La economía política es, en su más amplio sentido, la ciencia de las leyes que rigen la producción y el intercambio de los medios materiales de vida en la sociedad humana. Producción e intercambio son dos funciones distintas. La producción puede tener lugar sin intercambio, pero el intercambio precisamente porque no es sino intercambio de productos no puede existir sin producción. Cada una de estas dos funciones sociales se encuentra bajo influencias externas en gran parte específicas de ella, y tiene por eso también en gran parte leyes propias específicas. Pero, por otro lado, ambas se condicionan recíprocamente en cada momento y obran de tal modo la una sobre la otra que podría llamárselas abscisa y ordenada de la curva económica.
Las condiciones en las cuales producen e intercambian productos los hombres son diversas de un país a otro, y en cada país lo son de una generación a otra. La economía política no puede, por tanto, ser la misma para todos los países y para todas las épocas históricas. Desde el arco y la flecha, el cuchillo de piedra y el excepcional intercambio y tráfico de bienes del salvaje hasta la máquina de vapor de mil caballos, el telar mecánico, los ferrocarriles y el Banco de Inglaterra, hay una distancia gigantesca. Los habitantes de la Tierra del Fuego no han llegado a la producción masiva ni al comercio mundial, del mismo modo que tampoco conocen la "pelota" con las letras de cambio ni los cracks bolsísticos. El que quisiera reducir la economía de la Tierra del Fuego a las mismas leyes que rigen la de la Inglaterra actual no conseguiría, evidentemente, obtener con ello sino los lugares comunes más triviales. La economía política es, por tanto, esencialmente una ciencia histórica. Esa ciencia trata una materia histórica, lo que quiere decir una materia en constante cambio; estudia por de pronto las leyes especiales de cada particular nivel de desarrollo de la producción y el intercambio, y no podrá establecer las pocas leyes muy generales que valen para la producción y el intercambio como tales sino al final de esa investigación. No hará falta decir que las leyes válidas
para determinados modos de producción y formas de intercambio tienen también validez para todos los períodos históricos a los que sean comunes dichos modos de producción y dichas formas de intercambio. Así, por ejemplo, con la aparición del dinero metálico empiezan a actuar una serie de leyes que son válidas para todos los países y para todos los lapsos históricos en los que el intercambio está mediado por el dinero metálico.
El modo de la distribución de los productos queda dado con el modo de producción y de intercambio de una determinada sociedad histórica y con las previas condiciones históricas de esa sociedad. En la comunidad tribal o campesina con propiedad común de la tierra, que es el estadio en el cual, o con cuyos restos muy perceptibles, han entrado en la historia todos los pueblos de cultura, resulta obviamente natural una distribución bastante homogénea de los productos; cuando aparece una desigualdad ya considerable en la distribución entre los miembros, esa desigualdad constituye al mismo tiempo un signo de la incipiente disolución de dichas comunidades. La agricultura en grande o en pequeño permite muy diversas formas de distribución, según las condiciones históricas previas a partir de las cuales se ha desarrollado. Pero es claro que la agricultura en grande condiciona siempre en general una distribución muy distinta de la condicionada por la otra; que la agricultura en explotación grande presupone o produce una contraposición de clases señores esclavistas y esclavos, señores de la tierra y campesinos obligados a prestaciones serviles, capitalistas y trabajadores asalariados , mientras que en la pequeña agricultura la explotación no condiciona en modo alguno una diferencia de clases entre los individuos activos en la producción agrícola, sino que, por el contrario, la mera existencia de dicha división anuncia la incipiente decadencia de la economía parcelaria. La introducción y la difusión del dinero metálico en un país en el que hasta el momento haya imperado o predominado la economía natural van siempre acompañadas por una subversión más o menos rápida de la anterior distribución, y ello en el sentido de agudizarse constantemente la desigualdad de la distribución entre los individuos, o sea la contraposición entre rico y pobre. La explotación artesanal, local y gremial de la Edad Media hacía imposible la existencia de grandes capitalistas y de asalariados de por vida, así como la gran industria moderna, el actual desarrollo del crédito y el de las dos formas de intercambio correspondientes, junto con la libre concurrencia, producen necesariamente dichos fenómenos.
Pero con la diferencia en la distribución aparecen las diferencias de clase. La sociedad se divide en clases privilegiadas y perjudicadas, explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, y el Estado que al principio no había sido sino el ulterior desarrollo de los grupos naturales de comunidades étnicamente homogéneas, con objeto de servir a intereses comunes (por ejemplo, en Oriente, la organización del riego) y de protegerse frente al exterior asume a partir de ese momento, con la misma intensidad, la tarea de mantener coercitivamente las condiciones vitales y de dominio de la clase dominante respecto de la dominada.
Pero la distribución no es un resultado meramente pasivo de la producción y el intercambio; también actúa a su vez, inversamente, sobre una y otro. Todo nuevo modo de producción y toda nueva forma de intercambio se ven al principio obstaculizados no sólo por las viejas formas y sus correspondientes instituciones políticas, sino también por el viejo modo de distribución. Tienen, pues, que empezar por conquistarse con una larga lucha la distribución que les es adecuada. Pero cuanto más móvil es un modo dado de producción y distribución, cuanto más capaz de perfeccionamiento y evolución, tanto más rápidamente alcanza la distribución misma un nivel en el cual desborda las formas que la engendraron y entra en pugna con el tipo de producción e intercambio existentes. Las viejas comunidades naturales de que ya hemos hablado pueden subsistir durante milenios, como aún ocurre hoy día entre los indios y los eslavos, antes de que el tráfico con el mundo exterior produzca en su interior las diferencias de riqueza a consecuencia de las cuales empieza su disolución. En cambio, la moderna producción capitalista, que apenas tiene trescientos años y que no se ha convertido en dominante sino desde la introducción de la gran industria, es decir, desde hace cien años, ha producido en ese breve tiempo contraposiciones de distribución concentración de los capitales en pocas manos, por un lado, y concentración de las masas desposeídas en las grandes ciudades, por otro por cuya existencia perece necesariamente.
La conexión entre la distribución de cada caso con las condiciones materiales de existencia de la sociedad correspondiente se encuentra tan arraigada en la naturaleza de la cosa que se refleja normalmente en el instinto popular. Mientras un modo de producción se encuentra en la rama ascendente de su evolución, son entusiastas de él incluso aquellos que salen peor librados por el correspondiente modo de distribución. Así ocurrió con los trabajadores
ingleses cuando la implantación de la gran industria. Incluso cuando el modo de producción se mantiene simplemente como el socialmente normal, reina en general satisfacción o contentamiento con la distribución, y si se producen protestas, ellas proceden del seno de la clase dominante misma (Saint Simon, Fourier, Owen), y no encuentran eco alguno en la masa explotada. Sólo cuando el modo de producción en cuestión ha recorrido ya un buen trozo de su rama descendente, cuando se está medio sobreviviendo a sí mismo, cuando han desaparecido en gran parte las condiciones de su existencia y su sucesor está ya llamando a la puerta, sólo entonces aparece como injusta la distribución cada vez más desigual, sólo entonces se apela a la llamada justicia eterna contra los hechos caducados. Esta apelación a la moral y al derecho no nos ayuda a avanzar científicamente ni una pulgada; la ciencia económica no puede ver un argumento, sino sólo un síntoma, en la indignación ética, por justificada que ésta sea. Su tarea consiste más bien en exponer los males sociales que ahora destacan como consecuencias necesarias del modo de producción existente, pero también, al mismo tiempo, como anuncios de su inminente disolución; y en descubrir, en el seno de la forma de movimiento económica que está en disolución, los elementos de la futura, nueva organización de la producción y del intercambio, la cual elimina dichos males. La cólera, que hace al poeta,[25] es muy oportuna en la descripción de aquellos males, y también en el ataque contra los armonizadores al servicio de la clase dominante, que niegan esos males o los disfrazan; pero la cólera no prueba nada para ningún caso concreto, como puede apreciarse por el hecho de que en toda época de la historia siempre puede encontrarse alimento suficiente para ella.
La economía política, como ciencia de las condiciones y formas bajo las cuales las diversas sociedades humanas han producido y practicado el intercambio, y bajo las cuales han distribuido, según aquéllas, sus productos, es una ciencia que está aún por constituirse con esta extensión. Lo que por el momento poseemos en materia de ciencia económica se limita casi exclusivamente a la génesis y el desarrollo del modo de producción capitalista: empieza con la crítica de los restos de formas feudales de producción e intercambio, muestra la necesidad de su sustitución por formas capitalistas, desarrolla luego las leyes del modo de producción capitalista y de sus correspondientes formas de intercambio considerando su aspecto positivo, esto es, el aspecto por el cual promueven los fines generales de la sociedad, y termina con la crítica socialista
del modo de producción capitalista, es decir, con la exposición de sus leyes según su aspecto negativo, probando que este modo de producción tiende por su propio desarrollo hacia un punto en el cual se hace imposible a sí mismo. Esta crítica muestra que las formas capitalistas de producción e intercambio se convierten progresivamente en una traba insoportable para la producción misma; que el modo de distribución necesariamente determinado por aquellas formas ha producido una situación de clase cada día más insoportable, la contraposición, cotidianamente agudizada, entre unos capitalistas, cada vez menos, pero cada vez más ricos, y los trabajadores asalariados, cada vez más numerosos y, a grandes rasgos, cada vez en peor situación; y, finalmente, que las masivas fuerzas de producción originadas en el marco del modo de producción capitalista, y ya indominables por éste, esperan que tome posesión de ellas una sociedad organizada para conseguir una cooperación planeada, con objeto de asegurar a todos los miembros de la sociedad los medios de la existencia y del libre desarrollo de sus capacidades, y ello en medida siempre creciente.
Para llevar plenamente a cabo esta crítica de la economía burguesa no bastaba con el conocimiento de la forma capitalista de la producción, el intercambio y la distribución. Había que estudiar también, al menos en sus rasgos capitales, y considerar comparativamente las formas que la han precedido o que aún subsisten a su lado en países poco desarrollados. Dicho en términos generales, sólo Marx ha emprendido hasta ahora una tal investigación comparativa, y a sus investigaciones debemos, casi exclusivamente, todo lo sabido hasta ahora sobre la economía teorética preburguesa.
Aunque nacida hacia fines del siglo XVII en unas cuantas cabezas geniales, la economía política en sentido estricto, en su formulación positiva por los fisiócratas y Adam Smith, es esencialmente una criatura del siglo XVIII, y se suma a los logros de los grandes ilustrados contemporáneos franceses, con todas las excelencias y todos los defectos de aquella época. Lo que antes dijimos de los ilustrados puede aplicarse también a los economistas de la época. La nueva ciencia no era para ellos expresión de la situación y las necesidades de su época, sino expresión de la Razón eterna; las leyes, por eIla descubierras, de la producción y del intercambio no eran leyes de una forma históricamente determinada de aquellas actividades, sino eternas leyes naturales; se desprendían de la naturaleza del hombre. Pero, examinado con buena luz, ese hombre resulta ser el ciudadano medio en su transición hacia el tipo del
burgués, y su naturaleza consistía en fabricar y comerciar en las condiciones históricamente determinadas de la época.
Ahora que ya conocemos por lo largo, por su filosofía, a nuestro "fundamentador crítico" el señor Dühring, así como su método, podremos predecir sin dificultades cómo va a concebir la economía política. En el terreno filosófico, cuando no disparataba simplemente (como le ocurría en la filosofía de la naturaleza), su modo de concebir las cosas era una deformación de la del siglo XVIII. No se trataba de leyes evolutivas históricas, sino de leyes naturales, de verdades eternas. Cuestiones sociales como la moral y el derecho se decidían no según las condiciones históricamente dadas en cada caso, sino por los célebres dos hombres, uno de los cuales oprimía al otro o no le oprimía, circunstancia esta última que, desgraciadamente, no se presentaba nunca. Difícilmente nos equivocaremos, pues, si inferimos que el señor Dühring va a reconducir también la economía a verdades definitivas de última instancia, leyes naturales eternas, axiomas tautológicos de la más yerma vaciedad, introduciendo al mismo tiempo de contrabando, por la puerta trasera, todo el contenido positivo de la economía, en la medida en que lo conozca, y que no desarrollará la distribución, como hecho social, partiendo de la producción y del intercambio, sino que la confiará a su glorioso par de hombres para su resolución definitiva. Y como se trata de trucos que ya conocemos desde hace tiempo, nos será posible expresarnos aquí más concisamente.
Efectivamente, nos declara el señor Dühring ya en la página 2[26] que
su economía apela a lo "establecido" en su "filosofía" y "se apoya en algunos puntos esenciales en verdades ya rematadas en un campo de investigación más alto y que le están supraordinadas".
Siempre la misma impertinencia del autoelogio. Siempre el triunfo del señor Dühring a propósito de lo que el señor Dühring ha establecido y rematado. Rematado, efectivamente, como hemos visto por lo largo; pero como se remata a moro muerto.[27]
A continuación nos ofrece "las leyes naturales más generales de toda economía".
Lo habíamos adivinado.
Pero estas leyes naturales no permiten una recta comprensión de la historia pasada más que si se las "estudia en la ulterior determinación que han
experimentado sus resultados por las formas políticas de sometimiento y agrupación. Instituciones como la esclavitud y la servidumbre del trabajo asalariado, a las que se agemela la propiedad violenta, deben contemplarse como formas constitucionales socioeconómicas de naturaleza auténticamente política, y constituyen en el mundo hasta hoy el marco en cuyo seno exclusivamente pueden manifestarse los efectos de las leyes económicas naturales" .
