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Kerenski
recibió a Stankievich, que había llegado del
frente para informarle, en un estado de ánimo exaltado:
acababa de regresar del Consejo de la República, donde
había desenmascarado definitivamente la insurrección
de los bolcheviques. "¿La insurrección?"
"¿Acaso no sabe usted que aquí tenemos
un levantamiento armado?" Stankievich se echó
a reír. No era para menos, ya que las calles estaban
completamente tranquilas. ¿Acaso era aquél el
aspecto normal de una verdadera insurrección? Sin embargo,
hay que poner fin a esas conmociones eternas. Kerenski está
completamente de acuerdo con ello: no espera más que
la resolución del Preparlamento.
A las nueve de la noche, el gobierno se reunió en la
Sala de Malaquita del palacio de Invierno, para estudiar los
medios conducentes a la "liquidación decidida
y definitiva" de los bolcheviques. Stankievich, enviado
al palacio de Marinski para acelerar las cosas, dio cuenta,
indignado, de la fórmula de semidesconfianza que se
acababa de adoptar. Kerenski, dejándose llevar del
primer impulso, declaró que en esas condiciones "no
estaría ni un minuto más al frente del gobierno".
Se llamó inmediatamente por teléfono a palacio
a los líderes conciliadores. La posibilidad de la dimisión
de Kerenski les asombró no menos que éste la
resolución que habían tomado. Avksentiev se
justificó: consideraban que la resolución era
"puramente teórica y accidental y no creían
que pudiera traer aparejados consigo actos de carácter
práctico". Esa gente no dejaba pasar ni una ocasión
de mostrar lo que valía.
En el fondo de la insurrección que se estaba desarrollando,
la conversación nocturna de los "profetas"
con los ex "zares" -volvamos por última vez
a la imagen bíblica de Merejkovski-, parece completamente
inverosímil. Dan, uno de los principales sepultureros
del régimen de Febrero, exigió que el gobierno
fijara inmediatamente aquella misma noche por las calles de
la ciudad un pasquín declarando que había propuesto
a los aliados la iniciación de negociaciones de paz.
Kerenski contestó que el gobierno no tenía necesidad
de semejantes consejos. Es de suponer que hubiera preferido
una fuerte división. Pero eso no podía proponerlo
Dan. Kerenski intentó, naturalmente, hacer recaer sobre
sus interlocutores la responsabilidad de la insurrección.
Dan contestó que el gobierno exageraba los acontecimientos,
influido por su "Estado Mayor reaccionario". En
todo caso, no había ninguna necesidad de presentar
la dimisión: aquella resolución, desagradable
para Kerenski, era necesaria para producir un cambio en el
estado de ánimo de las masas. Si el gobierno sigue
las instigaciones de Dan, los bolcheviques se verán
obligados "mañana mismo" a disolver su Estado
Mayor. "Precisamente en aquellos momentos -añade
Kerenski con legítima ironía- estaba ocupando
la guardia roja los edificios públicos, uno tras otro."
Apenas había terminado esta explicación, tan
llena de contenido, con los amigos de la izquierda, cuando
comparecieron ante Kerenski los amigos de la derecha, representados
por una Comisión del Soviet de las tropas cosacas.
Los oficiales hablaron como si dependiese de su voluntad la
conducta de los tres regimientos cosacos que había
en Petrogrado, y expusieron a Kerenski condiciones diametralmente
opuestas a las de Dan: las represalias contra los bolcheviques
debían ser llevadas, de esta vez, hasta las últimas
consecuencias, no como en julio, cuando los cosacos salieron
perjudicados inútilmente. Kerenski, que no deseaba
otra cosa, se excusó ante sus interlocutores de que,
por consideraciones tácticas, no hubiera detenido hasta
entonces a Trotsky como presidente del Soviet, y prometió
de nuevo la "liquidación definitiva" de los
bolcheviques. Los delegados le dejaron, con la-promesa de
que los cosacos cumplirían con su deber. El Estado
Mayor circuló la siguiente orden entre los regimientos
cosacos: "En aras de la libertad, del honor y de la reputación
de la tierra rusa, acudid en auxilio del Comité ejecutivo
central y del gobierno provisional, con el fin de salvar a
Rusia, que se halla al borde del abismo." Este gobierno,
jactancioso, que tan celosamente salvaguardaba su independencia
respecto del Comité ejecutivo central, se veía
obligado a esconderse humildemente tras de sus espaldas en
el momento de peligro. Enviáronse asimismo órdenes
implorando la ayuda de las academias militares de Petrogrado
y de los alrededores. Se dio la orden siguiente a los ferrocarriles:
"Las tropas que procedentes del frente se dirigen a Petrogrado,
deben ser enviadas a la capital inmediatamente, interrumpiendo,
si es preciso, el movimiento de los trenes de pasajeros."
Luego, los miembros del gobierno, una vez hecho cuanto estaba
a su alcance, se fueron a sus casas, pasada ya la una de la
noche. En el palacio quedó únicamente, con Kerenski,
su sustituto, el comerciante liberal de Moscú, Konovalov.
El jefe de la región militar, Polkovnikov, se presentó
para proponerle que, con ayuda de las tropas fieles, se organizara
inmediatamente una expedición para apoderarse del Instituto
Smolni. Kerenski aceptó de buen grado el magnífico
plan. Pero en modo alguno pudo colegir, por las palabras del
jefe de la región militar, en qué fuerzas se
disponía éste a apoyarse. Hasta ese momento
no comprendió Kerenski, según confiesa él
mismo, que los informes de Polkovnikov, de aquellos últimos
diez o doce días, sobre la voluntad decidida de su
Estado Mayor de luchar con los bolcheviques, "no se fundaba
absolutamente en nada". ¡Como si, en realidad,
para apreciar la situación politicomilitar no dispusiera
Kerenski de otras fuentes que los informes burocráticos
de un coronel mediocre que, no se sabe por qué, había
sido puesto al frente de la zona! Mientras el jefe del gobierno
se entregaba a amargas reflexiones, un comisario del gobierno
militar, llamado Rogovski, trajo una serie de noticias: unos
cuantos buques de la escuadra del Báltico habían
entrado en el Neva en orden de combate; algunos de ellos se
habían dirigido al puente de Nikolaiev y lo habían
ocupado, destacamentos de revolucionarios avanzan hacia el
puente de palacio. Rogovski llamó, en especial, la
atención de Kerenski sobre las circunstancias de que
"los bolcheviques realizan su plan en orden completo,
sin tropezar en ninguna parte con la resistencia de las tropas
del gobierno". No se veía con claridad, en esa
conversación, cuáles eran las tropas que debían
ser consideradas como gubernamentales.
Kerenski y Konovalov abandonaron precipitadamente el palacio,
para dirigirse al Estado Mayor. "No había ni un
minuto más que perder." El edificio del Estado
Mayor estaba atestado de oficiales, que iban allí,
no para tratar de asuntos de sus regimientos, sino para ocultarse
de estos últimos. "Entre esa multitud militar
habría una serie de paisanos a quienes no conocía
nadie." El nuevo informe de Polkovnikov convenció
definitivamente a Kerenski de la imposibilidad de fiarse del
jefe de la región ni de sus oficiales. El jefe del
gobierno decide reunir personalmente, en torno suyo, "a
todos los que se mantengan fieles al deber". Recordando
que es un hombre de partido -del mismo modo que hay quien
al llegar a la agonía se acuerda de Dios y de sus sacerdotes-,
Kerenski pide por teléfono que le envíen inmediatamente
los grupos armados socialrevolucionarios. Esta inesperada
apelación a las fuerzas armadas del partido, sin embargo,
en lugar de dar ningún resultado -si es que, en general,
podía darlo-, "apartó de Kerenski -según
cuenta Miliukov- a los elementos más derechistas, que
ya no mostraban gran afección hacia él".
El aislamiento de Kerenski, puesto ya de relieve de un modo
tan acentuado durante los días de la sublevación
de Kornílov, adquiría ahora un carácter
todavía más fatal. "Las horas de aquella
noche se arrastraban de un modo doloroso", dice Kerenski,
repitiendo su frase de agosto. De ninguna parte venían
refuerzos. Los cosacos estaban reunidos; los representantes
de los regimientos decían que se podía entrar
en acción y que, en general, no había motivo
alguno para no hacerlo, pero que para ello se necesitaban
ametralladoras, autos blindados y, sobre todo, Infantería.
Kerenski les prometió, sin vacilar, coches blindados
-los mismos cuyos equipos se disponían a abandonarle-
y la Infantería, que no tenía. Como contestación
a esto, se le dijo que los regimientos examinarían
pronto todas las cuestiones y "empezarían a ensillar
los caballos". Las fuerzas armadas del partido socialrevolucionario
no daban señales de vida. ¿Existían aún?
¿Dónde estaba, en suma, la línea divisoria
entre lo real y lo irreal? La oficialidad, reunida en el Estado
Mayor, observaba una actitud "cada vez más provocadora",
respecto del generalísimo y jefe del gobierno. En sus
Memorias, Kerenski llega incluso a afirmar que se había
hablado entre la oficialidad de la necesidad de detenerle.
Como antes, nadie guardaba el edificio del Estado Mayor. Las
negociaciones oficiales se llevaban en presencia de personas
ajenas, en medio de las conversaciones particulares. La sensación
de que todo estaba perdido y, como consecuencia, el desaliento
más profundo, pasaban del Estado Mayor al palacio de
Invierno. Los junkers estaban nerviosos; el personal de los
autos blindados se agitaba. Faltaba el apoyo de abajo; en
las esferas dirigentes reinaba el más terrible desconcierto.
¿Podía evitarse, acaso, la catástrofe
en tales condiciones?
A las cinco de la madrugada, Kerenski llamó al Estado
Mayor al administrador del Ministerio de la Guerra. En el
puente de Troitski, el general Manikovski fue detenido por
las patrullas que lo condujeron al cuartel del regimiento
de Pavl, pero allí, tras una breve explicación,
fue puesto en libertad: es de suponer que el general consiguió
persuadir a los soldados de que su detención podía
traer aparejadas desagradables consecuencias para los soldados
del frente. Aproximadamente, en aquellos mismos instantes
fue detenido, cerca del palacio de Invierno, el automóvil
de Stankievich; pero el Comité de regimiento puso también
en libertad a este último. "Eran tropas insurreccionadas
-cuenta el detenido-, pero que, no obstante, obraban con una
indecisión extrema. Desde casa di cuenta, por teléfono,
al palacio de Invierno, de lo que me acababa de ocurrir; pero
se me dijo desde allí que estuviera tranquilo, puesto
que sólo podía tratarse de un error." En
realidad, el error había estado en devolver la libertad
a Stankievich, que, como ya sabemos, intentó horas
más tarde reconquistar la central telefónica,
tomada por los bolcheviques.
