “Rimbaud, un aventurero capitalista”, muestra una erudición que ha sido digerida, con las conexiones adecuadas y siempre apoyándose en su propia experiencia. Sus escritos sobre el jazz, por ejemplo, demuestran un sólido conocimiento de sus aspectos más técnicos (establece comparaciones con la música clásica, etc.), pero por encima de todo, Rexroth se centra en los aspectos humanos de la historia del jazz, en sus funciones sociales, en la vida de sus compositores, en las condiciones materiales de su ejecución. A veces rememora los años veinte cuando iba a bailar a los clubes de jazz, o nos cuenta una conversación con Charlie Parker o Charlie Mingus, en la que se desprestigiaba la mística del jazz de los poetas de la generación beat o puede que, en medio de una discusión sobre la relación existente entre la música y los ritmos producidos por el coito, el baile y el trabajo, hiciera el siguiente comentario: “Cualquiera que haya trabajado en el Oeste sabe que no sólo la balada del verdadero cowboy va acompasando el trote del caballo, sino que uno puede también cambiar el paso del caballo cambiando el ritmo de su canción”.

De vez en cuando, especialmente en esos artículos breves que escribía rápidamente y a última hora, se le ocurría alguna idea extravagante o incluso descabellada. Pero a mi parecer, sus opiniones suelen estar bien fundadas. Puede que uno no esté de acuerdo con ellas (en muchos casos es simplemente una cuestión de gusto personal), pero lo que dicen es casi siempre sanamente provocativo. Cuando critica la superficialidad de las sátiras de Ionesco dice: “Es un arte satírico que ataca sólo a perros muertos (...) y deja a los espectadores con un sentimiento reconfortante de agradable superioridad”. En cambio, Rexroth es muy capaz de arruinar las ilusiones del lector, dejándole con la sensación de lo mucho que aún le queda por aprender.

Él decía que intentaba escribir tal como hablaba y, efectivamente, así lo hizo. Su autobiografía y muchos de sus ensayos no son “escritos” en sentido estricto, sino improvisaciones grabadas y transcritas más tarde con muy pocas correcciones. A menudo parece que se desvía del tema, o que va saltando de uno a otro de forma espontánea, pero cuando acaba, uno se da cuenta de que ha llegado de un modo infalible al fondo del asunto. En su ensayo sobre Marco Aurelio, nos quiere hacer ver cómo la filosofía ha ido decayendo desde la época en la que tocaba los verdaderos problemas de la vida. Esto nos lo muestra con una sencilla imagen simpática e imborrable: “Un estudiante acaba de perder a su madre, o se entera de que su amiga está embarazada, o bien descubre que tiene una enfermedad que repugna, o simplemente decide hacerse objetor, ¿creéis que acudiría a su profesor de filosofía en busca de consejo?”. Rexroth va siempre a lo esencial de las cosas. Lo fundamental de sus ideas puede ser generalmente comprendido en una primera lectura, incluso si los libros, las ideas y los hechos a los que se refiere no son conocidos por el lector. Siempre hay en su trabajo mucho material al que se le puede “hincar el diente”, muchas alusiones interesantes que pueden ser exploradas. Yo he leído algunos de sus ensayos tantas veces que casi me los sé de memoria y sin embargo, cada vez que los leo descubro algo nuevo que no había percibido antes. Incluso cuando el tema no me interesa demasiado, encuentro difícil despegarme de sus páginas. No es sólo que su estilo sea atrayente, lo que ocurre es que la profundidad de su punto de vista coloca cualquier tema del que trate dentro de una perspectiva nueva.

Su estilo es, ciertamente, seductor, siempre reconocible dentro de la variedad de sus temas. Puede ser libre y ligero (“una gran parte de Mozart suena como un niño del campo silbando alegremente cuando se dirige al río”), o tan duro como Hammett o Chandler, cuyo trabajo describe como : “El secreto de este género de escritura es que no intenta comprar ni vender nada.” Con una sola frase puede evocar el mundo judío de Isaac Singer (“Recuerdo a veces esas discusiones apasionadas que solían bañar nuestros bigotes de crema agria...”), o hacer un resumen lapidario del estilo cínico y mordaz de Tácito (“un estilo que parece una bandeja del instrumental de un dentista”). Pero Rexroth sabe que “el estilo no es simplemente una cuestión de estilo, sino un signo externo, la apariencia que presenta un estado espiritual interno”. Cuando habla sobre la versificación de un poeta, no lo hace por puro academicismo, sino para mostrarnos cómo estos versos reflejan un modo de ver las cosas, una actitud ante la vida. En la métrica de Denise Levertov, por ejemplo, encontramos una “clase de gracia animal en las palabras, un ritmo parecido al andar de un gato o al batir de alas de una paloma. Es la vivacidad intensa de un amor conyugal atento — la unión de la forma y el contenido en poemas que celebran ellos mismos un tipo de matrimonio perpetuo de dos seres que se realizan como dos sensibilidades responsables”. No hay que ir muy lejos en las reflexiones estéticas de Rexroth para que aparezca alguna consecuencia práctica de carácter social, moral o psicológico. En relación a las novelas de Defoe dice: “La parte interna de los personajes de sus novelas se ve con claridad en la elaborada imagen que presentan. Cuando hablan de sus motivaciones, de su psicología o de su moral, cuando se autoanalizan o justifican su propia conducta, debemos interpretarlo al revés, como por supuesto ocurre con la mayoría de la gente”.