Esta es la sinfonía que, como wagneriano motivo, nos anuncia que los dos célebres hombres han emprendido la marcha. Pero es también algo más, a saber, el tema básico de todo el libro del señor Dühring. A propósito del derecho, el señor Dühring no supo ofrecernos más que una mala traducción de la teoría igualitaria de Rousseau al socialismo, como pueden oírse, pero en mucho mejor, en cualquier tasca obrera de París desde hace años. Aquí nos da otra traducción socialista, y no mejor, de las quejas de los economistas por el falseamiento de las eternas leyes económicas naturales y de sus efectos, a consecuencia de la intromisión del Estado, del poder. En este punto el senor Dühring se encuentra merecidamente solo entre los socialistas. Todo trabajador socialista, independientemente de su nacionalidad, sabe muy bien que el poder se limita a proteger la explotación, pero no la crea; que el fundamento de su explotación es la relación entre el capital y el trabajo asalariado, y que esta relación ha nacido por vía puramente económica, y no violenta.
También se nos informa de que
en todas las cuestiones económicas "pueden distinguirse dos proccsos. el de la producción y el de la distribución". Además, nos dice, el conocido y superficial J. B. Say ha añadido un tercer proceso, el del uso o consumo, pero no ha sabido decir nada interesante sobre ello, como tampoco han sido capaces de hacerlo sus sucesores. En cambio, el intercambio, o circulación, no es más que una subsección de la producción, a la cual pertenece todo lo que tiene que ocurrir para que los productos lleguen a los consumidores últimos y propios.
Al mezclar los dos procesos de la producción y la circulación, esencialmente diversos aunque se condicionen recíprocamente, y afirmar tranquilamente que si no se practica esa confusión se producirá inevitablemente "confusión", el señor Dühring prueba simplemente que no conoce o no entiende el colosal desarrollo que ha experimentado precisamente la circulación en los últimos cincuenta años; cosa, por lo demás, que sigue confirmando su libro. Pero esto no es todo. Luego de haber confundido simplemente
producción e intercambio en una cosa considerada producción en general, coloca junto a la producción la distribución, como un segundo proceso plenamente externo que no tiene nada que ver con el primero. Hemos visto, en cambio, que la distribución es siempre, en sus rasgos decisivos, resultado necesario de las condiciones de producción e intercambio de cada determinada sociedad, así como de las previas condiciones históricas de la misma, y ello de tal modo que conociendo unas y otras podemos inferir el modo de distribución dominante en esa sociedad. Pero también vemos que si no quiere ser infiel a los principios "establecidos" en su concepción de la moral, el derecho y la historia, el señor Dühring tiene que negar esos hechos económicos elementales, sobre todo cuando se trata de introducir de contrabando en la economía a sus dos hombres imprescindibles. Ahora bien: este gran acontecimiento puede tener lugar una vez liberada felizmente la distribución de toda relación con la producción y el intercambio.
Recordemos ante todo cómo se desarrollaba la cosa en la moral y el derecho. Allí empezaba el señor Dühring con un solo hombre; decía:
Un ser humano, en la medida en que se le piensa como único, o, lo que equivale a lo mismo, como fuera de toda relación con otros, no puede tener deberes. No hay para él ningún deber, sino sólo un querer.
Pero ¿quién es ese ser humano sin deberes, pensado como único, sino aquel fatal "Adán originario" en el Paraíso, donde está sin pecado precisamente porque no puede cometer ninguno? Mas también a este Adán de la filosofía de la realidad le espera un pecado original. Junto a este Adán aparece de repente, no una Eva de ondulantes mechones, pero sí un segundo Adán. Inmediatamente asume Adán deberes, y los viola. En vez de abrazar a su hermano como equiparado con él, le somete a su dominio, le subyuga, y toda la historia humana hasta el día de hoy padece las consecuencias de ese primer pecado, del pecado original del sometimiento, razón por la cual toda esa historia no vale para el señor Dühring ni una perra chica.
Y si el señor Dühring sea dicho de paso creyó despreciar suficientemente la "negación de la negación" al presentarla como un eco de la vieja historia del pecado original y de la Redención, ¿qué vamos a decir de esta su recentísima edición de dicha historia? (pues también vamos a "acercarnos" por usar un término de la lengua de los "reptiles"[28] con el tiempo a la Redención).
Diremos en todo caso que preferimos la vieja leyenda semítica, en la cual aún valía la pena para el hombrecito y la mujercita abandonar el estado de inocencia, y que el señor Dühring tendrá para siempre la gloria sin competencia posible de haber construido el pecado original con dos varones.
Oigamos, pues, la traducción del pecado original a la economía:
Sólo la imagen de un Robinson que se encuentra aislado con sus energías frente a la naturaleza y que no tiene nada que compartir con nadie puede dar un esquema mental adecuado para la idea de la producción... Análoga utilidad tiene para la presentación intuitiva de lo esencial de la idea de distribución el esquema mental de dos personas cuyas fuerzas económicas se combinan y que evidentemente tienen que enfrentarse la una a la otra de algún modo por lo que hace a sus partes. No hace falta realmente más que este simple dualismo para exponer con todo rigor algunas de las relaciones de distribución más importantes y estudiar embrionariamente sus leyes en su necesidad lógica... La colaboración sobre un pie de igualdad es aquí tan imaginable como la combinación de las energías mediante el pleno sometimiento de una parte, la cual se ve entonces oprimida como esclavo o mero instrumento del servicio económico, y no es alimentada sino precisamente como instrumento... Entre el estado de igualdad y el estado de nulidad por una parte y omnipotencia y única intervención activa por otra se encuentra una serie de grados ilustrados con polícroma multiplicidad por los fenómenos de la historia universal. El presupuesto esencial es aquí una mirada universal a las diversas instituciones jurídicas y antijurídicas de la historia...
Tras de lo cual toda la distribución se transforma al final en un "derecho económico de la distribución".
Ahora finalmente vuelve a pisar tierra firme el señor Dühring. Del brazo de sus dos hombres puede lanzar el reto a su siglo. Pero todavía hay un ser anónimo detrás de esa tríada.
No ha sido el capital el que ha inventado el plustrabajo. Siempre que una parte de la sociedad posee el monopolio de los medios de producción, el trabajador, sea libre o servil, tiene que añadir al tiempo de trabajo necesario para su sustento tiempo de trabajo suplementario con objeto de producir los medios de vida para el propietario de los de producción, ya sea este propietario un kaloskagathós[29] ateniense, ya un teócrata etrusco, ya un civis romanus [ciudadano romano], un barón normando, un esclavista americano, un boyardo válaco, un landlord[30] o un capitalista moderno. (Marx, El Capital, I, 2ª edición, pág. 227.[31])
Luego que el señor Dühring supo de este modo en qué consiste la forma básica de explotación común a todas las formas de producción que han existido en la medida en que se mueven en
contraposiciones de clase , no le quedaba más que aplicar a ella sus dos hombres, y con eso quedaba listo el radical fundamento de la economía de la realidad. No vaciló un momento en la ejecución de ese "pensamiento creador de sistema". Trabajo sin contraprestación, que rebasa el tiempo de trabajo necesario para el sustento del trabajador: éste es el punto. Adán, que en este caso se llama Robinson, manda, pues, inmediatamente a un segundo Adán, llamado Viernes, que se ponga a trabajar febrilmente. Pero, ¿por qué trabaja Viernes más de lo que necesita para su sustento? También esta pregunta tiene parcial respuesta en Marx. Pero la respuesta es demasiado dilatada para los dos hombres. El asunto se resuelve así expeditivamente: Robinson "oprime" a Viernes, le reduce "como esclavo o instrumento al servicio económico" y no le mantiene sino "en cuanto instrumento". Con esta novísima "versión creadora" mata el señor Dühring dos pájaros de un tiro. Primero, se ahorra el trabajo de explicar las diversas formas de distribución que han existido, sus diferencias y sus causas: todas son simplemente recusables, se basan en la opresión, la violencia. Sobre esto tendremos que volver a hablar más adelante. Segundo, el señor Dühring traslada así toda la teoría de la distribución del terreno económico al de la moral y el derecho, es decir, del terreno de los firmes hechos materiales al de las opiniones y los sentimientos más o menos vacilantes. Ya no necesita, pues, investigar ni probar, sino que le basta con declamar torrencialmente, y puede proclamar la exigencia de que la distribución de los productos del trabajo se rija no por sus causas reales, sino según lo que a él, el señor Dühring, le parece moral y justo. Pero lo que parece justo al señor Dühring no es en absoluto cosa inmutable, y, por tanto, está lejos de ser una verdad auténtica. Pues éstas, según el propio señor Dühring, son "absolutamente inmutables". En el año 1868 afirmaba el señor Dühring (Los destinos de mi memorial social...) que
es característica de toda civilización superior la tendencia a dar a la propiedad forma cada vez más acusada, y la esencia y el futuro del moderno desarrollo están en esto, no en una confusión de los derechos y las esferas de dominio.
Y, por si eso fuera poco, declaraba no poder entender
cómo puede compadecerse jamás una transformación del trabajo asalariado en otra clase de actividad lucrativa con las leyes de la naturaleza humana y la articulación necesaria del cuerpo social.
Así, pues, en 1868 la propiedad privada y el trabajo asalariado son necesarios por naturaleza, y por tanto justos; en 1876, ambos son emanación de la violencia y el "robo", y por tanto injustos. Y nos es imposible saber qué es lo que podrá parecer moral y justo dentro de algunos años a un genio tan tempestuoso, razón por la cual lo mejor será atenernos, en nuestra consideración de la distribución de las riquezas, a las leyes reales, objetivas, económicas, y no a las momentáneas ideas de justo e injusto del senor Dühring, las cuales son mutables y subjetivas.
Si no tuviéramos mejor garantía de la futura subversión del actual modo de distribución de los productos del trabajo, con sus hirientes contraposiciones de miseria y sobreabundancia, hambre y disipación, que la consciencia de que ese modo de distribución es injusto y de que el derecho tiene que triunfar finalmente, nuestra situación sería bastante mala y nuestra espera bastante larga. Los místicos medievales que soñaban en un próximo reino de los Mil Años tenían ya consciencia de la injusticia de las contraposiciones de clase. En el umbral de la historia moderna, hace trescientos cincuenta años, Thomas Münzer proclamó sonoramente esa consciencia por el mundo. La misma llamada suena y se apaga en las revoluciones burguesas inglesa y francesa. Y si el llamamiento a suprimir las contraposiciones y diferencias de clases, que hasta 1830 dejó frías a las clases trabajadoras y en sufrimiento, encuentra hoy eco entre millones, repercute en un país tras otro, y precisamente en la misma sucesión y con la misma intensidad con que se desarrolla en los diversos países la gran industria, si ese grito ha conquistado una fuerza que puede hacer frente a todos los poderes unidos contra él y puede estar segura de su triunfo en un próximo futuro, ¿a qué puede deberse todo ello? A que, por una parte, la gran industria moderna ha creado un proletariado, una clase que puede formular por vez primera en la historia la exigencia de suprimir no tal o cual organización de clase o tal o cual privilegio de clase, sino las clases como tales, y que se encuentra en tal situación que tiene que imponer esa exigencia so pena de hundirse en la condición del coolí chino. Y, por otra parte, a que esa misma gran industria ha creado con la burguesía una clase que posee el monopolio de todos los instrumentos de producción y todos los medios de vida, pero que en todos los períodos de loca exaltación y en todos los cracks que siguen a esos períodos prueba ser ya incapaz de seguir dominando las fuerzas productivas que han crecido más de lo que su poder abarca; una clase bajo cuya direccion la
sociedad corre hacia la ruina como una locomotora cuyo maquinista fuera demasiado débil para abrir la bloqueada válvula de escape. Dicho de otro modo: aquel fenómeno se debe a que tanto las fuerzas productivas producidas por el moderno modo de producción capitalista cuanto el sistema de distribución de bienes por él creado han entrado en hiriente contradicción con aquel modo de producción mismo, y ello hasta tal punto que tiene que producirse una subversión de los modos de producción y distribución que elimine todas las diferencias de clase, si es que la entera sociedad moderna no tiene que perecer. La certeza de la victoria del socialismo moderno se basa en ese hecho material y tangible que se impone con irresistible necesidad y en forma más o menos clara a las cabezas de los proletarios explotados; en eso, y no en las ideas de lo justo y lo injusto
La relación de la política general con las formaciones del derecho económico está tan resuelta y, al mismo tiempo, tan peculiarmente determinada en mi sistema, que no será superflua para facilitar el estudio una especial referencia a este punto. La formación de las relaciones políticas es lo históricamente fundamental, y las dependencias económicas no son más que un efecto o caso especial y, por tanto, siempre hechos de segundo orden. Algunos de los recientes sistemas socialistas parecen evidentemente presentar una actitud completamente invertida respecto de ese principio rector, pues desarrollan las subordinaciones políticas como a partir de las condiciones económicas. Cierto que estos efectos de segundo orden existen como tales, y son sobre todo perceptibles en el presente; pero lo primitivo tiene que buscarse en el poder político inmediato, y no en un indirecto poder económico.
Lo mismo encontramos en otro lugar en el que el señor Dühring parte
del principio de que las condiciones políticas son la causa decisiva de la situación económica, y que la relación inversa no representa sino una retroacción de segundo orden...; si se concibe la agrupación política no por sí misma, como punto de partida, sino exclusivamente como medio de lograr el pienso, se conservará siempre un buen trozo oculto de reacción por más radicalmente socialista y revolucionario que se parezca.
Tal es la teoría del señor Dühring. Aparece simplemente afirmada, decretada, por así decirlo, en esos otros muchos lugares. En ninguno de los tres gruesos volúmenes se hace el menor intento de prueba o de refutación de la opinión contraria. Y aunque las pruebas fueran tan baratas como las moras, el señor Dühring se abstendría de darnos prueba alguna, pues el asunto está ya probado por el célebre pecado original con el cual Robinson sometió a Viernes. Fue un acto de violencia, es decir, un acto político. Y como esa opresión constituye el punto de partida y el hecho fundamental de toda la historia pasada, y como la tal acción ha sido inoculada de injusticia por el pecado original, de tal modo que
en los períodos posteriores se ha suavizado simplemente y se ha "transformado en las formas, más indirectas, de la dependencia económica" y puesto que en esta opresión originaria se basa toda la "propiedad violenta" vigente hasta hoy: es claro que todos los fenómenos económicos tienen que explicarse por causas políticas, o sea por la violencia. Y el que no se contente con eso es un reaccionario disfrazado.