Kerenski exigió del Estado Mayor del frente norte,
que tenía su sede en Pskov, que enviaran inmediatamente
regimientos de confianza. Desde el Cuartel general, Dujonin
comunicó por el hilo directo que se habían tomado
todas las medidas para mandar tropas sobre Petrogrado y que
algunos de los regimientos debían de haber llegado
ya. Pero los regimientos no llegaban. Los cosacos seguían
"ensillando los caballos". La situación en
la ciudad empeoraba de hora en hora. Cuando Kerenski y Konovalov
regresaron a palacio para descansar, el ayudante trajo una
noticia extraordinaria: no funcionaba ninguno de los teléfonos
de palacio, y el puente situado bajo las ventanas del gabinete
de Kerenski estaba ocupado por retenes de marinos. La plaza
de Palacio sigue desierta: "No se tiene ninguna noticia
de los cosacos." Kerenski vuelve otra vez al Estado Mayor,
pero las noticias que allí recibe son también
poco consoladoras. Los bolcheviques han exigido de los junkers
que se marchen de palacio, y los junkers andan muy agitados.
Los autos blindados no pueden funcionar; se ha descubierto
que se han "perdido" algunas piezas importantes.
No se tiene ninguna noticia de las tropas enviadas del frente.
Nadie guarda las calles adyacentes al palacio y al Estado
Mayor; si los bolcheviques no han entrado por ellas hasta
ahora, será únicamente porque no hayan querido.
El edificio, que hasta entonces había estado atestado
de oficiales, va quedándose desierto: cada cual se
salva como puede. Se presenta una comisión de junkers;
están dispuestos a cumplir con su deber, si hay esperanzas
de que lleguen refuerzos. Pero éstos, precisamente,
no llegan.
Kerenski llamó con urgencia a los ministros, para que
se presentasen en el Estado Mayor. La mayoría de ellos
no pudo disponer de automóvil: estos importantes medios
de locomoción, desconocidos de las viejas revoluciones
y que dan un nuevo impulso a las insurrecciones de nuestros
días, o habían sido confiscados por los bolcheviques,
o los ministros no tenían posibilidad de llegar hasta
ellos, por impedírselo las fuerzas de los revolucionarios.
El único que llegó al Estado Mayor fue Kischkin,
y tras él, Maliantovich. ¿Qué podía
hacer el jefe del gobierno? Dirigirse inmediatamente al encuentro
de las tropas, con objeto de hacerlas avanzar a través
de todos los obstáculos: a nadie podía ocurrírsele
una idea mejor.
Kerenski ordena que le preparasen su "magnífico
automóvil de carreras, descubierto". Pero en ese
punto, se une a la cadena de los acontecimientos un nuevo
factor, bajo la forma de la solidaridad inquebrantable que
une a los gobiernos de la Entente en la felicidad y en la
desgracia. "No sé cómo, la noticia de mi
partida llegó hasta las Embajadas aliadas." Los
representantes de la Gran Bretaña y de los Estados
Unidos expresaron el deseo de que acompañara al jefe
del gobierno, que abandonaba la capital, "un automóvil
con la bandera norteamericana". El propio Kerenski consideró
esta proposición superflua e incluso vejatorio, pero
la aceptó como expresión de la solidaridad de
los aliados.
El embajador norteamericano David Francis da otra versión
que se parece algo menos a este cuento de Navidad. Según
él, un automóvil norteamericano fue seguido
en la calle por otro, en el que iba un oficial ruso, que exigió
que se cediera a Kerenski el automóvil de la Embajada
para emprender un viaje al frente. Después de consultar
entre sí el caso, los funcionarios de la embajada llegaron
a la conclusión de que, teniendo en cuenta que el automóvil
había sido ya de hecho "confiscado" -lo cual
no era cierto-, no les quedaba otro recurso que someterse
a la fuerza de las circunstancias. Según esta versión,
el oficial ruso, a pesar de las protestas de los señores
diplomáticos, se negó retirar la bandera norteamericana.
La cosa no tiene nada de sorprendente, puesto que lo único
que garantizaba la inviolabilidad del automóvil era
aquel trapo de color. Francis aprobó lo que habían
hecho sus subordinados, pero dio orden de que "no se
dijera nada de ello a nadie".
Si se comparan estas dos versiones, que pasan en distintos
grados por la línea de la verdad, los hechos resaltan
con suficiente claridad: no fueron los aliados, naturalmente,
los que impusieron el automóvil a Kerenski, sino que
éste mismo lo solicitó; pero como los diplomáticos
debían rendir tributo a la hipocresía de la
no intervención en los asuntos interiores, se convino
en que el automóvil había sido "confiscado"
y que se diría que la embajada "había protestado"
contra el abuso de la bandera. Después que hubo quedado
resuelta esta delicada cuestión, Kerenski tomó
asiento en su automóvil y el coche norteamericano le
siguió como reserva. "Ni que decir tiene -sigue
relatando Kerenski-, que en la calle, tanto los transeúntes
como los soldados, me reconocieron inmediatamente; yo saludé,
como siempre, con cierta indolencia y una ligera sonrisa."
¡Qué incomparable imagen! Indolente y sonriendo,
el régimen de Febrero se hundió en el reino
de las sombras. A la salida de la ciudad había por
todas partes retenes de soldados y patrullas de obreros en
armas. Al ver aquellos automóviles que corrían
velozmente, los guardias rojos se lanzaron a la carretera,
pero no se decidieron a disparar. En general, evitaban todavía
hacerlo. También es posible que les contuviese la bandera
norteamericana. Los automóviles siguieron su camino
sin novedad.
-¿Es decir, que en Petrogrado no hay tropas dispuestas
a defender al gobierno provisional? -preguntó asombrado
Maliantovich, que hasta aquel momento había vivido
en el reino de las verdades eternas del Derecho.
-No sé nada -dijo Konovalov, con un gesto de desaliento-.
Las cosas van mal -añadió.
-Y ¿qué tropas son ésas que vienen?-
interrogó Maliantovich.
-Un batallón de motociclistas, si no estoy equivocado.
Los ministros suspiraron. En Petrogrado y sus alrededores
había 200.000 soldados. Mal tenían que ir las
cosas del régimen para que el jefe del gobierno, protegido
por la bandera norteamericana, se viese obligado a salir al
encuentro de un batallón de motociclistas.
El suspiro de los ministros hubiera sido todavía más
profundo, sin duda, si hubiesen sabido que el 5.º Batallón
de motociclistas, mandado desde el frente se había
detenido en Peredolskaya y preguntado telegráficamente
al Soviet de Petrogrado con qué fines se le había
llamado, en realidad. El Comité militar revolucionario
mandó un saludo fraternal al batallón y le propuso
que enviase inmediatamente sus representantes. Las autoridades
buscaban y no encontraban a los motociclistas, cuyos delegados
llegaban a Smolni aquel mismo día.
Proyectábase tomar el palacio de Invierno en la noche
del 25, simultáneamente con todos los demás
puntos importantes de la capital. El 23 se creó un
Comité de tres miembros, con Podvoiski y Antónov,
como figuras principales, para la toma del palacio. Se incluyó
en el Comité, en calidad de tercer miembro, al ingeniero
Sadovski, que estaba en el servicio militar, pero absorbido
por los asuntos de la guarnición, no pudo participar
en los trabajos de dicho Comité. Le sustituyó
Chudnovski, que había llegado en mayo, junto con Trotsky,
del campamento de concentración del Canadá y
que había pasado tres meses en el frente como soldado.
Parte muy activa tomó en las operaciones el viejo bolchevique
Laschevich, que había llegado en el ejército
hasta el grado de suboficial. Tres años más
tarde recordaba Chudnovski, cómo discutían furiosamente
en la reducida habitación que ocupaban en el Smolni,
Podvoiski y Chudnovski, esforzándose por trazar sobre
el plano de Petrogrado el mejor plan de acción contra
el palacio de Invierno. Al fin se decidió rodear el
radio del palacio de un óvalo cuyo eje principal había
de ser la orilla del Neva. Debían cerrar el óvalo,
por la parte del río, la fortaleza de Pedro y Pablo,
el Aurora y los demás buques que se habían hecho
venir de Cronstadt y de la escuadra de operaciones. Con objeto
de prevenir o paralizar toda tentativa de ataque por la espalda,
de parte de los cosacos y los junkers, se decidió disponer
nutridos destacamentos revolucionarios más allá
de la línea de combate.
El plan era, en general, excesivamente complejo para el objetivo
que se perseguía. El tiempo señalado para la
preparación resultó insuficiente. Como es de
suponer, a cada paso se ponían de manifiesto errores
de cálculo y faltas de coordinación. En un sitio
no se había indicado como era debido la dirección
del ataque; en otro, el encargado de dirigir las operaciones,
confundiendo las instrucciones, había llegado con retraso;
en el de más allá se esperaba, inútilmente,
al auto blindado salvador. Sacar a la calle los regimientos,
combinar su acción con la de los guardias rojos, ocupar
los puestos de combate, asegurar el contacto entre ellos y
con el Estado Mayor, todo esto exigía muchas más
horas de lo que suponían los dirigentes, que discutían
sobre el plano de Petrogrado.
Cuando el Comité militar revolucionario anunció,
cerca de las diez de la mañana, la caída del
gobierno, los dirigentes inmediatos de las operaciones todavía
no veían claramente hasta qué extremo llegaba
el retraso. Podvoiski prometió la caída del
palacio de Invierno para no "más tarde de las
doce". Hasta entonces, las operaciones militares se habían
desarrollado de un modo tan regular, que nadie tenía
motivos para dudar de este plan. Pero a mediodía se
puso de manifiesto que aún no se había organizado
el sitio, que los marinos de Cronstadt no habían llegado
y que, en cambio, la defensa de palacio se había reforzado.
Como ocurre casi siempre, el tiempo perdido provocó
la necesidad de nuevos aplazamientos. Bajo la vigorosa presión
del Comité, la toma del palacio fue señalada
esta vez de un modo "definitivo", para las tres.