Como demoledor de las estupideces de la cultura de masas, Rexroth puede ser tan entretenido como H.L. Mencken(6):

Estas cosas [literatura proletaria maoísta] son ridículas y parecen historias sacadas de una escuela dominical del siglo XIX en las que un muchacho romano ayudaba a su hermana a escapar de los leones, desafiaba a las legiones del emperador, hacía los recados de San Pablo y al final iba al cielo.

Y puede ser también tan mordaz como él:

La televisión está concebida para despertar los impulsos más sádicos, los más perversos y los más codiciosos. Un programa infantil nos da una visión auténtica de lo que es el infierno, pero estamos tan acostumbrados a ver cosas así que, simplemente, ni nos fijamos. Si algunas personas que han tenido verdaderas visiones del infierno, como Virgilio, Dante u Homero, pudieran ver estos programas se quedarían horrorizadas.

De hecho, en sus momentos álgidos de malhumor, Rexroth se asemeja a Mencken, aunque es más profundo y radical. Pero mientras éste se deleita en atacar casi todo de forma indiscriminada y por mero placer, Rexroth hace una crítica constructiva, siempre dentro de un contexto. A pesar de que a veces pueda ser una persona airada o pesimista, hay una gran distancia entre él y ese moderno cinismo fácil, que ha perdido contacto con cualquier realización humana, y al que no le queda sino una relación de dependencia de amor y odio con las más delirantes muestras de alienación cultural. Él siempre se refiere a la vida real que subyace bajo la fachada del sistema inhumano:

Todos los Estados hacen cosas cada día que, si estuvieran hechas por simples individuos, éstos serían detenidos o incluso hasta ejecutados (...) La mayoría de la gente, excepto los políticos y los escritores, desarrolla en secreto, para y por sí mismos, formas de vivir que no tienen en cuenta, en la medida de lo posible, la sociedad organizada (...) Eso que se llama “madurar”, “tener sentido común” es, para una gran parte de personas, el aprendizaje de técnicas para burlar al máximo las fuerzas más destructivas del sistema social. El hombre maduro vive de forma tranquila, hace el bien discretamente, asume de forma personal la responsabilidad de sus acciones, se comporta con amabilidad y cortesía y evita hacer daño a los demás, algo que, por otra parte, encuentra aburrido. Sin esta oculta conspiración de buena voluntad la sociedad no duraría ni una hora.

Sea verdad o no que la mayoría de la gente actúe de esta manera, lo cierto es que Rexroth nos está hablando de su propia ética. Ha rodado lo suficiente como para ver lo que hay detrás de la “Mentira Social” o, dicho de otra manera, el “Gran Engaño”, para saber que “toda versión oficial de los hechos es, casi con toda probabilidad, falsa y que toda autoridad se basa en el engaño”. “Un gran número de norteamericanos cree realmente el Gran Engaño de la cultura de masas, eso que los franceses llaman alucinación publicitaria. Sólo saben lo que leen en los periódicos. Piensan que la vida es como en las películas (...) El arte de ser una persona civilizada es el arte de aprender a leer entre las mentiras”.

Esta es una de sus ideas básicas. Aquellas personas capaces de leer entre las mentiras son, al menos en este punto, sus aliados, a pesar de que puedan tener otros defectos. “Hay mucha paja en Lawrence, Miller o Patchen(7), pero sus enemigos son también mis enemigos”. Se mofa de Henry Miller cuando éste se las da de pensador profundo o visionario, pero le aprecia como un pícaro escritor autobiográfico dotado de un instinto inmune a la mentira social:

¿Recuerdas cuando empezaste a leer? Sin duda pensabas que algún día encontrarías la verdad en los libros, las respuestas a los interrogantes sobre la vida que ibas descubriendo a tu alrededor. Pero nunca encontraste lo que esperabas. Si hubieras estado despierto te habrías dado cuenta de que los libros no son más que convenciones, y son tan poco parecidos a la vida como una partida de ajedrez. La palabra escrita es un tamiz. Sólo la parte de realidad que se ajusta a su trama es capaz de pasar por ella y, en la mayoría de los casos, lo que pasa es insuficiente. (...) La verdadera dificultad de la comunicación proviene de las convenciones sociales, de una amplia conspiración que coincide en aceptar el mundo como algo que en absoluto se corresponde con la realidad. (...)
     La literatura es un mecanismo de defensa social. Acuérdate otra vez de cuando eras niño. Creías seguramente que al crecer encontrarías un mundo de verdaderos adultos, esa clase de personas que hacen que funcionen las cosas, y también que entenderías cómo y por qué funcionan. (...) En cambio, a medida que han ido pasando los años, te habrás dado cuenta, por tus experiencias más o menos afortunadas, de que ese tipo de personas ni existen, ni han existido jamás en ningún lugar. La vida no es más que un enredo, los adultos no son sino niños grandes que han perdido viveza y han ganado estupidez y resentimiento, y ninguno sabe qué es lo que hace seguir adelante todo esto. Pero nadie te descubre el pastel.
     Henry Miller lo hace. Andersen nos cuenta la historia del niño y el traje nuevo del Emperador. Miller es el mismo niño del cuento. Nos habla del Emperador, de los granos de su culo, de las verrugas de sus partes pudendas y de la porquería que tiene entre los dedos de los pies. Naturalmente, otros escritores del pasado han hecho lo mismo, y son los grandes de la literatura, los verdaderos clásicos. Pero lo han hecho dentro de las convenciones de la literatura. Se han servido de las formas de la Gran Mentira para exponer la verdad.

Yo nunca he leído nada parecido escrito por otro crítico literario. Rexroth es más erudito que Miller y sus juicios están más fundamentados, pero tiene la misma mirada inocente, la misma falta de reverencia por la “Literatura-con-mayúscula”, bien sea cuando escribe reseñas de escritores modernos o bien cuando revisa obras fundamentales del pasado.

La mayor parte de sus ensayos sobre estas últimas están recogidos en sus dos volúmenes con el título Recordando a los clásicos. Esta selección es ciertamente mucho más interesante que cualquier lista del tipo “Las cien mejores obras de la literatura universal”. Por mencionar alguna diferencia significativa diré que tales listas suelen limitarse a obras de Occidente, un provincianismo que es ridículo en estos tiempos. Rexroth analiza la mayor parte de los clásicos consagrados, pero nos presenta también otros igualmente interesantes, entre los que incluye obras orientales como el Mahabharata, el Tao Te Ching, y ésas que él considera las mejores novelas nunca escritas: El romance de Genji de Lady Murasaki y El sueño del pabellón rojo de Cao Xueqin.

La epopeya mesopotámica de Gilgamesh (“la primera obra que muestra la conciencia del ser”), La Historia de Herodoto, el Bhagavad-Gita, el Kalevala (“la epopeya más ecológica”), la poesía de Tu Fu, los ensayos de Montaigne (“el creador del yo empírico”), Don Quijote, La tempestad, las Memorias de Casanova (“el hombre natural viviendo al límite de sus posibilidades”) , Rojo y Negro de Stendhal (“la primera comedia negra”), Guerra y Paz y Huckleberry Finn son simplemente algunos de esos otros “textos básicos de la historia de la imaginación” cuya relevancia destaca en sus cortos pero jugosos ensayos. Bien se trate de literatura oriental u occidental, antigua o moderna, Rexroth encuentra el medio de establecer amplias conexiones o analogías a través de distintos periodos históricos o culturales. Por ejemplo: “La sensibilidad de Cátulo encuentra su eco en las canciones de Bob Dylan”. Los personajes de La Saga de Njal “son adultos de un modo que es desconocido para el Agamenón de Homero y el Swan de Proust”. “La mayor parte de las baladas inglesas podrían convertirse en obras de teatro Nô y viceversa”. Baudelaire, de quien podríamos pensar que está en las antípodas del budismo, llega a una visión “no muy diferente al budismo en su forma más austera”.

Parte del interés de estos trabajos reside, precisamente, en su contraste con el presente, en su revelación de cómo pensaba y vivía la gente en otras épocas y otros lugares. Pero Rexroth nos señala siempre ese tipo de cosas que permanecen inalterables pese a las diferencias: “En la carretera de Kerouac difiere en extremo de El Satiricón por su falta de penetración, ironía y técnica literaria, pero sus personajes están sacados de la misma e invariable clase de seres”. Las relaciones peligrosas de Laclos “nos presenta un mundo que es semejante al de las estrellas cinematográficas o los personajes de nuestro tiempo (...) Es la descripción de un mundo que ya conocemos.”