Observemos ante todo que hace falta estar tan enamorado de sí mismo como lo está el señor Dühring para considerar esa opinión "peculiar", cosa que no es en modo alguno. La idea de que lo decisivo en la historia son las acciones políticas del poder y del Estado es tan vieja como la historiografía misma, y es también la causa principal de que se haya conservado tan poco acerca del desarrollo de los pueblos, el movimiento silencioso y realmente impulsor que procede como trasfondo de esas sonoras escenas. Esta idea ha dominado toda la historiografía del pasado, y no ha recibido un primer golpe hasta los historiadores burgueses franceses de la Restauración; lo único "peculiar" es que tampoco de esto sepa nada el señor Dühring.
Sigamos: aun admitiendo por un momento que el señor Dühring tuviera razón al decir que toda la historia pasada puede reconducirse al sometimiento del hombre por el hombre, tampoco habríamos llegado, ni con mucho, al fondo de la cuestión. Sino que habría que preguntarse por de pronto: ¿cómo llegó Robinson a oprimir a Viernes? ¿Por mero gusto? Nada de eso. Más bien hemos visto que Viernes es "oprimido como esclavo o mero instrumento para el servicio económico" y que "no es sustentado sino como instrumento". Robinson ha sometido a Viernes exclusivamente para que trabaje en provecho de Robinson. ¿Y cómo puede Robinson obtener provecho del trabajo de Viernes? Sólo si Viernes produce con su trabajo más medios de vida que los que tiene que darle Robinson para que sea capaz de trabajar. Así, pues, contra el explícito precepto del señor Dühring, Robinson no ha "tomado como punto de partida y por sí misma la agrupación política" producida por el sometimiento de Viernes, sino que "la ha tratado exclusivamente como medio de lograr el pienso"; que tenga la bondad de ver cómo se pone de acuerdo con su señor y maestro Dühring.
El pueril ejemplo arbitrado por el señor Dühring para mostrar que el poder es lo "históricamente fundamental" prueba, por el contrario, que el poder, la violencia, no es más que el medio, mientras
que la ventaja económica es el fin. Y en la medida en que el fines "más fundamental" que el medio aplicado para conseguirlo, en esa misma medida es en la historia más fundamental el aspecto económico de la situación que el político. El ejemplo prueba, pues, lo contrario de lo que tenía que probar. Y en todos los casos conocidos de dominio y servidumbre ocurre lo mismo que en el de Robinson y Viernes. El sometimiento ha sido siempre, por utilizar la elegante expresión del señor Dühring, "medio para lograr el pienso" (entendiendo ese logro del pienso en su más amplio sentido), y nunca y en ningún lugar una agrupación política "introducida por sí misma". Hay que ser el señor Dühring para poder imaginarse que los impuestos no sean en el Estado sino "efectos de segundo orden", o que la actual agrupación política de burguesía dominante y proletariado dominado exista "por sí misma" y no por el "logro del pienso" de los burgueses dominantes, esto es, por la consecución de beneficios y la acumulación de capital.
Pero volvamos a nuestros dos hombres. Robinson, "con el puñal en la mano", convierte a Viernes en esclavo suyo. Mas para conseguirlo Robinson necesita algo mas que el puñal. Un esclavo no es útil para cualquiera. Para poder usarlo hay que disponer de dos cosas: primero, de los instrumentos y los objetos necesarios para el trabajo del esclavo; segundo, de los medios para su miserable sustento. Así, pues, antes de que sea posible la esclavitud tiene que haberse alcanzado ya un cierto nivel de producción y tiene que darse cierto grado de desigualdad en la distribución. Y para que el trabajo esclavo se convierta en modo dominante de producción de una entera sociedad, hace falta aún una mayor intensificación de la producción, el comercio y la acumulación de riquezas. En las viejas comunidades espontáneas, con su propiedad común de la tierra, la esclavitud no se presenta en absoluto, o desempeña sólo un papel muy subordinado. Lo mismo ocurre en la primitiva ciudad de campesinos que fue Roma; en cambio, cuando se convirtió en "capital del mundo" y la tierra itálica fue concentrándose progresivamente en las manos de una reducida clase de propietarios enormemente ricos, la población campesina se vio desplazada por una población de esclavos. Para que en tiempos de las guerras médicas el número de esclavos fuera en Corinto de 460.000, en Egina llegara a los 470.000,[32] con lo que había diez esclavos para cada miembro de la población libre, hizo falta algo más que "poder y violencia", a saber, una industria artesanal y suntuaria muy desarrollada, y un amplísimo comercio. La esclavitud en los Estados Unidos americano
se ha basado menos en la violencia que en la industria inglesa del algodón; en las regiones en que no crecía el algodón, o en las que no había estados limítrofes que practicaran la cría de esclavos para los estados algodoneros, la esclavitud se extinguió por sí misma, sin aplicación de la violencia, simplemente porque no era rentable.
Así, pues, cuando el señor Dühring llama a la propiedad actual propiedad violenta y la caracteriza como
aquella forma de dominio que se basa no sólo meramente en la exclusión del prójimo del uso de los medios naturales de la existencia, sino además cosa más importante, en el sometimiento del hombre a servicio servil.
está invirtiendo literalmente la situación real. El sometimiento del hombre a servidumbre, en cualquiera de sus formas, presupone en el que lo somete la disposición sobre los medios de trabajo sin los cuales no podría utilizar al sometido; y en el caso de la esclavitud presupone además la disposición sobre los medios de vida sin los cuales no podría mantener al esclavo. En todos los casos se presupone, pues, una riqueza que rebasa el término medio. ¿Cómo se ha originado esa riqueza? Es claro que puede ser robada, es decir, basarse en la violencia, pero también está claro que ello no es en absoluto necesario. Esa riqueza superior al término medio puede haber sido conseguida con el trabajo, con el robo, con el comercio, hasta con la ficción y la estafa. Es más: tiene incluso necesariamente que haber sido conseguida por el trabajo, antes de poder ser robada en algún sentido.
La propiedad privada no aparece en absoluto en la historia como resultado exclusivo del robo y de la violencia. Antes al contrario: existe ya, aunque limitada a determinados objetos, en las arcaicas comunidades espontáneas de todos los pueblos de cultura. Se desarrolla ya en el seno de esas comunidades, primero en el intercambio con los extranjeros, en forma de mercancía. A medida que los productos de la comunidad van tomando progresivamente forma de mercancía esto es, a medida que va disminuyendo la parte de ellos que se destina al consumo propio de los productores, y amentando la parte que se produce con fines de intercambio, a medida que el intercambio va desplazando, también en el interior de la comunidad, a la originaria y espontánea división del trabajo, en esa misma medida va haciéndose desigual la situación patrimonial de los diversos miembros de la comunidad, va hundiéndose más profundamente la vieja comunidad de la propiedad del suelo y va orientándose cada vez más rápidamente la
comunidad hacia su disgregación en una aldea de campesinos parcelarios. El despotismo oriental y el cambiante dominio de los pueblos nómadas conquistadores no bastaron durante milenios para destruir esas viejas comunidades; pero la paulatina destrucción de su industria doméstica y espontánea por la concurrencia de los productos de la gran industria precipita aceleradamente su disolución. Está tan poco justificado hablar aquí de violencia como lo estaría a propósito de la división de la propiedad colectiva de la tierra que aún hoy día tiene lugar en las "comunidades de labor" del Mosela y de los Vosgos: lo que ocurre es que los campesinos consideran interés propio que la propiedad privada de la tierra sustituya a la común y cooperativa. Ni siquiera la formación de una aristocracia espontánea, como la que tuvo lugar entre los celtas, los germanos y en el Pendjab indio sobre la base de la propiedad común del suelo, se basa al principio en la violencia, sino en voluntariedad y costumbre. Siempre que se desarrolla la propiedad privada, ello ocurre a consecuencia de un cambio en la situación y las relaciones de producción e intercambio, en interés del aumento de la producción y de la promoción del tráfico, es decir, por causas económicas. La violencia no desempeña en ello ningún papel. Pues es claro que tiene que existir previamente la institución de la propiedad privada para que el bandido pueda apropiarse bien ajeno, y que, por tanto, la violencia puede sin duda alterar la situación patrimonial, pero no puede crear la propiedad privada como tal.
Mas ni siquiera para explicar el "sometimiento del hombre a servicio servil" en su forma más modema, en la del trabajo asalariado, podemos utilizar la violencia ni la propiedad violenta. Hemos indicado ya el importante papel que la transformación de los productos del trabajo en mercancías, es decir, su producción para el intercambio, y no para el propio consumo, desempeña en la disolución de la vieja comunidad, en la generalización directa o indirecta de la propiedad privada. Marx ha mostrado meridianamente en El Capital y el señor Dühring se guarda muy bien de decir sobre ello ni una sola palabra que al llegar a cierto grado de desarrollo la producción mercantil se transforma en producción capitalista, y que a ese nivel "la ley de la apropiación, o ley de la propiedad privada, basada en la producción y la circulación de mercancías, muta en su contrario por su propia, interna e inevitable dialéctica: el intercambio de equivalentes, que aparece como la operación originaria, se ha invertido tanto que el intercambio es ya ficticio, pues, en primer lugar, la parte del capital cambiada
por fuerza de trabajo no es más que una parte del producto del trabajo ajeno aprapiado sin equivalente, y, en segundo lugar, tiene que ser no sólo repuesto por su productor, el trabajador, sino repuesto con un nuevo surplus [excedente]... Originariamente la propiedad se nos presentó basada en el propio trabajo... La propiedad se presenta ahora [al final del desarrollo trazado por Marx], por el lado del capitalista, como el derecho a apropiarse trabajo ajeno no pagado, y, por el lado del trabajador, como la imposibilidad de apropiarse de su propio producto. La separación de propiedad y trabajo resulta consecuencia necesaria de una ley que partía aparentemente de su identidad." Dicho de otro modo: aunque excluyamos toda posibilidad de robo, violencia y estafa, aunque admitamos que toda propiedad privada se basa originariamente en trabajo propio del propietario y que en todo el ulterior proceso no se intecambian sino valores equivalentes, aun en ese caso tropezaremos necesariamente, en el curso del desarrollo de la producción y del intercambio, con el actual modo de producción capitalista, con la monopolización de los medios de producción y de vida en las manos de una clase poco numerosa, con el aplastamiento de la otra clase, la de los proletarios excluidos de la posesión y que constituyen la enorme mayoría, con la alternancia periódica de producción especulativamente hinchada y crisis comercial, y con toda la actual anarquía de la producción. Todo el proceso se explica por causas puramente económicas, sin que ni una sola vez hayan sido imprescindibles el robo, la violencia, el Estado o cualquier otra intervención política. La "propiedad violenta" no es tampoco más que una frase vanidosa destinada a disimular la falta de una comprensión del real curso de las cosas.
Ese curso, dicho históricamente, es la historia de la evolución de la burguesía. Si la "situación política es la causa decisiva de la situación económica", la burguesía moderna tiene que haberse desarrollado no en lucha con el feudalismo, sino como su criatura voluntariamente engendrada. Todo el mundo sabe que lo que ha ocurrido es lo contrario. El estamento burgués, inicialmente tributario de la nobleza feudal, compuesto de vasallos y siervos de todas clases, ha conquistado una posición de poder tras otras a lo largo de una duradera lucha contra la nobleza, y en los países más desarrollados ha acabado por tomar el poder en vez de ésta; en Francia lo hizo derribando a la nobleza de un modo directo; en Inglaterra, aburguesándola progresivamente y asimilándola como encaje ornamental de la burguesía misma. Mas ¿cómo ha conseguido eso la
burguesía? Simplemente, transformando la "situación económica" de tal modo que esa transformación acarreó antes o después, voluntariamente o mediante lucha, una modificación de la situación política. La lucha de la burguesía contra la nobleza feudal es la lucha de la ciudad contra la tierra, de la industria contra la propiedad rural, de la economía dineraria contra la natural, y las armas decisivas de los burgueses en esa lucha fueron sus medios económicos en continuo aumento, por el desarrollo de la industria, que empezó artesanalmente para progresar luego hasta la manufactura, y por la extensión del comercio. Durante toda esta lucha el poder político estuvo de la parte de la nobleza, con la excepción de un período en el cual el poder real utilizó a la burguesía contra la nobleza para mantener en jaque a un estamento por medio del otro; pero a partir del momento en que la burguesía, aún impotente políticamente, empezó a hacerse peligrosa a causa de su creciente poder económico, la monarquía volvió a aliarse con la nobleza y provocó así, primero en Inglaterra y luego en Francia, la revolución de la burguesía. La "situación política" era aún la misma de antes en Francia cuando la "situación económica" la rebasó. Desde el punto de vista político, el noble seguía siéndolo todo mientras que el burgués no era nada; desde el punto de vista social, el burgués constituía ahora la clase más importante del Estado, mientras que la nobleza había perdido todas sus funciones sociales y se limitaba a percibir bajo forma de rentas el pago de esas desaparecidas funciones. Aún más: la población de las ciudades se había quedado coartada en las formas políticas feudales de la Edad Media, formas de antiguo superadas por la producción burguesa no ya por la manufacturera, sino incluso por la artesanal; la producción quedaba bloqueada en los miles de privilegios gremiales y en los obstáculos aduaneros locales y provinciales convertidos ya en meras molestias y ataduras para la producción. La revolución de la burguesía terminó con eso. Pero no adaptando la situación económica a la política, como querría el señor Dühring pues esto precisamente es lo que durante años intentaron en vano la nobleza y la corona, sino destruyendo a la inversa el viejo y podrido mobiliario político y creando una situación política en la cual la nueva "situación económica" podía existir y desarrollarse. En esta atmósfera política y jurídica adecuada a ella, esa situación económica se ha desarrollado brillantemente, tan brillantemente que la burguesía no está ya muy lejos de la posición que ocupaba la nobleza en 1789: la burgucsía se está haciendo progresivamente no sólo socialmente
superflua, sino un verdadero obstáculo social; cada vez se separa más de la actividad productiva y se convierte, como en su tiempo la nobleza, en una clase meramente dedicada a la percepción de rentas; y ha producido esa subversión de su propia posición y el nacimiento de una nueva clase, el proletariado, sin el arte de birlibirloque de la violencia, sino por vías puramente económicas. Aún más. La burguesía no ha querido en modo alguno ese resultado de su propio hacer y agitarse, sino que, por el contrario, ese resultado se ha impuesto con irresistible poder contra la voluntad y contra las intenciones de la burguesía; sus propias fuerzas productivas han rebasado el alcance de su dirección y empujan a toda la sociedad burguesa, como con necesidad natural, hacia la ruina o la subversión. Y cuando los burgueses apelan ahora a la violencia y al poder para evitar el hundimiento de la resquebrajada "situación económica", prueban exclusivamente que se encuentran en el mismo engaño que el señor Dühring, creyendo que "la situación política es la causa decisiva de la situación económica", imaginándose, exactamente igual que el señor Dühring, que con lo "primitivo", con "el poder político inmediato", pueden transformarse aquellos "hechos de segundo orden", la situación económica y su inevitable desarrollo, y que pueden desterrar sencillamente del mundo los efectos económicos de la máquina de vapor y de toda la moderna maquinaria movida por ella, los del comercio mundial y los del actual desarrollo bancario y crediticio, utilizando precisamente, para esa expulsión, cañones Krupp y fusiles Máuser.