Apoyándose en este nuevo plazo, el ponente del Comité
militar revolucionario expresó, en la sesión
diurna del Soviet, la esperanza de que la caída del
palacio de Invierno sería cosa de pocos minutos. Pero
pasó otra hora y las cosas seguían en el mismo
estado. Podvoiski, que ardía asimismo de impaciencia,
aseguró por teléfono que a las seis sería
tomado a toda costa el palacio. Ya no había, sin embargo,
la confianza de antes . En efecto, dieron las seis y no se
produjo el desenlace.
Fuera de sí por la insistencia de Smolni, Podvoiski
y Antónov se negaron a señalar ningún
otro plazo. Esto provocó una seria inquietud. Políticamente,
se consideraba necesario que en el momento en que se abriera
el Congreso de los soviets, se hallase toda la capital en
manos del Comité militar revolucionario: esto habría
simplificado la actitud que hubiera de adaptarse respecto
a la oposición del Congreso, a la que de ese modo se
habría puesto ante el hecho consumado. Entre tanto
llegaba la hora de abrir el Congreso, remitióse para
más tarde, y llegó de nuevo. Aún no había
sido tomado el palacio de Invierno. Así, el cerco del
palacio, gracias al carácter prolongado que cobró,
convirtióse en el objetivo central de la insurrección,
al menos por espacio de once horas.
El Estado Mayor principal de las operaciones seguía
en el Smolni, donde iban concentrándose todos los hilos
en manos de Laschevich. El Estado Mayor de campaña
estaba en la fortaleza de Pedro y Pablo, donde toda la responsabilidad
recaía sobre Blagonravov. Estados Mayores subordinados,
había tres: uno en el Aurora; otro en los cuarteles
del regimiento de Pavl, otro en los de la dotación
de la escuadra. En el campo de operaciones actuaban Podvoiski
y Antónov, sin ningún orden de subordinación,
por las trazas.
En el edificio del Estado Mayor central del gobierno, había
también tres hombres que examinaban el plano de la
ciudad: el coronel Polkovnikov, jefe de la zona militar; el
jefe de su Estado Mayor, general Bagratuni, y el general Alexéiev,
que había sido invitado a la reunión como suprema
autoridad. A pesar de una dirección compuesta de elementos
tan calificados, los planes de defensa eran incomparablemente
menos precisos que los planes de ataque. Verdad es que los
inexpertos mariscales de la insurrección no sabían
concentrar rápidamente sus tropas y asestar el golpe
a tiempo. Pero esas tropas existían. Los mariscales
de la defensa, en vez de tropas, contaban con esperanzas confusas.
Acaso se decidan a votar los cosacos; acaso se encuentren
regimientos fieles en las guarniciones vecinas; acaso pueda
traer Kerenski tropas del frente. Conocemos el estado de ánimo
de Polkovnikov, por el telegrama que mandó al Cuartel
general por la noche: daba la causa por perdida. Alexéiev,
que aún veía menos motivos de optimismo, abandonó
pronto aquel lugar fatal.
Se llamó a los delegados de las escuelas de junkers
al Estado Mayor, donde se intentó levantarles el ánimo,
asegurándoles que pronto llegarían tropas de
Gatchina, de Tsarskoie y del frente. Pero nadie creía
en esas promesas nebulosas. Por las escuelas militares empezaron
a circular rumores depresivos: "En el Estado Mayor reina
el pánico; nadie hace nada." Así era, en
realidad. Los oficiales cosacos, que se presentaron en el
Estado Mayor con la proposición de apoderarse de los
autos blindados en el picadero de Mijailov, encontraron a
Polkovnikov sentado en el antepecho de una ventana, en un
estado de postración completa. ¿Apoderarse del
picadero? "Apoderaos de él, no tengo a nadie,
y yo solo no puedo hacer nada."
Mientras se procedía lentamente a la movilización
de las escuelas militares para la defensa del palacio de Invierno,
los ministros se dirigían a este último para
reunirse en él. La plaza de Palacio y las calles adyacentes
seguían libres de revolucionarios. En esta ocasión,
los ministros pudieron gozar de todas las ventajas de su impopularidad:
nadie se interesó por ellos y es de dudar que nadie
les reconociera. Se reunieron todos, excepto Prokopovich,
detenido casualmente cuando se dirigía a palacio en
un coche de punto, y que, dicho sea de paso, fue puesto en
libertad el mismo día. Sólo entonces, a las
once, decidió el gobierno poner al frente de la defensa
a uno de sus miembros. Ya de madrugada, el general Manikovski
había renunciado al honor que le había ofrecido
Kerenski. Otro militar del gobierno, el almirante Verderevski,
se sentía menos bélico aún. Hubo de ponerse
al, frente de la defensa un hombre civil: el ministro de la
Asistencia pública, Kischkin. Se dio cuenta inmediatamente
de este nombramiento al Senado, mediante un decreto firmado
por todos los ministros: aún le quedaba tiempo a aquella
gente para dedicarse a esas fruslerías protocolarias.
En cambio, a nadie se le ocurrió que Kischkin era miembro
del partido kadete y, por tanto, doblemente odiado por los
soldados del interior y del frente. Kischkin, por su parte,
escogió como auxiliares a Palchinski y Rutenberg. El
primero, hombre de confianza de los industriales y protector
de los lockouts, era odiado por los obreros. El ingeniero
Rutenberg era ayudante de Savinkov, al que hasta el mismo
partido de los socialrevolucionarios, que admitía a
todo el mundo, había excluido como korniloviano. Polkovnikov,
sospechoso de traición, fue destituido. En lugar suyo
fue designado el general Bagratuni, que en nada se distinguía
de él.
A pesar de que los teléfonos del Estado Mayor y del
palacio no funcionaban, este último estaba en contacto
con las instituciones más importantes por medio de
su línea particular y, muy principalmente, con el Ministerio
de la Guerra, que tenía una línea directa con
el Cuartel general. Es posible que, en las prisas de aquellos
días, no fueran interceptadas por completo las líneas
urbanas. Sin embargo, desde el punto de vista militar, esto
no representaba ninguna ventaja y más empeoraba que
mejoraba, moralmente, la situación del gobierno, ya
que le quitaba toda ilusión.
Los dirigentes de la defensa exigieron refuerzos desde por
la mañana. Alguien intentó ayudarles en este
sentido. El doctor Feit, miembro del Comité central
del partido socialrevolucionario, que tuvo participación
directa en este asunto, habló, años después,
ante los tribunales, de "la sorprendente modificación,
rápida como el rayo, que se produjo en el estado de
ánimo de los regimientos". Se decía, de
fuentes fidedignas, que tal o cual regimiento estaba dispuesto
a salir en defensa del gobierno; pero bastaba dirigirse a
él por teléfono, para que un regimiento tras
otro se negara a acudir a la plaza de Palacio. "El resultado
ya lo conocéis -decía el viejo populista-; nadie
entró en acción, y el palacio de Invierno fue
tomado." En realidad, el espíritu de la guarnición
no cambió con la rapidez del rayo. Lo que realmente
se hundió con esa rapidez fueron las ilusiones de los
partidos gubernamentales. Los autos blindados, en los que
confiaban particularmente en el palacio de Invierno y en el
Estado Mayor, se dividieron en dos grupos: uno bolchevista
y otro pacifista. Nadie se declaró favorable al gobierno.
Cuando se dirigía al palacio de Invierno media compañía
de ingenieros junkers, se encontró, llena de esperanza
y de miedo, con dos autos blindados. ¿Eran amigos o
enemigos? Resultó que se mantenían en una actitud
neutral y habían salido a la calle con objeto de impedir
todo choque entre los dos bandos. De los seis autos blindados
que había en palacio, sólo uno se quedó
allí: los otros cinco se marcharon. A medida que iba
triunfando la insurrección, el número de autos
blindados aumentaba y el ejército de la neutralidad
se derretía: tal es, de ordinario, el destino de la
neutralidad en toda lucha seria.
Se acerca el mediodía. La enorme plaza del palacio
de Invierno sigue desierta. El gobierno no puede llenarla
con nada. Las tropas del Comité, absorbidas por la
realización de un plan excesivamente complejo, no la
ocupan. Van concentrándose las tropas, los destacamentos
obreros, los autos blindados. El radio del palacio de Invierno
va pareciéndose a un lugar apestado, cercado por la
periferia, lo más lejos posible del foco de infección.
El patio que da a la plaza está lleno, como el patio
de Smolni, de montones de leña. A derecha e izquierda,
muestran sus negras bocas los cañones de campaña
de tres pulgadas. En algunos sitios aparecen haces de fusiles.
La guardia, poco numerosa, de palacio, está pegada
a las paredes mismas del edificio. En el patio y en el piso
inferior, se encuentran las dos escuadras militares de Oranienbaum
y Peterhof, que distan mucho de estar completas, y un pelotón
de la Escuela de artillería de Konstantino, con seis
cañones.
En la segunda mitad del día llega un batallón
de junkers de la escuela de Ingenieros, que ha perdido media
compañía por el camino. El espectáculo
que ofrecía el palacio no es como para suponer que
pudiera levantar el espíritu de los junkers, que tanto
dejaba ya que desear por el camino, según el testimonio
de Stankievich. En palacio se observó una carencia
casi absoluta de víveres: ni siquiera se había
ocupado nadie oportunamente. Un camión cargado de pan
fue tomado por las patrullas del Comité. Parte de los
junkers hacía centinela; los demás languidecían
inactivos, atormentados por lo desconocido y por el hambre.
La dirección no se dejaba sentir por ninguna parte.
En la plaza de Palacio y en la orilla del río empezaron
a hacer su aparición grupos, al parecer de transeúntes
pacíficos, que arrebataban los fusiles a los junkers
y les amenazaban con los revólveres.
Descubrióse que entre los junkers había "agitadores".
¿Habían penetrado desde el exterior? No; según
las trazas y, por el momento, se trataba de revoltosos del
interior, que consiguieron producir cierta fermentación
entre sus compañeros de Oranienbaum y de Peterhof.
Los comités de las escuelas organizaron una reunión
en la sala blanca de palacio, y exigieron que se presentara
a dar explicaciones un representante del gobierno. Quienes
se presentaron fueron todos los ministros, capitaneados por
Konovalov. Kischkin explicó a los junkers que el gobierno
había decidido sostenerse hasta que se agotaran todas
las posibilidades. Según el testimonio de Stankievich,
uno de los junkers intentó decir que él estaba
dispuesto a morir por el gobierno, pero la frialdad evidente
de los demás compañeros, le contuvo. Los discursos
de los restantes ministros provocaron ya, sencillamente, la
irritación de los junkers, que interrumpían,
gritaban e incluso, según parece, silbaban. Los junkers
de sangre azul explicaban la conducta de la mayoría
de sus compañeros, por su bajo origen social: "Son
gente del campo, medio analfabetos, bestezuelas ignorantes..."