Algunos escritores ya anticiparon el mundo que nos íbamos a encontrar. William Blake, por ejemplo, “pudo diagnosticar los primeros síntomas de un mundo enfermo al apreciar cómo el hombre estaba siendo despojado de una mitad de su ser.(...) Su obra nos muestra la preocupación por la tragedia de la Humanidad, que está entrando en una época de despersonalización sin precedentes en la historia.” Baudelaire es “el fundador de la sensibilidad moderna.(...) Algunos aprenden a sobrellevarla. Él estuvo a su merced pues estaba imbuido de ella hasta la médula. Vivió en una permanente crisis del sistema nervioso moral. La convicción de que el sistema de relaciones sociales era una gran mentira estaba fisiológicamente arraigada en él.”

En otros escritores puede que no encontremos conexiones directas con el presente, pero sí podemos apreciar destacados paralelismos: “Durante la larga guerra con Esparta la vida ateniense se volvió bastante neurótica. Una nueva clase de enfermedad había nacido en la relación entre las personas. Los órganos de reciprocidad habían sido mutilados. Las palabras utilizadas normalmente en las relaciones humanas habían perdido su significado original pasando a significar lo opuesto. Tucídides describe detalladamente esta perversión del significado en la comunicación en uno de sus más brillantes párrafos, un diagnóstico de la interiorización de la locura de la guerra que suena como una descripción de la Norteamérica contemporánea”.

Por otra parte, la obra de Whitman Hojas de hierba, que es en apariencia una celebración de la Norteamérica de su época, nos da en realidad una visión de “un orden social cuyo fin último es la emancipación y la comunión del individuo con el universo.” Los personajes de Whitman “parecen estar todos trabajando para ’nada’, por el placer de participar en ese esfuerzo creador universal en el cual cada uno descubre su individualidad última.(...) Hoy sabemos que será la visión de Whitman o no será nada”.

El hecho de que unas obras representen una coyuntura crítica del pasado o que imaginen un posible devenir no varía el criterio fundamental de Rexroth, que es el de que permanezcan fieles a la invariable realidad humana. Lo importante para él sigue siendo si estas obras “descubren el pastel”. Al reseñar algunas traducciones nuevas de las tragedias griegas nos hace el siguiente comentario:

Se dice que nuestra civilización se basa en la Biblia, en Homero y en las tragedias griegas. En mi opinión, la Biblia es un libro peligroso porque generalmente se presta a interpretaciones que dan a la vida unas seguridades ilusorias que la propia vida jamás podría ofrecer. En estas tragedias, igual que en las obras de Homero, la vida aparece tal como es en realidad, los hombres actúan como somos nosotros, exactamente igual que cuando maltratamos a nuestras mujeres, engañamos al tendero, planeamos sociedades perfectas, nos presentamos como candidatos para un puesto político o escribimos poemas; solamente que sus figuras aparecen proyectadas contra el vacío y el esplendor del cielo y de esta manera parecen más nobles. Quitadles el ropaje y las palabras grandilocuentes y veréis que se trata del mismo orgullo, y que el mismo destino funesto que ronda a Orestes acecha a cualquier ama de casa, a cualquier contable o a cualquier vendedor de automóviles. ¡Cuánto mejores y más dichosos seríamos si todos supiésemos esto! Ahora tenemos una ocasión de aprender.

 


[NOTAS]

1. Industrial Workers of the World. (Organización anarcosindicalista).

2. Una edición posterior continúa hasta 1949.

3. W.C.Fields (1879-1946). Famoso actor de comedia norteamericano.

4. Gary Snyder (nacido en 1930). Poeta norteamericano, anarco-ecologista y budista zen. Es el personaje principal de Los vagabundos del Dharma de Jack Kerouac, donde aparece junto a Philip Whalen y Allen Ginsberg. En este libro también aparece brevemente Kenneth Rexroth.

5. L’Action Française. Revista fascista fundada en 1899 y alabada por Eliot.

6. H.L. Mencken (1880-1956). Periodista y crítico norteamericano.

7. Kenneth Patchen (1911-1972). Poeta norteamericano.


Fin del capítulo 1 de “Erotismo, Misticismo y Revolución” de Ken Knabb, traducción de Esther Quintana revisada por Ken Knabb. Versión original: The Relevance of Rexroth (1990).

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[Capítulo 2 : Magnanimidad y Misticismo]
[Capítulo 3 : Sociedad y Revolución]
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