Pero consideremos algo más detenidamente ese omnipotente "poder" del señor Dühring. Robinson somete a Viernes "con el puñal en la mano". Pero ¿de dónde ha sacado el puñal? Ni en las fantásticas islas de las robinsonadas crecen hasta ahora los puñales como las hojas de los árboles, y el señor Dühring nos debe, por tanto, respuesta a esta pregunta. Del mismo modo que Robinson ha podido conseguir un puñal, podemos suponer que Viernes aparece un buen día con un revólver cargado en la mano, en cuyo caso se invierte toda la relación de "poder": Viernes manda y Robinson tiene que trabajar. Pedimos perdón al lector por este juego de entrar tan consecuentemente en la historia de Robinson y Viernes, propia del cuarto de los niños y no de la ciencia; pero ¿cómo evitarlo? No tenemos más remedio que aplicar concienzudamente el método axiomático del señor Dühring, y no es culpa nuestra el que al hacerlo nos movamos siempre en un terreno de pura puerilidad. Así, pues, el revólver triunfa sobre el puñal, y con esto quedará claro incluso para el más pueril de los axiomáticos que el poder no es un mero acto de voluntad, sino que exige para su actuación previas condiciones reales, señaladamente herramientas o instrumentos, la más perfecta de las cuales supera a la menos perfecta; y que, además, es necesario haber producido esas herramientas, con lo que queda al mismo tiempo dicho que el productor de herramientas de poder más perfectas vulgo armas vence al productor de las menos perfectas, o sea, en una palabra, que la victoria del poder o la violencia se basa en la producción de armas, y ésta a su vez en la producción en general, es decir: en el "poder económico", en la "situación económica", en los medios materiales a disposición de la violencia.
La violencia se llama hoy ejército y escuadra de guerra, y ambos cuestan, como sabemos por desgracia nuestra, "una cantidad fabulosa de dinero". Pero la violencia no puede producir dinero,
sino, a lo sumo, apoderarse del dinero ya hecho, y esto no es de mucha utilidad, como sabemos, también por desgracia nuestra, gracias a los miles de millones franceses.[33] Así, pues, en última instancia el dinero tiene que ser suministrado por la producción económica; el poder aparece también en este caso determinado por la situación económica que le procura los medios para armarse y mantener sus herramientas. Pero esto no es todo. Nada está en tan estrecha dependencia de las previas condiciones económicas como el ejército y la escuadra precisamente. Armamento, composición, organización, táctica y estrategia dependen ante todo del nivel de producción y de las comunicaciones alcanzado en cada caso. Lo que ha obrado radicalmente en este campo no han sido las "libres creaciones de la inteligencia" de geniales jefes militares, sino la invención de armas mejores y la transformación del material del soldado; la influencia de los jefes militares geniales se limita, en el mejor de los casos, a adaptar el modo de combatir a las nuevas armas y a los nuevos combatientes.
A comienzos del siglo XIV, la pólvora llegó a la Europa occidental a través de los árabes, y subvirtió, como saben los niños de escuela, todo el arte de la guerra. La introducción de la pólvora y de las armas de fuego no fue empero en modo alguno un acto de violencia, sino una acción industrial, es decir, un progreso económico. La industria es siempre industria, ya se oriente a la producción o a la destrucción de las cosas. Y la introducción de las armas de fuego tuvo efectos radicalmente transformadores no sólo en el arte mismo de la guerra, sino también en las relaciones políticas de dominio y vasallaje. Para conseguir pólvora y armas de fuego hacían falta una industria y dinero, y los que poseían las dos cosas eran los habitantes de las ciudades, los burgueses. Por eso las armas de fuego fueron desde el principio armas de las ciudades y de la ascendente monarquía, que se apoyaba en las ciudades contra la nobleza feudal. Las murallas de piedra de los castillos de la nobleza, hasta entonces inexpugnables, sucumbieron ante los cañones de los ciudadanos, y las balas de las burguesas escopetas atravesaron las armaduras caballerescas. Con la pesada caballería aristocrática se hundió también el dominio de la nobleza; con el desarrollo de la clase urbana, la infantería y la artillería van convirtiéndose progresivamente en las armas decisivas; obligado por la artillería, el oficio de la guerra tuvo que añadirse una sección nueva y completamente industrial: la de los ingenieros.
El desarrollo de las armas de fuego fuy muy lento. El cañó
siguió siendo pesado durante mucho tiempo, y el mosquete, a pesar de muchos inventos de detalle, siguió siendo un arma grosera. Pasaron más de trescientos años antes de que se produjera un fusil adecuado para armar a toda la infantería. Hasta comienzos del siglo XVIII no eliminó definitivamente el fusil de chispa con bayoneta a la pica en el armamento de la infantería. Esta se componía entonces de los soldados mercenarios de los príncipes, tropa muy rígidamente entrenada, pero muy poco de fiar, imposible de mantener disciplinada sino con el bastón, y procedente de los más corrompidos elementos de la sociedad, y, muchas veces, de prisioneros de guerra enrolados por coacción; la única forma de combate en la que esos soldados podían utilizar el nuevo fusil era la táctica lineal que alcanzó su supremo perfeccionamiento con Federico II. La infantería entera de un ejército formaba un largo cuadrilátero vacío de tres filas por lado y no se movía en orden de batalla, sino como un todo; a lo sumo se permitía a una de las alas que se adelantara o retrasara algo. Era imposible mover ordenadamente a esa masa de tan pocos recursos sino por un terreno completamente llano, e incluso en terrenos tales el ritmo era muy lento (setenta y cinco pasos por minuto); era imposible toda modificación del orden de batalla durante el combate, y, una vez entrada en fuego la infantería, la victoria o la derrota se decidían en poco tiempo y de un golpe.
Frente a esas líneas rígidas y sin recursos aparecieron en la guerra de la Independencia americana grupos de rebeldes que estaban, ciertamente, poco entrenados, pero sabían usar muy bien sus carabinas, combatían por sus propios intereses lo que quiere decir que no desertaban, como las tropas mercenarias, y que no hicieron a los ingleses el favor de enfrentarse con ellos en línea y en campo abierto, sino en bosques que los cubrieran, y por sueltas guerrillas, de rápidos movimientos. La infantería de línea resultó impotente y sucumbió a los enemigos invisibles e inalcanzables. Así se inventó de nuevo el tirador, un nuevo modo de combatir, a consecuencia de la aparición de una modificación del material soldado.
La revolución francesa consumó también en el terreno militar lo que había empezado la americana. A los ejercitados ejércitos mercenarios de la coalición, la Revolución Francesa no pudo oponer más que masas poco entrenadas, pero numerosas, la fuerza de toda la nación. Con esas masas había que proteger París, es decir, cubrir un determinado territorio, y esto no podía conseguirse sin una victoria
en una abierta batalla de masas. No bastaba aquí el mero combate defensivo aislado; había que inventar también una forma de utilización en masa de aquellos efectivos: esa forma fue la columna. El orden en columna permitía incluso a tropas poco entrenadas moverse de un modo bastante ordenado, incluso con una velocidad de marcha superior a la tradicional (cien y más pasos por minuto); permitía perforar las rígidas formas de la vieja formación en línea, combatir en todos los terrenos, hasta en el desfavorable a la formación en línea, agrupar a las tropas de cualquier modo conveniente y, en colaboración con las formaciones sueltas dispersas por el terreno, resistir a las líneas enemigas, fijarlas, cansarlas hasta que llegara el momento de poder romperlas por el punto decisivo con masas tenidas hasta ese instante en reserva. Este modo de combatir, basado en la combinación de tiradores y columnas, y en la división del ejército en divisiones o cuerpos independientes compuestos por todas las armas, fue plenamente perfeccionado en todos sus aspectos por Napoleón, tanto táctica cuanto estratégicamente; según lo dicho, lo que ante todo hizo necesario ese modo de combatir fue la transformación del material soldado de la Revolución Francesa. Pero tenía además dos importantes presupuestos técnicos: primero el cureñado, más ligero, de la artillería de campaña inventado por Gribeauval, innovación que posibilitó el rápido movimiento de esas piezas; y, segundo, la depresión de la culata del fusil, tomada de la escopeta de caza e introducida en Francia en 1777; hasta entonces, la culata era prolongación rectilínea del cañón; la innovación permitió apuntar a un solo hombre sin fallar necesariamente el blanco. Sin este progreso habría sido imposible el papel del tirador suelto.
El revolucionario sistema representado por el pueblo entero en armas quedó pronto limitado a un reclutamiento obligatorio (con la posibilidad, para los mozos acomodados, de hacerse sustituir mediante un pago), y en esta forma fue asimilado por la mayoría de los grandes estados del continente. Sólo Prusia, con su sistema de ejército territorial, intentó recoger en masa la capacidad combativa del pueblo. Prusia fue además el primer estado que dotó a toda su infantería tras el breve papel desempeñado entre 1830 y 1860 por el fusil rayado cargado por delante con el arma más reciente: el fusil rayado y cargado por detrás. A esas dos innovaciones debe sus éxitos en 1866.
En la guerra franco alemana se enfrentaron por de pronto dos ejércitos armados con fusiles rayados de retrocarga, y ambos con
formaciones tácticas esencialmente idénticas a la de los tiempos del viejo fusil de chispa y sin rayar. La única diferencia era que los prusianos, con la introducción de la columna de compañía, habían intentado encontrar una forma de combate adecuada al nuevo armamento. Pero cuando el 18 de agosto, cerca de Saint Privat, la guardia prusiana intentó tomarse rigurosamente en serio la columna de compañía, los cinco regimientos que más intervinieron en la operación perdieron, en dos horas a lo sumo, más de un tercio de sus efectivos (176 oficiales y 5.114 hombres de tropa); a partir de aquel momento quedó condenada la nueva columna, exactamente igual que la de batallón o que la línea; se abandonó todo intento de exponer al fuego de fusilería enemigo una tropa cerrada, y por parte alemana la lucha se continuó exclusivamente con aquellos densos pelotones de fusileros en que ya por sí misma se había venido disolviendo la columna cuando se encontraba bajo el fuego graneado del enemigo, orden que hasta el momento el mando había considerado contrario a todo dispositivo militar; al mismo tiempo el paso ligero se convirtió en el único tipo de movimiento bajo el fuego de fusilería enemigo. También esta vez había sido el soldado más listo que el oficial; el soldado había descubierto instintivamente la única forma de combatir capaz de soportar el fuego del fusil de retrocarga, y ahora la imponía con éxito a pesar de la resistencia del mando.
La guerra franco-alemana ha significado un punto de inflexión de importancia diversa de la de todos los anteriores. En primer lugar, las armas se han perfeccionado tanto, que no es ya posible un nuevo progreso que tenga una influencia verdaderamente subversiva. Cuando se tienen cañones con los que se puede acertar a un batallón en cuanto lo distingue la vista, y fusiles que hacen lo mismo con los individuos como objetivos, y cuya carga cuesta menos tiempo que el apuntar, todos los demás progresos son más o menos indiferentes para el combate en el campo de batalla. La era de la evolución está, pues, por este lado, concluida en lo esencial. Mas, por otra parte, esta guerra ha obligado a todos los grandes estados continentales a introducir en sus países la versión radical del sistema prusiano del ejército territorial y, con él, una carga militar que les hará necesariamente hundirse en pocos años. El ejército se ha convertido en finalidad principal del Estado, ha llegado a ser fin en sí mismo; los pueblos no existen ya más que para suministrar y alimentar soldados. El militarismo domina y se traga a Europa. Pero este militarismo lleva en sí el germen de su desaparición.