Así y todo, la reunión de los ministros con
los junkers en el palacio sitiado, terminó con la reconciliación:
los junkers accedieron a quedarse, después que se les
hubo prometido una dirección activa y una información
veraz de los hechos. El jefe de la escuela de Ingenieros fue
nombrado comandante de la defensa de palacio. Se dio la sensación
de algo que se parecía al orden. Se creó un
plan de defensa, señaláronse, posiciones de
combate. En el patio y ante los pórticos, se alzaron
reductos, utilizando para ello la leña. Parapetados
tras esos reductos, los junkers desalojaron la plaza de Palacio.
Los centinelas se sintieron más seguros.
La guerra civil, sobre todo en sus comienzos, antes de que
se formen ejércitos regulares y de que se curtan, es
una guerra en que los efectos morales son de gran eficacia.
Tan pronto como se puso de manifiesto un pequeño aumento
de actividad por parte de los junkers, que desalojaron la
plaza disparando desde la barricada, se creyó entre
los asaltantes que la fuerza y los recursos de la defensa
eran mucho más considerables. A pesar del descontento
de las guardias rojos y de parte de los soldados, los dirigentes
decidieron aplazar el asalto hasta que se concentraran las
reservas, principalmente antes de la llegada de los marinos
de Cronstadt.
Este intervalo de varias horas aportó algunos refuerzos
a los sitiados. Después que Kerenski hubo prometido
fuerzas de Infantería a la comisión de cosacos,
se reunió el Soviet de las tropas cosacas y celebraron
asimismo reuniones los comités de regimiento y las
asambleas generales de estos últimos. Decidióse
mandar inmediatamente al edificio del palacio dos centurias
y la sección de ametralladoras del regimiento de los
Urales, que había llegado del frente en julio para
aplastar a los bolcheviques. En cuanto a las demás
fuerzas, no se mandarían hasta que se cumplieran efectivamente
las promesas hechas; esto es, después que hubieran
sido enviados los refuerzos de Infantería. Pero tampoco
transcurrió sin incidentes el envío de las dos
centurias. La juventud cosaca ofreció resistencia;
los "viejos" llegaron incluso a encerrar a los jóvenes
en las caballerizas, para que no les impidieran equiparse.
Sólo al atardecer, cuando ya no se les esperaba, llegaron
a palacio los barbudos cosacos de los Urales, que fueron recibidos
como salvadores. Los que llegaban, sin embargo, tenían
un aspecto sombrío; no estaban acostumbrados a guerrear
en los palacios. Además, no veían muy claro
de parte de quién estaba la razón.
Al cabo de poco tiempo, llegaron inesperadamente cuarenta
Caballeros de San Jorge, mandados por un capitán, con
una pierna postiza. ¡Un inválido, como refuerzo!
Pero, así y todo, esto levantó un poco los ánimos.
Pronto llegó asimismo la compañía de
choque del batallón femenino. Lo que más animaba
a los sitiados era que los refuerzos entraban en el edificio
sin necesidad de combatir. Los sitiadores no podían
impedirles el acceso a palacio o no se decidían a hacerlo.
La cosa estaba clara: el adversario era débil. "Gracias
a Dios, las cosas empiezan a arreglarse", decían
los oficiales, consolándose a sí mismos y consolando
a los junkers. Los recién llegados fueron dispuestos
en sus posiciones de combate, relevando a los fatigados. Los
cosacos de los Urales, sin embargo, miraban descontentos a
las mujeres con fusiles. Pero ¿dónde está
la verdadera Infantería?
Los sitiadores perdían el tiempo a todas luces. Los
marinos de Cronstadt no acababan de llegar, aunque, a decir
verdad, no tenían ellos la culpa: se les había
llamado demasiado tarde. Tras intensos preparativos nocturnos,
empezaron a embarcarse a la madrugada. El portaminas Amur
y el buque Yastreb toman la dirección de Petrogrado.
El viejo acorazado Zaria Svobodi [La Aurora de la Libertad],
después de desembarcar fuerzas en Orienbaum, donde
se proyectaba desarmar a los junkers, debía fondear
a la entrada del canal marítimo, para abrir el fuego,
en caso de necesidad, contra la línea férrea
del Báltico. Cinco mil marineros y soldados desamarraron
a primera hora de la mañana de la isla de Kotlin, para
atracar en la revolución social. En el camarote de
la oficialidad reina un silencio sombrío; a esa gente
se le lleva a combatir con una causa que odia. El bolchevique
Flerovski, comisario del destacamento, les declara: "No
contamos con vuestra simpatía, pero exigimos que estéis
en vuestros puestos: os libraremos de pruebas superfluas."
Por toda respuesta resuena un breve "está bien".
Todos fueron a ocupar sus puestos; el capitán subió
al puente.
Al entrar en el Neva, un ¡hurra! jubiloso: los marinos
salen a recibir a los suyos. En el Aurora, fondeado en medio
del río, suenan las notas de una orquesta. Antónov
dirige breves palabras de salutación a los recién
llegados: "Ahí tenéis el palacio de Invierno...
Hay que tomarlo." En el destacamento de Cronstadt estaban
los elementos más decididos y audaces. Esos marinos,
con sus blusas negras, sus fusiles y sus cartucheras, irán
hasta el fin. El desembarque se efectúa rápidamente,
en el bulevar Konogvardeiski. En el buque no quedan más
que los centinelas.
Las fuerzas ahora son más que suficientes. En la Nevski,
fuertes retenes; en el puente del canal Yekaterinski y en
el de la Moika, automóviles blindados y cañones
aéreos, que apuntan al palacio de Invierno. En la otra
parte de la Moika, los obreros han apostado ametralladoras
detrás de los reductos. En la Morskaya hay un auto
blindado. El Neva y los pasos del mismo están en manos
de los que atacan. Se da orden a Chudnovski y al teniente
Dachkevich, para que manden retenes de los regimientos de
la Guardia al campo de Marte. Blagonravov debe ponerse en
contacto desde la fortaleza, por el puente, con los refuerzos
del regimiento de Pavl. Los marinos de Cronstadt entrarán
en contacto con la fortaleza y con la primera dotación
de la escuadra. Después de una preparación de
artillería se iniciará el asalto.
Entre tanto, llegan tres unidades de la escuadra de operaciones
del Báltico: un crucero, dos torpederos grandes y dos
pequeños. "Por más seguros que estuviéramos
de la victoria con las fuerzas de que disponíamos -dice
Flerovski-, el regalo que nos hacía la escuadra de
operaciones suscitó un gran entusiasmo en todos nosotros."
El almirante Verderevski podía observar, desde las
ventanas de la sala de Malaquita, aquella imponente flotilla
revolucionaria, que dominaba, no sólo el palacio y
su radio, sino también las principales entradas de
Petrogrado. Cerca de las cuatro de la tarde, Konovalov llamó
por teléfono a palacio a los políticos afines
al gobierno: los ministros sitiados tenían necesidad,
aunque no fuera más que de apoyo moral. De todos los
invitados, sólo se presentó Nabokov; los demás
prefirieron expresar su simpatía por teléfono.
El ministro Tretiakov se lamentaba de Kerenski y del destino:
el jefe del gobierno había huido, dejando indefensos
a sus colegas, Pero ¿y si llegan refuerzos? ¡Quién
sabe! Sin embargo, ¿por qué no han llegado aún?
Nabokov mostraba su pesar, miraba el reloj a hurtadillas,
y se apresuró a despedirse. Se marchó a tiempo.
Poco después de las seis, el palacio de Invierno fue
estrechamente cercado por las tropas del Comité militar
revolucionario: el acceso había quedado cerrado, no
sólo para los refuerzos, sino también para las
personas aisladas.
Por el lado del bulevar Konogvardeiski, la orilla del Almiratazgo,
la calle Morskaya, la perspectiva Nevski, el campo de Marte,
la calle Milionaya, la orilla del palacio, el círculo
del sitio se iba estrechando. La cadena de las fuerzas sitiadoras
se extendía desde las verjas del jardín del
palacio de Invierno, que se hallaba ya en manos de los revolucionarios,
desde el arco que formaba la plaza de Palacio y la calle Morskaya,
desde los canales del Ermitage, y desde las esquinas vecinas
a palacio, del Almirantazgo y de la Nevski. A la otra parte
del río mostraba el ceño, amenazadora, la fortaleza
de Pedro y Pablo. Desde el Neva, el Aurora mostraba sus cañones
de seis pulgadas. Los torpederos patrullaban a lo largo del
Neva. En la plaza de Palacio, desalojada por los junkers tres
horas antes, aparecieron automóviles blindados, que
ocuparon las entradas y salidas. Bajó su protección,
las fuerzas de asalto de la plaza se sentían cada vez
más seguras. Uno de los autos blindados se acercó
a la entrada principal de palacio, y después de desarmar
a los junkers que le guardaban, se alejó sin hallar
obstáculos.
A pesar del completo bloqueo que, por fin, se había
establecido, los sitiados seguían conservando el contacto
con el mundo exterior, por medio de las líneas telefónicas.
A las cinco, un destacamento del regimiento de Keksholm ocupó
el edificio del Ministerio de la Guerra, a través del
cual se relacionaba el palacio de Invierno con el Cuartel
general. Pero, según parece, aun después de
esto, un oficial permaneció por espacio de varias horas
al pie del aparato Hughes, emplazado en las azoteas del Ministerio,
adonde no se les había ocurrido subir a los vencedores.
Sin embargo, el hecho de que subsistiera la comunicación,
seguía sin constituir precisamente una ventaja. Las
contestaciones del frente Norte eran cada vez más evasivas.
Los refuerzos no llegaban. El misterioso batallón de
motociclistas no aparecía por ninguna parte. Del propio
Kerenski no se sabía absolutamente nada. Los amigos
de la ciudad iban limitándose, cada vez más,
a breves expresiones de sentimiento. Los ministros esperaban,
exhaustos. No tenían de qué hablar ni podían
esperar nada, y acabaron por sentir repugnancia unos de otros
y de sí mismos. Unos estaban sentados, en un estado
de embrutecimiento; otro paseaban automáticamente de
un extremo a otro de la sala. Los que se sentían inclinados
a la reflexión, volvían la vista atrás,
hacia el pasado, buscando a los culpables de sus desdichas.
No fue difícil encontrarlos: ¡la culpa la tenía
la democracia! Ella era la que les había mandado al
gobierno, echando sobre sus espaldas un peso enorme y dejándolos
sin apoyo en el momento de peligro. Por esta vez, los kadetes
se solidarizaban completamente con los socialistas: sí,
la culpa era de la democracia. Verdad es que ambos grupos,
al pactar la coalición, se habían vuelto de
espaldas a la Conferencia democrática, tan afín
a ellos. La independencia respecto de la democracia, constituía
incluso la principal idea de la coalición. Pero daba
lo mismo; ¿acaso existe la democracia para otra cosa
que para salvar a un gobierno burgués, cuando se halla
en una situación apurada? El ministro de Agricultura,
Maslov, socialrevolucionario de derecha, escribió unas
líneas, que él mismo calificó de póstumas,
en las que se comprometía solemnemente a morir maldiciendo
a la democracia. Sus colegas se apresuraron a comunicar a
la Duma, telefónicamente, este fatal propósito.
La muerte, a decir verdad, no pasó de la fase de proyecto,
pero maldiciones hubo más que suficientes.
Los junkers querían saber lo que iba a pasar, y exigieron
del gobierno una respuesta que mal podía darles éste.
Mientras se estaba celebrando una nueva reunión de
los junkers con los ministros, llegó Kischkin, del
Estado Mayor central, con un ultimátum firmado por
Antónov, ultimátum que había llevado
al palacio un ciclista de la fortaleza de Pedro y Pablo. El
ultimátum estaba concebido en estos términos:
desarmar la guarnición del palacio de Invierno; en
caso contrario, los cañones de la fortaleza y de los
buques de guerra abrirán el fuego; veinte minutos para
reflexionar. El plazo pareció demasiado breve. El general
del Estado Mayor Poradelov solicitó diez minutos más.
Los militares del gobierno Manikovski y Verderevski enfocaron
la cuestión de un modo más simple: puesto que
no hay posibilidad de combatir, hay que pensar en la rendición;
esto es, aceptar el ultimátum. Pero los ministros civiles
permanecieron inquebrantables. Al fin, decidieron no contestar
al ultimátum y recurrir a la Duma municipal, como al
único órgano legítimo que existía
en la capital. Esta apelación a la Duma fue la última
tentativa realizada para despertar la conciencia dormida de
la democracia.
Al expirar el plazo de media hora, un destacamento de guardias
rojos, marinos y soldados mandados por un suboficial del regimiento
de Pavl, ocupó sin resistencia el Estado Mayor central
y detuvo a Poradelov. Esta operación hubiera podido
realizarse mucho antes, puesto que ninguna defensa había
en el interior del edificio. Pero los asaltantes temían
un ataque de los junkers del palacio de Invierno, que habrían
podido coparlos en el Estado Mayor. Ahora, defendidos por
los autos blindados, se sintieron más decididos. Después
de la pérdida del Estado Mayor, el palacio de Invierno
se sintió aún más desamparado. De la
sala de Malaquita, cuyas ventanas daban al Neva y parecían
estar llamando a los obuses del Aurora, los ministros se trasladaron
a uno de los innumerables aposentos de palacio, cuyas ventanas
daban al patio. Se apagaron las luces. Sólo en una
mesa brillaba una lámpara, cubierta con una hoja de
periódico para que no se viera la luz por la ventana.
El general Bragatuni consideró oportuno declarar en
aquel momento que se negaba a seguir ejerciendo las funciones
de jefe de la zona militar. Por orden de Kischkin fue destituido
el general, "como indigno", y se le propuso que
abandonara inmediatamente el palacio. Al salir cayó
en manos de los marinos, que lo condujeron a los cuarteles
de la dotación del Báltico. El general hubiera
podido pasarlo mal si Podvoiski, que recorría los sectores
del frente antes del último ataque, no hubiera tomado
bajo su protección al desdichado guerrero.
Desde las calles adyacentes y desde la orilla del río,
observaron muchos cómo el palacio, que hacía
un momento brillaba con la luz de centenares de lámparas
eléctricas, se había hundido repentinamente
en las tinieblas. Entre los observadores había también
amigos del gobierno. Uno de los compañeros de armas
de Kerenski, Redemeister, anotó en su diario: "La
oscuridad en que estaba sumido el palacio encerraba un enigma."
Los amigos no tomaron medida alguna para descifrarlo. Hay
que reconocer que tampoco eran muy considerables las posibilidades
de hacerlo.
-¿Qué peligro amenaza al palacio si el Aurora
abre el fuego? -preguntaban los ministros a su colega marino.
-Se convertirá en un montón de ruinas -contestaba
el almirante, no sin un sentimiento de orgullo por la artillería
marina.
Verderevski hubiera preferido la rendición, y se hallaba
harto dispuesto a darles un susto a los hombres civiles que
tan inoportunamente se hacían los valientes. Pero el
Aurora no disparaba. Callaba asimismo la fortaleza. ¿Será
que los bolcheviques no se deciden a cumplir su amenaza?
Protegidos por los montones de leña, los junkers acechaban
a las fuerzas de la plaza de Palacio, recibiendo cada movimiento
del enemigo con fuego de fusilería y de ametralladoras,
al cual se contestaba del mismo modo. Por la noche, el fuego
se hizo más intenso. A pesar de ello, hubo muy pocas
víctimas. En la plaza, en la orilla, en la Milionaya,
los sitiadores se ocultaban tras de los resaltos, se refugiaban
en los huecos, se pegaban a los muros. En las reservas, los
soldados y los guardias rojos se calentaban en torno a las
hogueras, que humeaban desde que había empezado a oscurecer,
y censuraban a los directores por su lentitud.
La espera del fuego artillería, la pasividad y la desconfianza
desmoralizaba a la guarnición de palacio. Buena parte
de los oficiales buscaba refugio a su desgracia en el bufete,
donde obligaban a los servidores de palacio a colocar ante
ellos una batería de vinos añejos. La juerga
de la oficialidad en el palacio agonizante no podía
ser un secreto para los junkers, cosacos, inválidos
y mujeres del batallón de choque. El desenlace se preparaba
no sólo desde el exterior, sino también desde
el interior.
El oficial del pelotón de artillería comunicó
inesperadamente al comandante de la defensa que los cañones
habían sido puestos en sus avantrenes, y los junkers
se retiraban a sus casas de acuerdo con la orden recibida
del jefe de la academia de Konstantino. Era un golpe pérfido.
El comandante intentó hacer objeciones: allí
nadie podía dar órdenes más que él.
Los junkers lo comprendían perfectamente, pero prefirieron
someterse al jefe de la academia, que, a su vez, obraba bajo
la presión del comisario del Comité militar
revolucionario. La mayoría de los artilleros abandonó
el palacio, llevándose consigo cuatro de los seis cañones
que había. Detenidos en la Nevski por las patrullas
de soldados, intentaron ofrecer resistencia; pero un retén
del regimiento de Pavl, que llegó con un auto blindado,
los desarmó y los condujo con dos cañones a
sus cuarteles; los otros dos cañones fueron emplazados
en la Nevski y en el puente de la Moika, apuntados hacia el
palacio de Invierno.
El ejemplo de los artilleros no podía dejar de ser
contagioso. Las dos centenas de cosacos de los Urales esperaban
en vano a los suyos. Savinkov, estrechamente ligado al Soviet
de las tropas cosacas y representante, incluso, de las mismas
en el Preparlamento, intentó, con ayuda del general
Alexéiev, ponerlas en movimiento. Pero los dirigentes
del Soviet cosaco, según la justa observación
de Miliukov, eran tan poco capaces de disponer de los regimientos
cosacos como lo era el Estado Mayor de disponer de las tropas
de la guarnición. Después de examinar la cuestión
en todos sus aspectos, los regimientos cosacos decidieron,
en fin de cuentas, no entrar en acción sin la Infantería,
y ofrecieron sus servicios al Comité militar revolucionario
para encargarse de proteger los bienes del Estado. Al mismo
tiempo, el regimiento de los Urales decidía mandar
delegados al palacio de Invierno, con objetivo de que volvieran
a sus cuarteles las dos centenas. Esta proposición
no podía responder mejor al espíritu que había
acabado por formarse entre los "viejos". No veían
en torno suyo más que a gente extraña: junkers
entre los cuales había no pocos judíos, oficiales
inválidos y, por añadidura, las mujeres del
batallón de choque. Los cosacos recogieron sus mochilas
con una expresión irritada y sombría en el rostro.
Ninguna exhortación les hacía ya efecto. ¿Quién
se quedaba para defender a Kerenski? "Unos cuantos judíos,
más esas mujeres..., mientras que el pueblo ruso se
ha quedado ahí fuera, con Lenin. " Resultó
que los cosacos estaban en relación con los sitiadores,
los cuales les dejaron el paso libre por una salida ignorada
hasta entonces de la defensa. Los cosacos de los Urales abandonaron
el palacio de invierno cerca de las nueve de la noche.
Por ese mismo camino que comunicaba con la Milionaya, consiguieron
entrar en el palacio los bolcheviques para desmoralizar al
adversario. Cada vez con más frecuencia aparecían
en los corredores figuras misteriosas que hablaban con los
junkers, que, aun sin necesidad de eso, estaban ya torturados
por angustiosas dudas. ¿Qué hacer? El gobierno
se negaba a dar órdenes directas. Los ministros se
quedarán con el viejo régimen; los demás,
que hagan lo que quieran. Esto significaba dejar en libertad
para salir de palacio a los que así lo desearan. Maliantovich
ha contado posteriormente que "en aquella inmensa ratonera
vagaban, juntándose todos, unas veces, otras por grupos
separados, conversando brevemente, unos hombres condenados,
solitarios, abandonados de todo el mundo... A nuestro alrededor,
el vacío, y lo mismo ocurría en nuestro interior.
Y en ese vacío iba tomando cuerpo una decisión
irreflexiva de impasible indiferencia".
Antónov-Ovseenko convino con Blagonravov en que, tan
pronto como estuviera terminado el cerco del palacio, se alzaría
un farol rojo en el mástil de la fortaleza de Pedro
y Pablo. Al aparecer esta señal, el Aurora haría
un disparo, sin bala, con objeto de intimidar. En caso de
que los sitiados se obstinaran, la fortaleza abriría
el fuego contra el palacio, de cañones ligeros. Si,
después de esto, tampoco se rendía el palacio
de Invierno, el Aurora abriría el fuego con sus cañones
de seis pulgadas. El fin que se perseguía con esta
gradación era reducir al mínimo las víctimas
y los desperfectos, en caso de que fuera imposible evitarlos
del todo. Pero la solución excesivamente compleja de
una cuestión simple puede dar resultados contrarios.