La concurrencia de los diversos estados entre sí les obligaa utilizar cada año más dinero para el ejército, la escuadra, la artillería, etc., es decir, a acelerar cada vez más la catástrofe financiera; y, por otra parte, a realizar cada vez más en serio el servicio militar obligatorio, y con ello, en definitiva, a familiarizar al pueblo entero con el uso de las armas, a capacitarlo para imponer en un determinado momento su voluntad contra el poder militar que le manda. Y ese momento se presenta en cuanto que la masa del pueblo trabajadores y campesinos del campo y la ciudad tengan una voluntad. En ese momento el ejército principesco se trasmuta en ejército popular; la máquina se niega a seguir sirviendo y el militarismo sucumbe por la dialéctica de su propio desarrollo. El socialismo conseguirá infaliblemente lo que no consiguió la democracia burguesa de 1848 precisamente porque fue burguesa y no proletaria, a saber: dar a las masas trabajadoras una voluntad de contenido correspondiente a su situación de clase. Y esto significa la ruptura del militarismo y, con él, la de todos los ejércitos permanentes, desde dentro.
Esta es una de las moralejas de nuestra historia de la infantería moderna. La segunda, la cual nos vuelve al señor Dühring, es que toda la organización y el modo de combatir de los ejércitos y, por tanto, la victoria y la derrota, resultan depender de condiciones materiales, es decir, económicas: del material humano y de armamento, o sea de la cualidad y la cantidad de la población y de la técnica. Sólo un pueblo de cazadores como el americano podía volver a descubrir la táctica del tirador en guerrilla; y eran cazadores por razones puramente económicas, del mismo modo que ahora, también por razones puramente económicas, esos mismos yanquis de los viejos estados se han convertido en agricultores, industriales, navegantes y comerciantes, que ya no se dedican a la guerrilla en los bosques, pero han llegado en cambio muy lejos en el campo de la especulación, en el que saben muy bien utilizar grandes masas. Sólo una revolución como la francesa, que emancipó al ciudadano y señaladamente al campesino, podía inventar a la vez los ejércitos de masas y la libre forma de movimiento contra los cuales se estrellaron las viejas formaciones en línea rígida, reflejo militar del absolutismo contra el que combatían. Hemos ido viendo cómo los progresos de la técnica, en cuanto fueron utilizables militarmente y se utilizaron, provocaron en seguida, casi por la fuerza y a menudo incluso contra la voluntad del mando militar, modificaciones y hasta transformaciones completas del modo
de combatir. Por lo que hace a la dependencia de la dirección militar respecto de la productividad y de los medios de comunicación del retropaís, esto es cosa que hoy día puede ya explicar al señor Dühring incluso un suboficial que quiera hacer carrera. En resolución: en todas partes y siempre son condiciones económicas y medios de poder económico los que posibilitan la victoria de la "violencia", esa victoria sin la cual la violencia deja de ser tal; y el que quisiera reformar la organización militar según los principios del señor Dühring y de acuerdo con el punto de vista contrario, no cosecharía más que palizas.[*]
Si pasamos ahora de la tierra al agua, se nos ofrece, con sólo contemplar los últimos veinte años, una transformación de radicalidad aún mayor. La nave de combate de la guerra de Crimea era el barco de madera de dos o tres puentes, dotado con 60 a 100 cañones y movido aún principalmente a vela, pues su débil máquina de vapor no era más que un elemento auxiliar. Llevaba principalmente piezas de 32 libras, con tubos de unos 25 quintales, y algunas pocas piezas de 68 libras con tubos de menos de 50 quintales. Hacia fines de la guerra aparecieron baterías flotantes y acorazadas de hierro, pesadas, casi inmovibles; pero que para la artillería naval de la época eran monstruos casi invulnerables. Pronto se adoptó ese blindaje de hierro también para las naves de combate; la coraza era al principio delgada: se consideraba que un espesor de cuatro pulgadas era ya una coraza pesadísima. Pero el progreso de la artillería superó pronto esos blindados; para cada espesor de los que se aplicaron sucesivamente se encontró una nueva artillería más pesada que lo atravesaba fácilmente. Y así hemos llegado hoy, por un lado, a espesores de blindado de diez, doce, catorce y veinticuatro pulgadas (Italia se propone construir un barco con una coraza de tres pies de espesor), y, por otra, a piezas artilleras rayadas de 25, 35, 80 y hasta 100 toneladas de peso por tubo, las cuales lanzan a distancias antes inauditas proyectiles de 400, 1.700 y hasta 2.000 libras. La actual nave de combate es un gigantesco vapor acorazado, movido por hélice, que desplaza de 8.000 a 9.000 toneladas y cuenta con una fuerza de 6.000 a 8.000 caballos de vapor, lleva torres giratorias, cuatro o, a lo sumo, seis piezas pesadas, y tiene una proa que termina, bajo la línea de flotación, en un espolón para hundir por choque los barcos enemigos; es todo él una colosal
[*] Esto lo saben muy bien en el Estado Mayor prusiano. "El fundamento de la organización militar es ante todo la estructuración de la vida económica de los pueblos en general", dice el señor Max Jähns, capitán de Estado Mayor, en una conferencia. (Kölnische Zeitung, 20 de abril de 1876, tercera página.)
máquina unitaria, en la que el vapor no obra sólo el rápido movimiento en el mar, sino que también posibilita la dirección, las operaciones con el ancla, la rotación de las torres, la carga y orientación de las piezas, el trabajo de las bombas de agua, el arriado e izado de los botes parte de los cuales cuenta también con vapor, etc. Y la competencia entre el blindado y la artillería está tan lejos de concluirse que hoy día un barco se encuentra ya por debajo del rendimiento necesario y está anticuado antes de la botadura. La moderna nave de combate no es sólo un producto de la gran industria moderna, sino hasta una muestra de la misma; es una fábrica flotante aunque, ciertamente, una fábrica destinada sobre todo a dilapidar dinero. El país en que más se ha desarrollado la gran industria tiene casi el monopolio de la construcción de estos buques. Todos los acorazados turcos, casi todos los rusos, la mayoría de los alemanes, están construidos en Inglaterra; casi sólo en Sheffield se producen planchas para blindado que sean algo útiles; de las tres industrias metalúrgicas que son capaces de suministrar las piezas más pesadas de artillería, dos (Woolwich y Elswick) son inglesas, y la tercera (Krupp) alemana. Aquí se aprecia del modo tnás tangible cómo el "poder político inmediato", según el señor Dühring "causa decisiva de la situación económica", está por el contrario completamente sometido a la situación económica, y cómo no sólo la producción, sino incluso el manejo del instrumento de ese poder en el mar, la nave de combate, se ha convertido en una rama de la gran industria moderna. Y a nadie puede molestar esa evolución más que al poder precisamente, al Estado, al que un barco cuesta ahora tanto como antes toda una pequeña escuadra; el Estado tiene que contemplar cómo esos caros buques quedan anticuados, sin valor, antes de llegar al agua; y seguramente encuentra tan desagradable como el señor Dühring el que el hombre de la "situación económica", el ingeniero, sea ahora a bordo mucho más importante que el hombre del "poder inmediato", el capitán. Nosotros, por el contrario, no tenemos motivo alguno de enfado al ver cómo en esta carrera entre la coraza y el cañón el barco de guerra se desarrolla hasta un extremo de artificialidad que le hace tan caro como inservible para la guerra,[**] y cómo esta carrera manifiesta, también en el ámbito de la guerra naval, aquellas internas leyes dialécticas por las cuales el militarismo,
[**] El perfeccionamiento del último producto de la industria para la guerra naval, el torpedo de autopropulsión, parece realizar esto; con él el más pequeño torpedero resultaría superior al acorazado más imponente. (Recuérdese, por lo demás, que el texto ha sido escrito en 1878.)
como todo otro fenómeno histórico, sucumbe por las consecuencias de su propio desarrollo.
También aquí vemos, pues, con meridiana claridad, que no hay que buscar en absoluto "lo primitivo en el poder político inmediato, en vez de en un poder económico indirecto". Al contrario. ¿Qué resulta ser precisamente lo "primitivo" del poder? La potencia económica, la disposición de los medios de poder de la gran industria. El poder político en el mar, basado en los modernos buques de guerra, no resulta nada "inmediato", sino precisamente mediado por la potencia económica, por el alto desarrollo de la metalurgia, la utilización de técnicos hábiles y de ricas minas de carbón.
Pero ¿para qué seguir? Dése en la próxima guerra naval al señor Dühring el mando supremo, que él aniquilará sin torpedos ni demás artificios, sino con el simple medio de su "poder inmediato", todas las escuadras acorazadas sometidas a la situación económica.
Es una circunstancia importante la de que de hecho se haya dado en general el dominio de la naturaleza por la del hombre [¿Qué querra decir que se ha dado un dominio en general?] La explotación de la propiedad de la tierra en zonas grandes no se ha realizado nunca y en ningún lugar sin un previo sometimiento del hombre a algún tipo de trabajo esclavo o servil. La instauración de un dominio económico sobre las cosas ha tenido como presupuesto el dominio político, social y económico del hombre sobre el hombre. ¿Cómo podría imaginarse a un gran propietario de la tierra sin incluir en la imagen todo su señorío sobre esclavos, siervos u hombres indirectamente sometidos? ¿Qué podría y qué puede significar para un extenso cultivo de los campos la fuerza de un solo individuo, a lo sumo ayudada por la de la familia? La explotación de la tierra, o la extensión del dominio económico sobre la misma, en unas dimensiones que rebasen las fuerzas naturales del individuo, no ha sido posible hasta ahora en la historia más que por la introducción del correspondiente sometimiento del hombre, antes o al mismo tiempo que se establecía ese dominio del suelo. En los períodos posteriores se ha suavizado ese sometimiento... su actual forma en los países más civilizados es un trabajo asalariado realizado en mayor o menor grado bajo un dominio policíaco. En este último se basa, pues, la posibilidad práctica de ese tipo de riqueza actual que se presenta en el extenso dominio del suelo y (!) en la gran propiedad territorial. Como es natural, todas las demás especies de la riqueza distributiva se explican históricamente de modo anólogo, y la dependencia indirecta del hombre respecto del hombre, que actualmente constituye el rasgo fundamental de las situaciones económicas más desarrolladas, no puede entenderse ni explicarse por sí misma, sino como herencia, algo modificada, de un anterior sometimiento directo y una anterior expropiación directa.
Hasta aquí el señor Dühring.
Tesis: el dominio de la naturaleza (por el hombre) presupone el dominio del hombre (por el hombre).
Prueba: la explotación de la propiedad de la tierra en zonas grandes ha sido siempre y en todo lugar realizada por siervos.
Prueba de la prueba: ¿Cómo puede haber grandes propietarios de la tierra sin siervos, puesto que el gran propietario con su
familia y sin siervos no podría cultivar sino una reducida parte de sus posesiones?
Así, pues, para probar que el hombre, con objeto de someter a la naturaleza, tiene que empezar por someter al hombre, el señor Dühring transforma sin más "la naturaleza" en "propiedad de zonas grandes", y esta propiedad territorial ¿sin determinar de quién? se transforma en seguida en sus manos en propiedad de un gran señor, el cual, naturalmente, no puede cultivar sus tierras sin siervos.
En primer lugar, "dominio de la naturaleza" y "explotación de la propiedad de la tierra" no son en modo alguno lo mismo. El dominio de la naturaleza se realiza en la industria a una escala bastante más colosal que en la agricultura, la cual hasta hoy tiene que dejarse mandar por el tiempo atmosférico, en vez de dominarlo.
En segundo lugar, cuando nos limitamos a la explotación y administración de la propiedad de la tierra por grandes extensiones, lo que importa es a quién pertenece esa tierra. Y al principio de la historia de todos los pueblos de cultura no encontramos a los "grandes propietarios del suelo" que nos desliza aquí el señor Dühring con ese su habitual estilo de prestidigitador al que él llama "dialéctica natural", sino que encontramos comunidades tribales o de aldea con propiedad común de la tierra. Desde la India hasta Irlanda, la explotación de la propiedad de la tierra en grandes superficies ha tenido lugar inicialmente por obra de esas comunidades tribales o aldeanas: unas veces mediante el trabajo en cooperación a cuenta de la comunidad; otras veces en forma de explotación individual de parcelas concedidas temporalmente por la comunidad a las familias, pero manteniéndose al mismo tiempo el uso comunitario de bosques y pastos. También aquí es característico de los "profundísimos estudios especializados" del señor Dühring en el "terreno jurídico y político" el que no sepa nada de eso y el que sus obras completas manifiesten una total ignorancia de los decisivos trabajos de Maurer sobre la constitución primitiva de las marcas germánicas, fundamento de todo el derecho germánico; igualmente ignora el señor Dühring toda la literatura, en constante aumento, inspirada por Maurer, destinada a probar la comunidad primitiva de la propiedad del suelo en todos los pueblos de cultura asiáticos y europeos, y a exponer sus diversos modos de existencia y disolución. Del mismo modo que en el terreno del derecho francés y del inglés el señor Dühring se había "conquistado por sí mismo su propia ignorancia", con lo grande que ella era, así también
ha conseguido conquistarse otra aún mayor en el campo del derecho germánico. El hombre que tan grandilocuentemente se irrita por la limitación de horizonte de los profesores universitarios sc encuentra hoy a lo sumo, en el terreno del derecho germánico, donde estaban los profesores hace veinte años.
Pura "libre creación e imaginación" del señor Dühring es su tesis de que terrateniente y siervos hayan sido imprescindibles para la explotación de la tierra en grandes superficies. En todo el Oriente, donde la comunidad o el Estado es propietario del suelo, falta incluso la palabra "terrateniente" en las lenguas, sobre lo cual puede informarse el señor Dühring cerca de los juristas ingleses que se martirizaron en vano en la India con la pregunta ¿quién es propietario de la tierra?, como el difunto príncipe Enrique LXXII de Reuss-Greiz-Schleiz-Lobenstein-Eberswald con la pregunta ¿quién es guardián nocturno? Los turcos introdujeron por vez primera en las tierras orientales por ellos conquistadas una especie de feudalismo agrario. Grecia entra en la historia, en su época heroica, ya con una organización en estamentos que es evidentemente resultado de una larga prehistoria desconocida; pero incluso allí la tierra es principalmente cultivada por campesinos independientes; las grandes propiedades de nobles y príncipes constituyen la excepción y desaparecen además poco después. Italia ha sido roturada principalmente por campesinos independientes; cuando en los últimos tiempos de la república romana las grandes posesiones, los latifundios, desplazaron a los campesinos de sus parcelas y los sustituyeron por esclavos, sustituyeron al mismo tiempo la agricultura por la ganadería y arruinaron a Italia, como ya Plinio sabía (latifundia Italiam perdidere). Durante la Edad Media domina en toda Europa (señaladamente en las zonas de roturación de tierras vírgenes) el cultivo por campesinos independientes; para lo que discutimos ahora es indiferente que tuvieran que rendir prestaciones a algún señor feudal, así como la entidad de éstas. Los colonos de la Frisia, la Baja Sajonia, Flandes y el Bajo Rin, que pusieron en cultivo la tierra arrebatada a los eslavos al este del Elba, lo hicieron como campesinos libres y aprovechando tasas de interés muy favorables, en modo alguno sometidos a "algún tipo de trabajo servil". La mayor parte de la tierra norteamericana ha sido abierta a la agricultura por el trabajo de campesinos libres, mientras que los grandes terratenientes del Sur, con sus esclavos y su cultivo destructor, agotaron el suelo hasta que ya no fue capaz de alimentar más que abetos, de tal modo que el algodón tuvo que ir emigrand
cada vez más al Oeste. En Australia y Nueva Zelanda han fracasado todos los intentos del Gobierno inglés de producir artificialmente una aristocracia de la tierra. En resolución: si exceptuamos las colonias tropicales y subtropicales, en las que el clima impide al europeo realizar trabajos agrícolas, el gran señor de la tierra que rotura el suelo por medio de sus esclavos o siervos, sometiendo así la naturaleza a su dominio, resulta una pura imagen de la fantasía. La verdad es lo contrario. Cuando en la Antigüedad se presenta el gran terrateniente, como en Italia, no convierte tierra agreste en campo fértil, sino que transforma la tierra de labor preparada por el campesino en pastos para el ganado, despuebla y arruina todo el país. Sólo en tiempos modernos, desde que una población más densa ha aumentado el valor del terreno, y señaladamente desde que el progreso de la agronomía ha hecho aprovechable también la tierra mala, ha empezado la gran propiedad territorial a intervenir en gran escala en la roturación de tierras vírgenes y de pastos, y ello principalmente robando a los campesinos sus tierras comunales, igual en Inglaterra que en Alemania. Pero ni siquiera esto ha carecido de contrapeso. Por cada acre de tierras comunales que los grandes terratenientes han roturado en Inglaterra, han transformado en Escocia por lo menos tres acres de tierra ya roturada en pastos para ovinos, y, al final, incluso en cotos de caza mayor.
Nos estamos interesando aquí exclusivamente por la afirmación del señor Dühring según la cual la roturación de grandes extensiones de tierra es decir, aproximadamente toda la zona de cultivos no ha tenido lugar "jamás ni en ningún lugar" sino por medio de grandes terratenientes y de siervos; hemos visto que esa afirmacion tiene "como presupuesto" una ignorancia histórica verdaderamente inaudita. Pero no nos preocupamos aquí de si en diversas épocas los esclavos han cultivado terrenos ya roturados, o roturados en gran parte (como ocurrió en la edad del florecimiento griego), o de si lo han hecho los siervos (como ocurrió en las explotaciones serviles desde la Edad Media); tampoco discutimos ahora cuál ha sido la función social de los grandes terratenientes en diversas épocas.
Y tras habernos presentado este magistral cuadro fantástico en el que no se sabe qué admirar más, si el arte de prestidigitador con que está compuesto o la falsificación histórica en que consiste, el señor Dühring exclama triunfalmente:
Como es natural, todos los demás géneros de riqueza distributiva se explican históricamente de un modo análogo.
Con lo que se ahorra, naturalmente, el tener que decir una palabrita siquiera sobre el origen del capital, por ejemplo.
Si el señor Dühring no quiere decir con su dominio del hombre por el hombre, como condición previa del dominio de la naturaleza por el hombre, sino que nuestra actual situación económica, el grado de desarrollo hoy alcanzado por la agricultura y la industria, es el resultado de una historia social desarrollada a través de contraposiciones de clase, relaciones de dominio y servidumbre, entonces está diciendo algo que desde el Manífiesto Comunista ha tenido tiempo de sobra para convertirse en un lugar común. Lo que importa es explicar el origen de las clases y de las relaciones de dominio, y si el señor Dühring no dispone para esa explicación más que de la repetida palabra "violencia", no nos puede hacer avanzar ni un paso. El simple hecho de que los dominados y explotados son en todo tiempo mucho más numerosos que los dominantes y explotadores lo que quiere decir que la fuerza real está del lado de aquéllos basta para poner de manifiesto la necedad de toda esta teoría de la violencia y el poder. Hay que explicar aún las relaciones de dominio y servidumbre.
Estas han nacido de dos modos.
Los hombres entran en la historia tal como primitivamente salen del reino animal en sentido estricto: aún semianimales, rudos, aún impotentes frente a las fuerzas naturales, aún sin conocer las propias, pobres, por tanto, como los animales, y apenas más productivos que ellos. Domina cierta igualdad en la situación vital, y también, para los cabezas de familia, una especie de igualdad en la posición social: por lo menos, hay una ausencia de clases sociales, ausencia que aún perdura en las comunidades espontáneas agrícolas de los posteriores pueblos de cultura. En todas esas comunidades hay desde el principio cierto interés común cuya preservación tiene que confiarse a algunos individuos, aunque sea bajo la supervisión de la colectividad: la resolución de litigios, la represión de extralimitaciones de los individuos más allá de lo que está justificado, vigilancia sobre las aguas, especialmente en los países calurosos, y, finalmente, funciones religiosas propias del selvático primitivismo de ese estadio. Tales funciones públicas se encuentran en las comunidades primitivas de todos los tiempos, en las más antiguas comunidades de las marcas germánicas igual que en la
India actual. Están, naturalmente, provistas de cierto poder y son los comienzos del poder estatal. Las fuerzas productivas crecen paulatinamente; la población, adensándose, crea en un lugar intereses comunes, en otro intereses en pugna entre las diversas comunidades, cuya agrupación en grandes complejos suscita una nueva división del trabajo, la creación de órganos para proteger los intereses comunes y repeler los contrarios. Estos órganos, que ya como representantes de los intereses colectivos de todo el grupo asumen frente a cada comunidad particular una determinada posición que a veces puede ser incluso de contraposición, empiezan pronto a independizarse progresivamente, en parte por el carácter hereditario de los cargos, carácter que se introduce casi obviamente porque en ese mundo todo procede de modo natural y espontáneo, y en parte porque esos cargos van haciéndose cada vez más imprescindibles a causa de la multiplicación de los conflictos con otros grupos. No es necesario que consideremos ahora cómo esa independización de la función social frente a la sociedad pudo llegar con el tiempo a ser dominio sobre la sociedad, cómo el que empezó como servidor se transformó paulatinamente en señor cuando las circunstancias fueron favorables, cómo, según las condiciones dadas, ese señor apareció como déspota o sátrapa oriental, como príncipe tribal griego, como jefe de clan céltico, etc., ni en qué medida durante esa transformación aplicó también la violencia; ni cómo, por último, las diversas personas provistas de dominio fueron integrando una clase dominante. Lo único que nos interesa aquí es comprobar que en todas partes subyace al poder político una función social: y el poder político no ha subsistido a la larga más que cuando ha cumplido esa su función social. Los muchos despotismos que han aparecido y desaparecido en Persia y la India sabían siempre muy bien que eran ante todo los empresarios colectivos de la irrigación de los valles fluviales, sin la cual no es posible la agricultura en esas regiones. Los cultos ingleses han sido los primeros que se han permitido olvidarlo en la India; los ingleses entregaron a la ruina los canales y las esclusas, y ahora están finalmente descubriendo, a causa del hambre que regularmente se produce, que han descuidado la única actividad que podía justificar su dominio de la India en la medida en que había justificado el de sus predecesores.
Pero junto a la formación de esa clase tuvo lugar la constitución de otra. La división espontánea del trabajo en el seno de la familia campesina permitió, alcanzado cierto nivel de bienestar, el añadido de una o más fuerzas de trabajo ajenas a la familia. Esto
ocurrió sobre todo en las tierras en las que había desaparecido la vieja posesión comunitaria del suelo, o en las que, por lo menos, el antiguo cultivo colectivo había pasado a segundo término tras el cultivo separado de las distintas parcelas por las familias correspondientes. La producción estaba ya lo suficientemente desarrollada como para que la fuerza de trabajo humana pudiera producir más de lo que necesitaba para su simple sustento; existían medios para sostener más fuerza de trabajo, así como los necesarios para ocuparla; la fuerza de trabajo se convirtió así en un valor. Pero la propia comunidad y la asociación a la que pertenecía no podían suministrar fuerza de trabajo disponible suplementaria. La guerra la suministró, y la guerra es tan antigua como la existencia simultánea de varios grupos sociales en contacto. Hasta entonces no se había sabido qué hacer con los prisioneros de guerra; se les había matado simplemente, y antes habían sido comidos. Pero en el nivel de la "situación económica" ahora alcanzado, esos prisioneros cobraron un valor: se les dejó vivir y se utilizó su trabajo. En vez de dominar la situación económica, el poder y la violencia quedaron, pues, constreñidos al servicio de la situación económica. Así se inventó la esclavitud. La esclavitud se convirtió pronto en la forma dominante de la producción en todos los pueblos que se habían desarrollado más allá del viejo tipo de comunidad; pero al final fue también una de las causas principales de su decadencia. La esclavitud posibilitó la división del trabajo en gran escala entre la agricultura y la industria, y, con esa división del trabajo, posibilitó también el florecimiento del mundo antiguo, la civilización griega. Sin esclavitud no hay Estado griego, ni arte griego, ni ciencia griega; sin esclavitud no hay Imperio Romano. Y sin el fundamento del helenismo y del romanismo no hay tampoco Europa moderna. No deberíamos olvidar nunca que todo nuestro desarrollo económico, político e intelectual tiene como presupuesto una situación en la cual la esclavitud fue reconocida como necesaria y universal. En este sentido podemos decir: no hay socialismo moderno sin esclavitud antigua.
Es muy fácil enzarzarse en vagos discursos a propósito de la esclavitud y otros fenómenos análogos, y derramar cólera altamente moral sobre semejantes vergüenzas. Pero con eso, desgraciadamente, no se hace sino repetir cosas por todos sabidas, a saber, que esas antiguas instituciones no corresponden ya a nuestra actual situación ni a los sentimientos determinados por ella. Y con eso no aprendemos nada acerca de cómo surgieron esas institueiones, por
qué subsistieron y qué papel desempeñaron en la historia. Al atender, en cambio, a estas cuestiones, tenemos que decir, por contradictorio y herético que ello pueda parecer, que la introducción de la esclavitud fue en aquellas circunstancias un gran progreso. Es, en efecto, un hecho que la humanidad ha empezado en la animalidad, y que, por tanto, ha necesitado medios casi animales y barbáricos para conseguir salir a flote de la barbarie. Las viejas comunidades primitivas, donde subsistieron a pesar de todo, constituyen precisamente desde hace milenios el fundamento de la más grosera forma de Estado, el despotismo oriental, desde la India hasta Rusia. En cambio, donde aquellas comunidades se desintegraron, los pueblos han progresado por sus propios medios, y su primer progreso económico consistió precisamente en el aumento y el desarrollo de la producción por medio del trabajo esclavo. Está claro que mientras la humanidad fue tan poco productiva que no pudo suministrar más que un escaso excedente de sus medios de vida necesarios, el aumento de las fuerzas productivas, la extensión del tráfico, el desarrollo del Estado y el derecho y el nacimiento del arte y de la ciencia no eran posibles sino mediante una intensificación de la división del trabajo, la cual requería como fundamento la gran división básica de dicho trabajo entre las masas que realizaban el sencillo trabajo manual y los pocos privilegiados dedicados a dirigir el trabajo, el comercio, los asuntos del Estado y, más tarde, el arte y la ciencia. La forma más simple y espontánea de esa gran división del trabajo fue precisamente la esclavitud. Dados los presupuestos históricos del mundo antiguo, especialmente del griego, el progreso hacia una sociedad basada en contraposiciones de clase no podía realizarse más que bajo la forma de esclavitud. Hasta para el esclavo se trató de un progreso; los prisioneros de guerra que suministraban la masa de los esclavos conservaron al menos la vida, mientras que antes no podían contar más que con ser muertos e incluso asados.
Añadamos con esta ocasión que todas las contraposiciones históricas conocidas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, encuentran su explicación en esa productividad relativamente subdesarrollada del trabajo humano. Mientras la población que realmente trabaja está tan absorbida por su trabajo necesario que carece de tiempo para la gestión de los asuntos comunes de la sociedad dirección del trabajo, asuntos de estado, cuestiones jurídicas, arte, ciencia, etc., tuvo[34] que haber una clase especial liberada del trabajo real y que resuelva esas cuestiones,
y esa clase no dejó nunca de cargar sobre las espaldas de las masas trabajadoras cada vez más trabajo en beneficio propio. El gigantesco aumento de las fuerzas productivas alcanzado por la gran industria permite finalmente dividir el trabajo entre todos los miembros de la sociedad sin excepción, limitando así el tiempo de trabajo de cada cual, de tal modo que todos se encuentren con tiempo libre para participar en los comunes asuntos de la sociedad, los teoréticos igual que los prácticos. Sólo ahora, pues, se ha hecho superfluo toda clase dominante y explotadora, y hasta se ha convertido en un obstáculo al desarrollo social; y sólo ahora será despiadadamente suprimida, por mucho que se encuentre en posesión del "poder inmediato".