Las dificultades de realización deben ponerse inevitablemente
de manifiesto. Empiezan ya a cuenta del farol rojo: resulta
que no hay ninguno a mano. Buscan, pasa el tiempo, al fin
encuentran un farol rojo. Sin embargo, no es tan sencillo
como parece atarlo al mástil, de manera que resulte
visible desde todas partes. Nuevas tentativas, con resultados
dudosos. Y, entre tanto, se pierde un tiempo precioso.
Sin embargo, las dificultades principales empiezan cuando
se trata de emplear la artillería. Según los
informes de Blagonravov, el taque de artillería al
palacio podía empezar ya a mediodía, tan pronto
como se diera la señal. Pero la realidad fue otra.
Como en la fortaleza no había artillería permanente,
salvo el cañón enmohecido que se cargaba por
la boca y señalaba el filo de mediodía, hubo
que subir cañones de campaña a los muros de
la fortaleza. Esta parte del programa fue, efectivamente,
realizada a mediodía. Pero las cosas iban mal, por
lo que se refería a los artilleros. Sabíase
de antemano que la compañía de Artillería,
que en julio no se había puesto al lado de los bolcheviques,
no merecía gran confianza. No podía esperarse
un golpe traicionero de su parte, pero no estaba dispuesta
a entrar en fuego por los soviets. Cuando llegó la
hora de obrar, un suboficial comunicó que los cañones
se hallaban tomados de orín, los compresores no estaban
engrasados y era imposible disparar. Es muy posible que, en
efecto, los cañones no estuvieran en perfectas condiciones;
pero, en el fondo, no era de esto de lo que se trataba: los
artilleros rehuían, sencillamente, la responsabilidad,
y engañaban al inexperto comisario. Antónov
acudió, veloz y furioso, en una canoa. ¿Quién
saboteaba el plan? Blagonravov le habla del farol, de la grasa
y del suboficial. Ambos se dirigen a los cañones. Noche,
tinieblas, charcos en el patio, después de las últimas
lluvias. De la otra parte del río llega el eco de un
intenso fuego de fusilaría y el tableteo de las ametralladoras.
En la oscuridad, Blagonravov se pierde. Chapoteando en los
charcos, ardiendo de impaciencia, tropezando y cayendo en
el barro, Antónov sigue al comisario por el oscuro
patio. "Al pie de uno de los faroles que brillaban débilmente
-cuenta Blagonravov-, Antónov se detuvo de repente
casi a quemarropa. En sus ojos leí una oculta alarma."
Por un instante, Antónov sospechó la existencia
de la traición donde no había más que
ligereza.
Al fin se encuentra un sitio en que emplazar los cañones.
Los artilleros se obstinan: el moho..., los compresores...,
la grasa. Antónov manda a buscar artilleros del Polígono
marítimo, y ordena que la señal la dé
el cañón arcaico que anuncia el mediodía.
Pero los artilleros preparan el cañón con una
lentitud sospechosa. Tienen la sensación evidente de
que en el propio mando, cuando no está lejos, en el
teléfono, sino a su lado, no hay la decisión
firme de recurrir a la artillería. Los que dan órdenes
severas y meten prisa nerviosamente no parece, en realidad,
que eviten el retraso, sino que lo busquen. Bajo ese complicado
plan de empleo de la artillería se adivina la misma
idea: acaso sea posible prescindir de esto.
Alguien llega corriendo por el patio, se cae en el barro,
blasfema, aunque no encolerizado, y gozoso y jadeante grita:
"¡El palacio de Invierno se ha rendido, y los nuestros
están ya en él!" Abrazos de entusiasmo.
¡El retraso ha sido un bien! Todo el mundo se ha olvidado
de los compresores. Pero ¿por qué no cesa el
tiroteo al otro lado del río? ¿Es que algunos
grupos de junkers se resisten, o que ha habido alguna equivocación?
La equivocación estaba precisamente en la buena noticia:
lo que se había tomado no era el palacio de Invierno,
sino únicamente el Estado Mayor central. El cerco de
palacio continuaba.
En virtud de un acuerdo secreto con un grupo de junkers de
la Escuela de Oranienbaum, Chudnovski entra en palacio para
entablar negociaciones: ese adversario de la insurrección
no deja pasar nunca la ocasión de lanzarse al fuego.
Palchinski hace detener al audaz, pero bajo la presión
de la Escuela de Orienbaum, se ve obligado a dejar salir,
no sólo a Chudnovski, sino también a una parte
de los junkers, que arrastran consigo a algunos Caballeros
de San Jorge. La aparición de los junkers en la plaza
deja confusos a los sitiadores. Pero los gritos de júbilo
no tienen fin cuando éstos se enteran de que los que
salen se han rendido.
Sin embargo, no se había rendido más que una
exigua minoría. Los demás siguen disparando
con mayor intensidad cada vez. La luz eléctrica del
patio descubre a los junkers, que de ese modo ofrecen un blanco
excelente. Con grandes trabajos se consigue apagar los faroles.
Una mano invisible vuelve a encender la luz. Los junkers disparan
contra los faroles, luego van en busca del montador y le obligan
a cortar la corriente. Las mujeres del batallón de
choque anuncian inesperadamente su propósito de hacer
una salida. Según ellas, el general Alexéiev,
el único hombre que puede salvar a Rusia, se halla
prisionero en el Estado Mayor: hay que rescatarle a toda costa.
En el momento de la salida, vuelven a brillar los faroles.
Se amenaza al montador con el revólver, pero éste
no puede hacer nada: la central eléctrica ha sido ocupada
por los marinos, y son ellos los que disponen de la luz. Las
mujeres no resisten al fuego, y la mayor parte se rinden.
El comandante de la defensa manda a un teniente al gobierno,
para informar a éste de que la salida de las mujeres
del batallón de choque "ha terminado con el exterminio
de las mismas", y de que el palacio está lleno
de agitadores.
El fracaso de la salida da lugar a una pausa, que dura aproximadamente
desde las diez a las once: por las trazas, los sitiadores
esperan la rendición del palacio.
La tregua, sin embargo, despierta algunas esperanzas en los
sitiados. Los ministros intentan de nuevo animar a los partidarios
con que aún cuentan en la ciudad y en el país:
"Se ve claramente que el adversario es débil."
En realidad, el adversario es omnipotente, pero no se decide
a hacer el uso necesario de su fuerza. El gobierno dirige
al país una comunicación en la que da cuenta
del ultimátum, habla de lo ocurrido con el Aurora,
dice que él, el gobierno, sólo puede entregar
el poder a la Asamblea constituyente, y que el primer ataque
al palacio de Invierno ha sido rechazado. "¡Que
el ejército y el pueblo respondan!" Lo que los
ministros no indicaban era cómo debían responder.
Entre tanto, Laschevich mandaba dos artilleros de Marina a
la fortaleza. Verdad es que su experiencia y su habilidad
no eran precisamente excesivas; pero, en cambio, eran dos
bolcheviques dispuestos a disparar con cañones enmohecidos
y sin grasa en los compresores. Es lo único que se
exigía de ellos: el estruendo de la artillería
es ahora más importante que la precisión del
tiro. Antónov da orden de empezar. La gradación
señalada previamente es observada de un modo riguroso.
"Después del disparo que había de servir
de señal hecho desde la fortaleza -cuenta Flerovski-
retumbó el Aurora. El estampido y la llamarada son
mucho más considerables en un disparo con pólvora
sola que con bala. Los curiosos se lanzaron desde el parapeto
de granito a la orilla, cayendo y tropezando..." Chudnovski
se apresura a preguntar si no ha llegado el momento de proponer
la rendición a los sitiados. Antónov se muestra
inmediatamente de acuerdo con él. Otra pausa. Se rinde
un grupo de junkers y de mujeres. Chudnovski quiere dejarles
las armas, pero Antonov se alza oportunamente contra esta
generosidad. Después de depositar los fusiles en la
acera, los rendidos desaparecen, escoltados, por la calle
Milionnaya.
El palacio de Invierno sigue resistiendo. Los que están
dentro de él sienten con todas sus fibras la decisión
insuficiente de los atacantes, y se consuelan con la supuesta
debilidad de los mismos. ¡Hay que acabar! Se ha dado
la orden, y los marinos la toman en serio. Por fin, se abre
el fuego contra el palacio. Los disparos son frecuentes, pero
poco eficaces. De las tres docenas de ellos que aproximadamente
han sido hechos durante una hora y media o dos, sólo
dos han caído en el palacio y aun ésos no han
causado más que desperfectos en el estucado; los demás
obuses han pasado por encima, sin causar, felizmente, ningún
daño en la ciudad. Poco después de los primeros
disparos llevó Palchinski a los ministros un casco
de obús. El almirante Verderevski reconoció
en él un casco de los suyos, del Aurora. Pero desde
el crucero no habían hecho más que un disparo
con pólvora sola. Así se había convenido;
así lo atestigua Flerovski, así lo comunicó
más tarde un marino al Congreso de los soviets. ¿Se
equivocaba el almirante? ¿Se equivocaba el marino?
¿Quién puede comprobar un disparo de cañón,
hecho a altas horas de la noche, desde un buque sublevado
contra el palacio del zar, donde expiraba el último
gobierno de las clases poseedoras?
La guarnición de palacio había quedado considerablemente
mermada. Si en el momento de la llegada de los cosacos de
los Urales, de los inválidos y de las mujeres de la
brigada de choque, eran sus efectivos de 1.500 ó 2.000,
ahora éstos habían descendido hasta 1.000, y
acaso mucho menos. ¿Podría contarse con algo
más? Nadie hablaba ya de los refuerzos del frente.
En cambio, los junkers se transmiten la gozosa noticia recibida
hace poco por mediación de Palchinski: se ha comunicado
desde la Duma municipal que las fuerzas vivas, los comerciantes,
el pueblo con el clero al frente, se dirigen al palacio para
libertarlo del sitio. El pueblo con el clero al frente: "¡Eso
sí que será de una belleza admirable!"
La noticia alumbra con un último destello los restos
de energía. "¡Hurra! ¡Viva Rusia!"