Si, pues, el señor Dühring se permite arrugar la nariz ante la civilización griega, porque ésta se basaba en la esclavitud, puede reprochar a los griegos, con la misma justificación, que no tuvieran máquinas de vapor ni telégrafo eléctrico. Y cuando afirma que nuestra moderna servidumbre asalariada no es más que una herencia, algo transformada y suavizada, de la esclavitud, y no debe explicarse por sí misma (es decir, por las leyes económicas de la sociedad moderna), o bien está afirmando que el trabajo asalariado es, como la esclavitud, una forma de servidumbre y de dominio de clase, cosa que sabe todo el mundo, o bien está sosteniendo una tesis falsa. Pues con la misma razón podríamos decir que el trabajo asalariado debe explicarse exclusivamente como forma suavizada de la antropofagia, que es la forma hoy día generalmente comprobada de utilización primitiva del enemigo vencido.
Con eso estará claro cuál es el papel que desempeña la violencia en la historia, comparado con el desarrollo económico. En primer lugar, todo poder político descansa originariamente en una función económica, social, y aumenta en la medida en que, por disolución de las comunidades primitivas, los miembros de la sociedad se transforman en productores, con lo que se alejan cada vez más de los administradores de las funciones sociales colectivas. Luego, cuando el poder político se ha independizado ya frente a la sociedad, se ha transformado de servidor en señor, puede actuar en dos sentidos. O bien lo hace en el sentido y la dirección del desarrollo económico objetivo, en cuyo caso no existe roce entre ambos y se acelera el desarrollo económico, o bien obra contra este desarrollo, y entonces sucumbe, con pocas excepciones, al desarrollo económico. Estas pocas excepciones son casos aislados de conquista en los cuales los salvajes conquistadores aniquilan o
expulsan a la población de un país, y destruyen o dejan agotarse las fuerzas productivas con las que nada saben hacer. Así hicieron los cristianos, al conquistar la España musulmana, con la mayor parte de los ingenios de irrigación en que se habían basado la agricultura y la horticultura de los moros. La conquista por un pueblo más atrasado perturba siempre, como es natural, el desarrollo económico, y destruye innumerables fuerzas productivas. Pero en la inmensa mayoría de los casos de conquista duradera o consolidada, el conquistador más primitivo tiene que adaptarse a la "situación económica" más desarrollada tal como ésta queda pasada la conquista; el conquistador es asimilado por los conquistados y tiene incluso que adoptar su lengua la mayoría de las veces. Pero cuando aparte de los casos de conquista el poder estatal interno de un país entra en contraposición con su desarrollo económico, como ha ocurrido hasta ahora, alcanzado cierto estadio, con casi todo poder político, la lucha ha terminado siempre con la caída del poder político. Sin excepciones e inflexiblemente, la evolución económica se ha abierto camino. Hemos citado ya el último ejemplo categórico: la Revolución Francesa. Si la situación económica y, con ella, la constitución económica de un determinado país dependieran, como quiere el señor Dühring, simplemente del poder poIítico, no podría entenderse por qué a pesar de su "magnífico ejército" no consiguió Federico Guillermo III, luego de 1848, injertar los gremios medievales y otras manías románticas en los ferrocarriles, las máquinas de vapor y la gran industria de su país, entonces en pleno desarrollo; ni tampoco por qué el emperador de Rusia, que aún es mucho más poderoso, no sólo no puede pagar sus deudas, sino que tampoco consigue siquiera mantener su "poder" sin estar siempre dando sablazos a la "situación económica" de la Europa occidental.
Para el señor Dühring, el poder es lo absolutamente malo, el primer acto de poder es el pecado original, y toda su exposición es una jeremíada sobre la inoculación de pecado original que aquel acto fue para toda la historia sida, sobre el innoble falseamiento de todas las leyes naturales y sociales por aquel poder diabólico que es la fuerza. El señor Dühring no sabe una palabra de que la violencia desempeña también otro papel en la historia, un papel revolucionario; de que, según la palabra de Marx, es la comadrona de toda vieja sociedad que anda grávida de otra nueva; de que es el instrumento con el cual el movimiento social se impone y rompe formas políticas enrigidecidas y muertas. Sólo con suspiros y, gemidos
admite la posibilidad de que tal vez sea necesaria la violencia para derribar la economía de la explotación del hombre: por desgracia, pues toda aplicación de la violencia desmoraliza al que la aplica. Esto hay que oír, cuando toda revolución victoriosa ha tenido como consecuencia un gran salto moral y espiritual. Y hay que oírlo en Alemania, donde un choque violento que puede imponerse inevitablemente al pueblo tendría por lo menos la ventaja de extirpar el servilismo que ha penetrado en la consciencia nacional como secuela de la humillación sufrida en la guerra de los Treinta Años. ¿Y esa mentalidad de predicador, pálida, sin savia y sin fuerza, pretende imponerse al partido más revolucionario que conoce la historia?
Han pasado casi cien años desde que apareció en Leipzig un libro que ha tenido hasta comienzos de este siglo treinta y tantas ediciones, y ha sido distribuido y difundido en las ciudades y el campo por los funcionarios, los clérigos y los filántropos de todas clases, además de prescribirse de un modo general a las escuelas elementales como libro de lectura. El libro es El amigo de los niños, de Rochow. Ese libro se proponía adoctrinar a los jóvenes retoños de los campesinos y los artesanos acerca de su oficio y de sus deberes para con sus superiores sociales y estatales, y enseñarles al mismo tiempo una benéfica satisfacción con su destino terrenal, con el pan negro y las patatas, el trabajo de prestación servil, el salario bajo, los bastonazos paternos y otras alegrías semejantes, todo ello se hacía por medio de la ilustración entonces corriente en el país. Con esos fines se explicaba a la juventud de la ciudad y del campo cuán sabia es la institución natural por la cual el hombre tiene que ganarse con el trabajo su sostenimiento y sus goces, y cuán feliz es consiguientemente el campesino o el artesano, ya que le está permitido condimentar su comida con amargo trabajo, en vez de estar siempre torturado, como el rico glotón, por el estómago indispuesto, la retención biliar o el empacho, de tal modo que sólo con asco puede engullir incluso los más selectos bocados. Estas mismas vulgaridades que el viejo Rochow consideró adecuadas para la juventud campesina de la Sajonia electora de su tiempo nos ofrece el señor Dühring en las páginas 14 y siguientes de su Curso como lo "absolutamente fundamental" de la más reciente economía política.
"Las necesidades humanas tienen como tales sus leyes naturales, y, desde el punto de vista de su acrecentamiento, se encuentran encerradas en límites que sólo la innaturaleza puede rebasar durante algún tiempo, hasta que a la misma siguen la repugnancia, el tedio vital, el embotamiento, la amputación social y, finalmente, una salvadora aniquilación... Un juego que consista en puras distracciones, sin ninguna otra finalidad seria, lleva
pronto a estar de vuelta de todo, o, lo que es lo mismo, a desgastar toda sensibilidad. El trabajo real en una forma u otra es, pues, la ley social natural de las figuras sanas... Si los instintos y las necesidades no llevaran consigo un contrapeso, apenas podrían facilitar una existencia infantil, por no hablar ya de una evolución histórica progresiva. Si su satisfacción no acarreara trabajo, esos instintos y esas necesidades se agotarían prontamente sin dejar tras ellos más que una vacía existencia de pesados intervalos que se repiten... En todos los respectos, pues, la dependencia en que la actuación de los instintos y las pasiones se encuentra respecto de la superación de un obstáculo económico es una saludable ley básica de la constitución externa de la naturaleza y de la interna del hombre", etc.
Se trata, como se ve, de las más triviales trivialidades de un Rochow honorario, las cuales celebran en la obra del señor Dühring su centenario, y lo hacen, encima, como "profunda fundamentación" del único "sistema socialitario" verdaderamente crítico y científico.
Una vez puesto ese fundamento puede el señor Dühring seguir construyendo. Aplicando el método matemático, empieza por darnos una serie de definiciones según el modelo del antiguo Euclides. Este procedimiento es tanto más cómodo cuanto que le permite componer de tal modo sus definiciones que ya esté parcialmente contenido en ellas lo que habrá que demostrar con su ayuda. Así sabemos, por de pronto, que
el concepto rector de la economía es hasta hoy el de riqueza, y la riqueza, tal como realmente se la ha entendido hasta ahora histórico universalmente, y tal como ha desarrollado su imperio, es "el poder económico sobre hombres y cosas".
La afirmación es incorrecta por dos razones. En primer lugar, la riqueza de las antiguas comunidades tribales y aldeanas no era en modo alguno dominio sobre hombres. Y, en segundo lugar, incluso en las sociedades que se mueven en contraposiciones de clase, la riqueza, en la medida en que incluye un dominio sobre seres humanos, es predominantemente y casi exclusivamente un dominio sobre esos seres gracias a y por medio del dominio sobre cosas. Desde tiempos muy tempranos, desde que la captura de esclavos y la explotación de los mismos se constituyeron en negocios distintos, los explotadores del trabajo esclavo tuvieron que comprar esclavos, o sea tuvieron que conseguir el dominio sobre seres humanos por medio del dominio sobre cosas, a saber, el precio del esclavo, los medios de sustento y de trabajo del esclavo. En toda la Edad Media, una gran posesión de tierras es la condición necesaria para que la nobleza feudal pueda contar con campesinos tributarios y obligados
a prestaciones gratuitas. Y hoy día, hasta un niño de seis años puede ver que la riqueza domina hombres exclusivamente por medio de las cosas de que dispone.
Pero ¿por qué tiene que elaborar el señor Dühring esa falsa definición de la riqueza? ¿Por qué tiene que desgarrar la conexión real que ha imperado en todas las sociedades clasistas que han existido? Lo hace para poder desplazar la riqueza del terreno económico al terreno moral. El dominio sobre cosas está muy bien, pero el dominio sobre hombres es cosa mala; y como el señor Dühring se ha prohibido a sí mismo explicar el dominio sobre hombres por el dominio sobre cosas, puede practicar de nuevo aquí un audaz pase de prestidigitación y explicarlo expeditivamente por la conocida violencia. La riqueza como dominio sobre hombres es "el bandidismo", con lo que llegamos de nuevo a una edición empeorada del primigenio y proudhoniano "la propiedad es el robo".
Y con esto hemos situado felizmente la riqueza al alcance de los dos puntos de vista esenciales de la producción y la distribución: riqueza como dominio sobre cosas es riqueza de producción, el lado bueno de la riqueza; riqueza como dominio sobre hombres es la riqueza de distribución que ha existido hasta hoy, el lado malo de la riqueza: ¡afuera con él! Aplicado a la situación actual, ese principio significa: el modo capitalista de producción está muy bien y puede seguir existiendo, pero el modo capitalista de distribución no vale y tiene que suprimirse. A esos absurdos lleva el escribir sobre economía sin haber entendido siquiera la conexión entre producción y distribución.
Luego de la riqueza se define el valor, del modo siguiente:
"El valor es la validez que tienen las cosas y prestaciones económicas en el tráfico." Esa validez corresponde "al precio o a cualquier otro nombre equivalente, como, por ejemplo, el salario".
Dicho de otro modo: el valor es el precio. O más bien, por no ser injustos con el señor Dühring, sino recoger en lo posible con sus propias palabras el absurdo de su definición: el valor son los precios. Pues en la página 19 nos dice: "el valor y los precios que lo expresan en dinero", comprobando, pues, él mismo que un mismo valor tiene muy diversos precios y, por tanto, con su definición, otros tantos valores diversos. Si Hegel no estuviera muerto hace mucho tiempo, se ahorcaría al ver estos resultados. Pues ni con toda su teología habría conseguido él producir este valor que tiene tantos valores diversos cuantos diversos precios tiene. Hace falta,
en efecto, toda la seguridad del señor Dühring para empezar una nueva y más profunda fundamentación de la economía con la declaración de que la única diferencia conocida entre precio y valor es que el uno está expresado en dinero y el otro no.
Pero con todo esto seguimos sin saber qué es el valor, y aún menos con qué se determina. El señor Dühring tiene, pues, que añadir más explicaciones.
"De un modo completamente general, la ley fundamental de la comparación y estimación en que se basan el valor y los precios que lo expresan en dinero se encuentra por de pronto en el terreno de la mera producción dejando aparte el de la distribución, que introduce en el concepto de valor un segundo elemento. Los obstáculos mayores o menores que ponen las condiciones naturales a los esfuerzos encaminados a procurarse cosas, y por los cuales se les imponen mayores o menores gastos de energía económica, determinan también... el valor mayor o menor", y éste se estima según "la resistencia a esa actividad de procura de cosas, opuesta por la naturaleza y las circunstancias... La medida en la cual hemos puesto nuestra propia energía en las cosas es la causa inmediatamente decisiva de la existencia de valor en general y de cualquier cantidad determinada del mismo"
En la medida en que todo eso tiene un sentido, significa lo siguiente: el valor de un producto del trabajo se determina por el tiempo de trabajo necesario para su producción, y esto lo sabíamos hace mucho tiempo y sin necesidad de que nos lo dijera el scñor Dühring. En vez de comunicar sencillamente el hecho, él tiene que envolverlo en su estilo oracular, el cual acaba por falsearlo. Pues es literalmente falso que la medida en la cual cualquier persona pone su energía en alguna cosa (por seguir usando el altisonante lenguaje) sea la causa inmediatamente decisiva del valor y la cantidad del mismo. En primer lugar, importa saber en qué cosa se ha puesto esa energía; y, en segundo lugar, también interviene el modo como haya sido puesta. Si nuestro individuo produce una cosa que no tenga ningún valor de uso para otros, toda su energía no conseguirá producir ni un átomo de valor; y si se empeña en fabricar con la mano un objeto producido veinte veces más barato por una máquina, entonces diecinueve vigésimos de la energía que ha puesto en ello no producen ni una determinada cantidad de valor ni valor en absoluto.