Pero el pueblo y el clero llegan muy lentamente. Los disparos
de artillería van produciendo su efecto, poniendo los
nervios en tensión. El número de los agitadores
aumenta en palacio. Ahora abrirá el fuego el Aurora
-se susurra por los corredores-, y ese susurro pasa de boca
en boca. De pronto, resuenan dos explosiones. Un grupo de
marinos ha entrado en palacio y, arrojando -o acaso sea que
se le han caído- dos granadas desde la galería,
hirió levemente a dos junkers. Se detiene a los marinos;
Kischkin, médico de profesión, hace la primera
cura a los heridos.
La decisión íntima de los sitiadores es grande,
pero aún no se ha convertido en encarnizamiento. Para
no provocarlo sobre sus cabezas, los sitiados, como incomparablemente
más débiles que son, no se atreven a tomar represalias
severas con los agentes del enemigo en el interior del palacio.
No se fusila a nadie. Los invitados indeseables empiezan a
aparecer, no ya aisladamente, sino por grupos. El palacio
va pareciéndose cada vez más a un tamiz. Cuando
los junkers se arrojan sobre los intrusos, éstos se
dejan desarmar. "¡Qué canalla más
cobarde!", dice Palchinski con desprecio. No, no son
unos cobardes. Hace falta un gran valor para decidirse a penetrar
en el palacio, atestado de oficiales y de junkers. En el laberinto
de aquel edificio desconocido, en los pasillos oscuros, entre
innumerables puertas que no se sabe adónde conducen
ni los peligros que encierran, a esos audaces no les queda
otro recurso que rendirse. El número de prisioneros
crece. Entran nuevos grupos. No siempre se ve ya con claridad
quién se rinde a quién y quién desarma
a quién. Truena la artillería.
A excepción del barrio de las inmediaciones del palacio
de Invierno, la vida no se interrumpió en las calles
hasta hora muy avanzada de la noche. Los teatros y los cines
estaban abiertos. Por las trazas, a los elementos respetables
e ilustrados de la capital no les interesaba en lo más
mínimo que se disparara contra su gobierno. Redemeister
observó en el puente de Troitski a los tranquilos transeúntes
a quienes no dejaban pasar los marinos. "No se advertía
nada extraordinario." Por los amigos que llegaban de
la Casa del Pueblo, se enteró Redemeister, bajo el
estampido de los cañonazos, de que Chaliapin había
estado incomparable en el Don Carlos. Los ministros seguían
agitándose en su ratonera.
"Se ve claramente que los sitiadores son débiles."
Acaso, de poder resistir una hora más, lleguen los
refuerzos. Kischkin llamó al teléfono, a hora
avanzada de la noche, al subsecretario de Hacienda, Jruschev,
que también era kadete, y le pidió que comunicara
a los dirigentes del partido que el gobierno tenía
necesidad, aunque sólo fuese, de una pequeña
ayuda para sostenerse hasta las primeras horas de la mañana,
en que, por fin, debía llegar Kerenski con las tropas.
"¿Qué partido es ése -decía
indignado Kischkin- que no puede mandar ni siquiera trescientos
hombres en un momento de peligro mortal para el régimen
burgués. Si a los ministros se les hubiera ocurrido
buscar en la biblioteca de palacio al materialista Hobbes,
en sus diálogos sobre la guerra civil habrían
podido leer que no se puede esperar ni exigir valor de los
tenderos enriquecidos "que no ven más que sus
ventajas del momento... y pierden completamente la cabeza
a la sola idea de la posibilidad de ser robados". Pero
es poco posible que se hubiera encontrado nada de Hobbes en
la biblioteca del zar. Además, los ministros no estaban
para meterse en cuestiones de filosofía de la historia.
La llamada de Kischkin fue la última llamada telefónica
que se hizo desde el palacio de Invierno.
Smolni exigía categóricamente que se provocara
el desenlace. No era posible prolongar el sitio hasta la mañana,
tener en tensión a la ciudad, enervar al Congreso,
poner todos los éxitos bajo un interrogativo. Lenin
mandaba esquelas irritadas. El Comité militar revolucionario
no cesa de preguntar por teléfono. Podvoiski se enfada.
Se puede lanzar a las masas al asalto; no son ganas lo que
falta. Pero ¿cuántas víctimas habrá?
¿Qué quedará de los ministros y de los
junkers? Sin embargo, la necesidad de llevar las cosas hasta
sus últimas consecuencias es demasiado imperiosa; no
queda otro recurso que ceder la palabra a la artillería
de Marina. Llega al Aurora un marinero de la fortaleza de
Pedro y Pablo con una orden escrita: abrir inmediatamente
el fuego contra el palacio. Ahora todo parece claro. Los artilleros
del Aurora no dejarán de hacer lo que se les indica.
Pero los dirigentes no se sienten aún decididos a disparar.
Se hace una nueva tentativa para eludir el cumplimiento de
la orden. "Decidimos esperar un cuarto de hora más
-dice Flerovski-, pues presentíamos por instinto la
posibilidad de que se modificaran las circunstancias."
Por "instinto", hay que entender la esperanza tenaz
de que las cosas se resolverán con sólo los
recursos demostrativos. Tampoco engañó esta
vez el "instinto": antes de que expirara el cuarto
de hora que se habían señalado, llegó
un nuevo emisario que venía directamente del palacio
de Invierno y que anunció: ¡el palacio de Invierno
ha sido tornado!
El palacio no se rindió, sino que había sido
tomado por asalto; pero en un momento en que la fuerza de
resistencia se había extinguido ya definitivamente.
Irrumpieron en el corredor, no ya por la entrada secreta,
sino por el patio desalojado, un centenar de enemigos que
el servicio desmoralizado de vigilancia tomó por una
Delegación de la Duma. Todavía fue posible desarmarlos,
sin embargo. En la confusión que se produjo, un grupo
de junkers se retiró. Los restantes siguieron ejerciendo
el servicio de vigilancia. Pero la pared de bayonetas y de
fuego que separaba a los sitiadores y a los sitiados se desmoronó,
al fin. Los obreros armados, los marinos y soldados empujaban
cada vez con más ímpetu, arrojan a los junkers
de las barricadas del exterior, irrumpen a través del
patio, chocan en las escaleras con los junkers, los rechazan,
los hacen huir ante ellos. De atrás empuja ya la oleada
siguiente. La plaza irrumpe en el patio, el patio irrumpe
en el palacio y se difunde por las escaleras y los corredores.
En el suelo, entre los colchones y los pedazos de pan, yacen
hombres, fusiles y granadas. Los vencedores se enteran de
que Kerenski no está en el palacio, y su júbilo
impetuoso se ve un momento atenuado por la amargura del desencanto.
Antónov y Chudnovski se encuentran en palacio. ¿Dónde
está el gobierno? He aquí la puerta ante la
que se han apostado los junkers con un último gesto
de resistencia. El que manda a los centinelas corre hacia
los ministros y les pregunta: ¿Ordenan que nos defendamos
hasta el fin? No, no; los ministros no quieren nada de esto.
¿Para qué? El palacio ha sido ya tomado. Hay
que evitar la sangre, hay que ceder a la fuerza. Los ministros
quieren rendirse con dignidad, y se sientan alrededor d la
mesa, como si estuvieran reunidos. El comandante de la defensa
había rendido ya el palacio después de obtener
la promesa de que se respetaría la vida a los junkers,
condición fácil de cumplir, puesto que nadie
se proponía atentar contri ellos. Antónov se
negó a entablar negociación alguna respecto
a la suerte del gobierno. Se procede al desarme de los junkers,
apostados en las últimas puertas vigiladas. Los vencedores
irrumpen en el aposento en que se hallan los ministros. Miliukov
refiere: "Al frente de la muchedumbre iba un hombre de
escasa estatura y mala facha, que se esforzaba por contener
a los que le empujaban desde atrás; sus ropas estaban
en desorden; llevaba ladeado el sombrero de alas anchas. Los
lentes se le sostenían apenas en la nariz. Pero en
sus ojos pequeños brillaba el entusiasmo de la victoria
y el rencor contra los vencidos." Así aparece
descrito Antónov. No es difícil creer en el
desaliño de su indumentaria: bastará recordar
su viaje nocturno por los charcos de la fortaleza de Pedro
y Pablo. En sus ojos podía leerse, indudablemente,
el entusiasmo de la victoria; pero es muy inverosímil
que hubiera en ellos ni asomos de rencor contra los vencidos.
-En nombre del Comité militar revolucionario -dijo
Antónov-, quedáis detenidos como ministros del
gobierno provisional.
El reloj señalaba las dos y diez minutos del 26 de
octubre.
-Los miembros del gobierno provisional se someten a la fuerza
y se rinden para evitar el derramamiento de sangre -contesta
Konovalov.
La parte más importante del ritual había sido
observada.
Antónov hizo llamar a 25 hombres armados de los primeros
destacamentos que entraron en palacio y les confió
a los ministros. Después de levantar acta, se condujo
a los detenidos a la plaza. En la multitud, que entre muertos
y heridos había perdido algunos hombres, sí
que estalla el odio contra los vencidos. "¡Hay
que fusilarlos! ¡Matarlos! Algunos soldados intentan
agredir a los ministros. Los guardias rojos calman a los exaltados:
¡no mancilléis la victoria proletaria! Grupos
de obreros armados forman un estrecho círculo en torno
a los prisioneros y de los que los custodian. "¡Adelante!"
No hay que ir muy lejos: hay que atravesar únicamente
la Minionnaya y el puente de Troitski. Pero la multitud excitada
hace que ese corto trayecto sea largo y lleno de peligros.
El ministro Nikitin ha dicho posteriormente, y no sin fundamento,
que, a no ser por la intervención enérgica de
Antónov, las consecuencias hubieran podido ser "muy
graves". Como si esto fuera poco, el cortejo, al llegar
al puente, fue objeto de un tiroteo casual: tanto los detenidos
como los que los custodiaban, tuvieron que echarse al suelo.
Pero tampoco hubo que lamentar ninguna víctima. Por
lo visto, se disparaba al aire, para intimidar.
En el reducido local del club de la guarnición de la
fortaleza, iluminado por una lámpara de petróleo
de luz vacilante -la instalación eléctrica estaba
estropeada-, se apretujan unas cuantas docenas de hombres.
Antónov pasa lista a los ministros en presencia del
comisario de la fortaleza. Son 18 hombres, contando sus auxiliares
inmediatos. Una vez terminadas las últimas formalidades,
se encierra a los prisioneros en los calabozos del histórico
bastión de Trubetskoi. De los hombres de la defensa,
no se detiene a ninguno: únicamente se desarma a los
oficiales y junkers, y se les pone en libertad bajo palabra
de honor de que no harán nada contra el régimen
de los soviets. Fueron muy pocos los que cumplieron su palabra.
Inmediatamente después de la toma del palacio de Invierno,
empezaron a circular por los círculos burgueses rumores
en que se hablaba de fusilamientos de junkers, de violencias
cometidas con las mujeres del batallón de choque, del
saqueo de las riquezas del palacio. Miliukov, cuando hacía
ya mucho tiempo que todas estas burdas invenciones habían
sido refutadas, escribía en su historia: "Las
mujeres del batallón de choque que no perecieron bajo
las balas y cayeron en manos de los bolcheviques, fueron objeto
en esa noche de los tratos más horribles por parte
de los soldados, de violencias y de fusilamientos." En
realidad, no se fusiló a nadie, ni podía suceder
nada por el estilo, si se tiene en cuenta el espíritu
que anima a los dos bandos en ese período. Menos verosímiles
aún son las violencias, sobre todo en el palacio, en
el que irrumpieron, junto con contados elementos de la calle,
centenares de obreros revolucionarios, fusil en mano.
Hubo, en efecto, tentativas de saqueo; pero precisamente esas
tentativas fueron las que pusieron de manifiesto la disciplina
de los vencedores. John Reed, que no dejaba pasar ninguno
de los episodios dramáticos de la revolución
y que entró en palacio siguiendo las huellas ardientes
de los primeros destacamentos, cuenta que, en uno de los almacenes
de la planta baja, un grupo de soldados levantaba con las
bayonetas las tapas de los cajones y sacaba de ellos alfombras,
ropa blanca, porcelana y cristales. Es posible que algunos
ladrones, que durante el último año de la guerra
se cubrían con el capote de soldado, hubieran hecho
algunas de las suyas' Apenas había empezado el saqueo,
cuando una voz gritó: "¡Compañeros,
no toquéis a nada, que esto es propiedad del pueblo!"
Un soldado se sentó en una mesa, cerca de la salida,
con una pluma y un pedazo de papel; dos guardias rojos, con
el revólver en la mano, se apostaron a su lado. Se
cacheaba a todo el que salía, y todo objeto robado
era retirado e inscrito inmediatamente. Así se recuperaron
estatuillas, botellas de tinta, bujías, puñales,
pedazos de jabón y plumas de avestruz. Asimismo fueron
cuidadosamente cacheados los junkers, cuyos bolsillos aparecieron
atestados de toda clase de menudencias robadas. Los soldados
llenaban de improperios a los junkers y los amenazaban; pero
las cosas no pasaban de ahí. Entre tanto, se estableció
el servicio de vigilancia de palacio, a las órdenes
del marino Prijodko. Se apostaron centinelas en todas partes.
Se echó de palacio a los que nada tenían que
hacer allí. Al cabo de pocas horas, el oficial bolchevique
Dzevialtovski era nombrado comandante del palacio de Invierno.
Pero ¿dónde se había metido el pueblo,
que, con el clero al frente, se dirigía a palacio para
libertar a los sitiados? Es necesario decir algo sobre esta
tentativa heroica, cuya noticia conmovió tanto por
un momento el corazón de los junkers. El centro de
las fuerzas antibolchevistas era la Duma municipal. El edificio
de la misma, situado en la perspectiva Nevski, hervía
como una caldera. Partidos, fracciones, subfracciones, grupos
y sencillamente personas influyentes discutían allí
la criminal aventura de los bolcheviques. A los ministros
que languidecían en el palacio de Invierno se les comunicaba
de vez en cuando, por teléfono, que la insurrección
había de quedar inevitablemente ahogada bajo el peso
de la condenación general. El aislamiento moral de
los bolcheviques exigía tiempo. Entre tanto, habló
la artillería. El ministro Prokopovich, detenido por
la mañana y puesto rápidamente en libertad,
se queja a la Duma, con lágrimas en los ojos, de que
se haya visto privado de compartir la suerte de sus compañeros.
La Duma expresa su compasión ardiente, pero también
la expresión de esa compasión exige tiempo.
De aquel torbellino de ideas y de discursos surge, al fin,
bajo los aplausos ruidosos de toda la sala, un plan práctico:
la Duma debe dirigirse al palacio de Invierno para perecer
allí, si las circunstancias lo exigen, junto con el
gobierno. Los socialrevolucionarios, los mencheviques y los
cooperadores se ven igualmente dispuestos a salvar a los ministros
o a morir con ellos. Los kadetes, poco inclinados de ordinario
a las empresas arriesgadas, en esa ocasión están
dispuestos a sacrificarse junto con los demás. Los
representantes de provincias que se hallan accidentalmente
en la sala, los periodistas de la Duma y alguien del público
solicitan con frases más o menos elocuentes el favor
de compartir la suerte de la Duma. Se les concede el favor
que solicitan.
La fracción bolchevista intenta dar un consejo prosaico:
en vez de vagar por las tinieblas de las calles en busca de
la muerte, más valía que telefonearan a los
ministros persuadiéndoles de que se rindieran, para
que no se llegara al derramamiento de sangre. Pero los demócratas
se indignan: ¡los agentes de la insurrección
les quieren arrebatar de las manos no sólo el poder,
sino hasta el derecho a la muerte heroica! Los representantes
de la Duma deciden, en interés de la historia, proceder
a una votación nominal. Al fin y al cabo, nunca es
tarde para morir, aunque sea gloriosamente. Sesenta y dos
miembros de la Duma confirman que, en efecto, irán
a morir bajo las ruinas del palacio de Invierno. A esto responden
los 14 bolcheviques que es mejor vencer con Smolni que morir
con el palacio de Invierno, y se dirigen inmediatamente al
Congreso de los soviets. Sólo tres mencheviques internacionalistas
se deciden a permanecer en la Duma: no tienen adónde
ir, ni ninguna causa por la que morir.
La Duma se preparaba ya para emprender su último camino,
cuando una llamada telefónica trajo la noticia de que
iba a unirse a ella todo el Comité ejecutivo de los
diputados campesinos. Aplausos interminables. Ahora, el cuadro
es completo y claro: los representantes de los millones de
campesinos, junto con los de todas las clases de la ciudad,
van a morir a manos de un insignificante puñado de
usurpadores. No faltan discursos ni aplausos.
Después de la llegada de los diputados campesinos,
la columna se puso finalmente en marcha por la Nevski. Al
frente de la misma iban el alcalde Schreider y el ministro
Prokopovich. John Reed vio entre los manifestantes al socialrevolucionario
Avkséntiev, presidente del Comité ejecutivo
campesino, y a los líderes mencheviques Jinchuk y Abramovich.
El primero era considerado como derechista, y el segundo como
izquierdista. Prokopovich y Schreider llevaban un farol en
la mano: así se había convenido por teléfono
con los ministros, con objeto de que los junkers no tomaran
a los amigos por enemigos; Prokopovich, además, lo
mismo que otros muchos, llevaba paraguas. El clero brillaba
por su ausencia. La fantasía indigente de los junkers
había formado el clero con los recuerdos brumosos de
la historia patria. Pero tampoco había pueblo. La ausencia
del mismo definía el carácter de la empresa:
trescientos o cuatrocientos "representantes", y
ninguno de los representados. "La noche era oscura"
-recuerda el socialrevolucionario Zenzinov-, y los faroles
de la Nevski estaban apagados. Avanzábamos a compás.
Sólo se oía nuestro canto: La Marsellesa. A
lo lejos resonaban los cañonazos: los bolcheviques
seguían bombardeando el palacio de Invierno.
En el canal Yekaterinski había un destacamento de marinos
armados que ocupaba todo lo ancho de la Nevski, cortando el
paso a la columna de la democracia. "Seguiremos adelante
-declararon los que marchaban a la muerte-. ¿Qué
podéis hacernos?" Los marinos contestaron sin
ambages que emplearían la fuerza: "Marchaos a
casa y dejadnos en paz." Uno de los manifestantes propuso
sucumbir allí mismo. Pero en la decisión tomada
en la Duma por votación nominal no había sido
prevista esta variante. El ministro Prokopovich se subió
a un banco y, "agitando el paraguas" -en otoño
llueve a menudo en Petrogrado-, se dirigió a los manifestantes,
exhortándoles a que no tentaran a aquellos hombres
ignorantes y engañados que, en efecto, podían
hacer uso de las armas. "Volvamos a la Duma y examinemos
allí los medios para salvar de la revolución
al país."
Realmente era ésta verdaderamente una proposición
prudentísima. Verdad es que el primitivo proyecto no
se llevaba a cabo. Pero ¿qué se podía
hacer ante aquellos hombres armados y groseros que no permitían
morir heroicamente a los jefes de la democracia? "Permanecimos
allí un momento, ateridos de frío, y decidimos
volvernos", escribía melancólicamente Stankievich,
que también tomó parte en la procesión.
De esta vez, los manifestantes, ya sin Marsellesa, y en un
silencio concentrado, volvieron sobre sus pasos, por la Nevski
arriba, al edificio de la Duma, donde habían de encontrar,
al fin, "los medios de salvar al país y a la revolución".
Con la toma del palacio de Invierno quedó el Comité
militar revolucionario por dueño absoluta de la capital.
Pero de la misma manera que a los difuntos siguen creciéndoles
las uñas y el pelo, el gobierno depuesto seguía
dando señales de vida a través de la prensa
oficial. El Mensajero del Gobierno Provisional, que aún
daba cuenta el 24 del retiro de los consejeros secretos, a
los que se dejaba el uso de uniforme y una pensión,
enmudeció inesperadamente el 25, cosa de que, a decir
verdad, nadie se dio cuenta. En cambio, el 26 reapareció
como si nada hubiera ocurrido. En la primera página
se decía: "A consecuencia de la interrupción
de la corriente eléctrica, nuestro número del
25 de octubre no pudo salir." En todo lo restante, excepción
hecha de la corriente eléctrica, la vida del Estado
seguía su curso, y el Mensajero del Gobierno, que se
hallaba en el bastión de Trubetskoi, anunciaba el nombramiento
de una docena de nuevos senadores. En la sección de
"Noticias administrativas", una circular del ministro
de la Gobernación, Nikitin, recomendaba a los comisarios
de provincia que "no se dejaran influir por los falsos
rumores referentes a acontecimientos ocurridos en Petrogrado,
donde reina la más absoluta tranquilidad" . No
le faltaba razón del todo al ministro: los días
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