Por lo demás, también falsea completamente la realidad el transformar el trabajo productivo que crea productos positivos en una mera y negativa superación de una resistencia. Si ello fuera así, tendríamos, por ejemplo, que operar del modo siguiente para
conseguir una camisa: primero superaríamos la resistencia de la semilla de algodón contra el ser sembrada y el crecer, luego la resistencia del algodón maduro a su recolección, embalado y transporte, luego su resistencia contra el desembalado, el peinado y el hilado, luego la resistencia del hilado al tejido, la del tejido al blanqueado y al cosido, y, finalmente, la resistencia de la camisa ya lista al ser vestida.
¿Qué utilidad tiene toda esa pueril inversión falseadora de los hechos? La de permitir pasar del "valor de producción", valor verdadero, pero hasta ahora sólo ideal, por medio de la "resistencia", al único valor que hasta ahora impera en la historia, el valor de "distribución" falseado por la violencia:
Además de la resistencia ofrecida por la naturaleza... hay otro obstáculo puramente social... Entre los hombres y la naturaleza aparece un poder obshculizadar, que es el hombre mismo. El hombre pensado aislado y solo se enfrenta libremente con la naturaleza... Pero la situación cambia en cuanto que imaginamos un segundo hombre que, con el puñal en la mano, ocupa los accesos a la naturaleza y sus fuentes materiales, y exige un precio de una forma u otra para permitir el acceso a ellas. Este segundo... grava prácticamente al otro y es así el motivo de que el valor de lo deseado resulte mayor de lo que podría ser sin la obstaculización social y política de la procura o producción de las cosas... Son muy diversas las formas posibles de esta validez artificialmente aumentada de las cosas, la cual tiene, naturalmente, su paralelo en el correspondiente rebajamiento de la validez del trabajo... Por eso es una ilusión considerar el valor desde el primer momento como un equivalente en el sentido propio de la palabra, es decir, como un equilibrio o como una relación de intercambio constituida según el principio de la igualdad de prestación y contraprestación... Antes al contrario, el rasgo característico de una teoría correcta del valor consistirá en que las causas más generales de estimación que se formulen en ella no coincidan con la específica forma de validez basada en la constricción de la distribución. Esta cambia con la constitución social, mientras que el valor económico propiamente dicho no puede ser más que un valor de producción medido por comparación con la naturaleza, y no puede, por tanto, modificarse más que con los obstáculos puestos a la producción por causas puramente naturales y técnicas.
El valor prácticamente imperante de una cosa consiste, pues, según el señor Dühring, en dos partes: primera, el trabajo contenido en ella, y, segunda, el suplemento de tributación, impuesto "con el puñal en la mano". Dicho de otro modo: el valor hoy imperante es un precio de monopolio. Mas si, como dice esta teoría del valor, todas las mercancías tienen ese precio de monopolio, entonces no queda más que esta alternativa: o bien todo el mundo pierde
como comprador lo que ha ganado como vendedor, con lo que los precios han cambiado nominalmente, pero siguen siendo en realidad lo que eran antes, iguales, y todo sigue como estaba y el célebre valor de distribución es mera apariencia, o bien los supuestos gravámenes y tributos representan una suma de valor real, a saber, una suma producida por la clase trabajadora y productora de valor, pero que se apropia la clase de los monopolistas; esa suma de valor consta entonces de trabajo no pagado; en este caso, a pesar del hombre con el puñal en la mano, a pesar de los supuestos tributos y del supuesto valor de distribución, nos encontramos con la teoría marxiana de la plusvalía.
Examinemos ahora algunos ejemplos de ese célebre "valor de distribución". En las páginas 135 y siguiente encontramos:
"La formación del precio por medio de la competencia individual debe considerarse también como una forma de la distribución económica y de la tributación recíproca...; supóngase que las existencias de una mercancía necesaria disminuyen de repente de un modo considerable: entonces el vendedor se encuentra con un desproporcionado poder para explotar...; el aumento puede ser colosal, como muestran especialmente aquellas circunstancias anómalas en las que se interrumpe por algún tiempo considerable el suministro de artículos necesarios, etc. Hay además en el curso normal de las cosas monopolios de hecho que se permiten un aumento arbitrario de los precios, como ocurre con los fcrrocarriles, las sociedades de suministro de agua y gas del alumbrado a las ciudades, etc.
Es de antiguo sabido que tales ocasiones de explotación monopolista se dan efectivamente. Lo nuevo es presentar los precios de monopolio que así se producen no como excepciones y casos especiales, sino como ejemplo clásico de la determinación hoy dominante del valor. ¿Cómo se determinan los precios de los productos alimenticios? El señor Dühring contesta: Id a una ciudad sitiada, con todos los suministros cortados, informaos de ello. ¿Cómo obra la competencia en la determinación del precio del mercado? Preguntad al monopolio, que él os lo explicará.
Por lo demás, tampoco en estos monopolios puede descubrirse al hombre del puñal en la mano que, según el señor Dühring, tiene que estar tras ellos. Antes al contrario: en las ciudades sitiadas, el hombre del puñal, el comandante, si realmente cumple con sus funciones, termina muy pronto con el monopolio, y confisca las reservas monopolísticas para distribuirlas homogéneamente. Por otra parte, cuando los hombres del puñal han intentado fabricar un "valor de distribución", no han cosechado más que malos
negocios y pérdidas de dinero. Con su monopolización del comercio de las Indias Orientales, los holandeses han arruinado su monopolio y su comercio. Los dos gobiernos más fuertes que han existido nunca, el gobierno revolucionario norteamericano y la Convención francesa, se atrevieron a fijar precios máximos, y fracasaron miserablemente. El gobierno ruso se esfuerza desde hace años por levantar la cotización del papel moneda ruso rebajado constantemente por él en Rusia con la emisión de billetes incanjeables mediante una compra no menos constante de letras contra Rusia en Londres. En pocos años le ha costado este gusto cerca de sesenta millones de rublos, y el rublo está hoy por debajo de los dos marcos, en vez de por encima de los tres. Si el puñal tiene esa virtud económica mágica que le atribuye el señor Dühring, ¿por qué no ha conseguido a la larga ningún gobierno infundir a un dinero malo el "valor de distribución" del dinero bueno, o a los assignats el del oro? ¿Y dónde está el puñal que asuma el mando en el mercado mundial?
Hay además una forma principal en la cual el valor de distribución nledia la apropiación de prestaciones de otros sin contraprestación: es la renta de las posesiones, es decir, la renta de la tierra y el beneficio del capital. Nos limitamos por ahora a registrar esto, sólo para poder decir que ello es todo lo que se nos indica acerca del célebre "valor de distribución". ¿Todo? No, no todo. Escuchemos:
A pesar del dúplice punto de vista que destaca en el reconocimiento de un valor de producción y un valor de distribución, sigue empero existiendo en la base un algo común como aquel objeto del que constata todos los valores y con el cual, por tanto, se miden. La medida inmediata y natural es el gasto de energía, y la unidad más simple es la energía humana en el más rudo sentido de la palabra. Esta última se reduce al tiempo de existencia, cuyo autosostenimiento representa a su vez la superación de cierta suma de dificultades de la alimentación y de la vida. El valor de distribución o apropiación no existe en forma pura más que cuando se cambia por prestaciones o cosas de valor real de producción el poder de disposición sobre cosas no producidas, o, dicho más vulgarmente, esas cosas mismas. Lo homogéneo que se encuentra indicado y representado en toda expresión de valor, y por tanto también en los elementos de valor apropiados por la distribución sin contraprestación, consiste en el gasto de energía humana que se encuentra... incorporado... a cada mercancía.
¿Qué decir a esto? Si todos los valores de las mercancías se miden por la energía humana incorporada a ellas, ¿qué queda del valor de distribución, del suplemento del precio y de la tributación?
El señor Dühring nos dice sin duda que también cosas no producidas, e incapaces, por tanto, de tener propiamente un valor, reciben un valor de distribución y pueden cambiarse por cosas producidas, con valor. Pero al mismo tiempo nos dice que todos los valores, por tanto, también los pura y exclusivamente de distribución, consisten en la energía incorporada a ellos. Desgraciadamente no nos dice cómo va a incorporarse energía a una cosa no producida. En todo caso, al final de esa confusión de valores queda claro que el valor de distribución, el suplemento de precio impuesto a las mercancías por la posición social, la imposición de tributos por el puñal, se reducen a nada; el valor de las mercancías se determina exclusivamente por la cantidad de energía humana, vulgo trabajo, que se encuentra incorporada en ellas. El señor Dühring dice, pues, aunque confusa y desaliñadamente, si se prescinde de la renta de la tierra y de los pocos precios de monopolio, lo mismo que hace tiempo dijo clara y precisamente la teoría del valor de Ricardo Marx.
Lo dice, y en el mismo momento dice lo contrario. Basándose en las investigaciones de Ricardo, Marx dice: el valor de las mercancías se determina por el trabajo humano genérico socialmente necesario que está incorporado en ellas, y que se mide a su vez por su duración. El trabajo es la medida de todos los valores, y él mismo no tiene ningún valor. El señor Dühring, en cambio, después de presentar también al trabajo, en su flamígero estilo, como medida del valor, continúa:
el trabajo "se reduce al tiempo de existencia, cuyo autosostenimiento representa a su vez la superación de cierta suma de dificultades de la alimentación y de la vida".
Pasemos por alto la confusión entre el tiempo de trabajo, que es lo que importa aquí, y el tiempo de existencia, que hasta ahora no ha creado nunca valores ni puede medirlos; esa confusión se debe simplemente al deseo de originalidad. Pasemos también por alto la falsa apariencia "societaria" que tiene que infundir a ese tiempo de existencia el "autosostenimiento"; desde que existe el mundo y mientras exista, todo el mundo tiene que autosustentarse a sí mismo en el sentido de que tiene que consumir él mismo sus medios de existencia. Suponiendo que el señor Dühring se hubiera expresado en forma precisa y desde el punto de vista de la economía, la anterior frase no significa absolutamente nada o significa lo siguiente: el valor de una mercancía se determina por el tiempo
de trabajo incorporado a ella, y el valor de este tiempo de trabajo se determina por el de los alimentos necesarios para sustentar al trabajador durante ese tiempo. Y para la sociedad actual esto significa: el valor de una mercancía se determina por el salario contenido en ella.
Con esto llegamos por fin a lo que realmente quiere decir el señor Dühring. El valor de una mercancía se determina por los costes de producción, dicho en el lenguaje de la economía vulgar;
frente a lo cual Carey "subrayó la verdad de que no son los costes de producción los que determinan el valor, sino los costes de reproducción". (Historia crítica, pág. 401).
Más tarde consideraremos la cuestión de esos costes de producción o reproducción; aquí nos limitaremos a indicar que, como es sabido, se componen de salario del trabajo y beneficio del capital. El salario del trabajo representa el "gasto de energía" incorporado a la mercancía, el valor de producción. El beneficio representa el tributo o suplemento de precio impuesto por el capitalista, puñal en mano, gracias a su monopolio, o sea el valor de distribución. Y así se resuelve toda la contradictoria confusión de la teoría dühringiana del valor en la más hermosa y armónica claridad.
La determinación del valor de la mercancía por el salario del trabajo, que en Adam Smith se entrecruza aún frecuentemente con la determinación del valor por el tiempo de trabajo, ha sido expulsada de la economía científica desde Ricardo, y no se mantiene hoy más que en la economía vulgar. Los más triviales sicofantes del existente orden social capitalista son los que hoy predican la determinación del valor por el salario del trabajo, presentando al mismo tiempo el beneficio del capitalista como un tipo superior de salario, un salario de la renuncia (de la renuncia a gastarse el capital en juergas), como premio del riesgo, como salario de la dirección de los asuntos, etc. El señor Dühring no se diferencia de ellos más que por el hecho de declarar robo al beneficio. Dicho de otro modo: el señor Dühring basa directamente su socialismo en las doctrinas de la economía vulgar de peor calidad. Lo que ocurra a esa economía vulgar ocurrirá a su socialismo. Ambos se sostendrán y caerán juntos.
Es claro que lo que un trabajador produce y lo que cuesta son cosas tan distintas como lo que produce y lo que cuesta una máquina. El valor creado por un trabajador en una jornada de doce horas no tiene nada en común con el valor de los alimentos que
consume en esa jornada de trabajo con sus pausas correspondientes. En esos alimentos puede estar incorporado un tiempo de trabajo de tres, cuatro o siete horas, según el grado de desarrollo del rendimiento del trabajo. Supongamos que hayan hecho falta siete horas para producir esos alimentos; entonces la teoría económica vulgar del valor, que ha aceptado el señor Dühring, significa que el producto de doce horas de trabajo tiene el valor del producto de siete horas de trabajo, que doce horas de trabajo son iguales a siete horas de trabajo, o sea que 12 = 7. Aún puede expresarse eso más claramente: pongamos que un trabajador del campo, independientemente de las condiciones sociales, produce veinte hectolitros de trigo al año. Supongamos que en este tiempo consume una suma de valores que se expresa en una suma de quince hectolitros de trigo. Entonces los veinte hectolitros de trigo tienen el mismo valor que los quince, y ello en el mismo mercado y en circunstancias que por lo demás se mantienen idénticas. Aquí tenemos que 20 es 15. Y a esto se llama economía.
Toda evolución de la sociedad humana por encima del nivel de salvajismo animal empezó el día en que el trabajo de la familia creó más productos de los que eran necesarios para su sustento, el día, esto es, en que una parte del trabajo pudo aplicarse no ya a la producción de meros medios de vida, sino a la de medios de producción. El fundamento de todo progreso