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Erotismo, Misticismo y Revolución
(Un estudio crítico sobre Kenneth Rexroth)
2. Magnanimidad y Misticismo
Si tuviera que escoger un único texto para mostrar qué es lo que me gusta de Rexroth, escogería probablemente su ensayo sobre la novela clásica china. En el párrafo que sigue, Rexroth nos describe las virtudes que caracterizan a estos extensos y maravillosos libros:
Rexroth se lamenta de la autocomplacencia, que es apreciable, de una u otra forma, en casi todos los escritores del siglo XX, desde Proust y Henry James hasta Kerouac y los que le siguen. Sólo hace una importante excepción con Parade’s End(8) de Ford Madox Ford, la única “gran novela completamente adulta de mi época”:
Las variaciones sobre este tema son algo recurrente en la obra de Rexroth. Sobre el gran teatro nos dice: “Debe contener profundidad moral y psicológica, pero ésta sólo podrá ser descubierta por aquellos espectadores que ya la posean en sí mismos. Estas cualidades no deben hacerse explícitas pues arruinarían el hecho dramático”. Asimismo, comparte la opinión de Ford, según la cual Dostoievsky “demostró un terrible mal gusto al hacer que sus personajes discutieran la profundidad de la novela en la cual ellos tomaban parte”. “Las almas atormentadas de sus novelas no son seres maduros. Hablan interminablemente sobre todo eso que las personas maduras saben que es mejor mantener en silencio. El drama deja de impresionar al lector cuando se presenta de manera tan locuaz e incluso acaba dejando de ser creíble”. Rexroth tiene una predilección especial por esos escritores que personifican una sabiduría tranquila, modesta y natural, como por ejemplo, el biógrafo y pescador Izaak Walton, el naturalista amateur Gilbert White o el cuáquero antiesclavista John Woolman, mientras que detesta la vanidad de algunos artistas que glorifican su supuesta misión en este mundo:
En su ensayo sobre las obras de Julio Cesar nos dice: “Magistralmente oculto en La Guerra de las Galias y en La Guerra civil se encuentra un filósofo de las relaciones humanas que sólo una persona madura podría comprender o incluso reconocer. El arte de disimular así es, por supuesto, una demostración de madurez”. Lo mismo se podría decir de las obras del propio Rexroth. Debido al propósito de este libro, yo no puedo sino citar sus palabras más destacadas en referencia a lo que ahora comento. Sin embargo, si el lector repasara toda su obra, vería que Rexroth habla de las “grandes cuestiones” con mucho tacto y que, a menudo, las deja implícitas para que sean leídas entre líneas. Si, por el contrario, ha revelado en alguna ocasión su propia filosofía de vida y nos ha resumido sus puntos centrales en una sola palabra, ha sido en su ensayo sobre la novela china citado anteriormente, que continúa así:
Es la valentía para sobrellevar la inevitable “destrucción de todo lo bueno”, para enfrentarse al hecho de que “el amor no dura eternamente, que los amigos se traicionan entre sí, que la belleza se marchita, que los poderosos resbalan en sangre y que sus ciudades se queman”. Rexroth coincide con el “mensaje” de Homero y lo resume con sus propias palabras al decir que el universo no tiene sentido por sí mismo, todo es efímero, los únicos valores son aquellos que la gente crea en sus relaciones con los demás: “Lo único que perdura, lo que da valor a la vida es la camaradería, la lealtad, la valentía, la magnanimidad, el amor, las relaciones humanas con una comunicación directa. Es de aquí, y no de ninguna otra parte, de donde surge la belleza de la vida, su tragedia y su sentido.” Esto puede sonar muy “existencial”, pero nada le es más ajeno a Rexroth que lo que él llama el “angst por el angst”, algo que él califica como una “metafísica apropiada para conejos paralizados”. “El supuesto dilema existencial no me dice nada en absoluto. Su inventor Soren Kierkegaard siempre me ha parecido un hombre enfermo que se comportaba horriblemente con su novia, un hombre ’necesitado de terapia urgente’, como dirían los psiquiatras. (...) Personalmente, yo no veo mi existencia como un enfrentamiento espantoso y continuo con la realidad. Ésta me agrada.” Si Rexroth evoca en algunos momentos “el sentido trágico de la vida”, en otros nos revela una conciencia más mística. Estas dos actitudes podrían parecer en principio contradictorias, sin embargo él las considera como perspectivas complementarias e igualmente válidas. Algunas veces las contrasta, como sucede en la dialéctica de sus ensueños filosóficos. Otras veces las combina, como en las obras de teatro que tratan temas de las tragedias griegas, pero que, al igual que en las obras japonesas de teatro Nô, culminan en una solución trascendente de enredo del karma en lugar de acabar con el típico desenlace dramático. Rexroth califica su punto de vista como un “anarquismo religioso” o un “misticismo ético” y, en lugar de entrar en detalles, nos remite a algunas de sus principales influencias: “Para una mayor claridad se puede acudir a las obras de Martin Buber, Albert Schweitzer, D.H. Lawrence, Boehme, D.T. Suzuki(9), Piotr Kropotkin, o incluso a los Evangelios y a las palabras de Buda, Lao Tze y Chuang Tze.” Esta lista puede parecer muy ecléctica, pero nos da una idea de los diferentes aspectos de su filosofía “religiosa” que, por otra parte, podría ser resumida en unas líneas:
En su autobiografía Rexroth nos cuenta una experiencia que tuvo a los cuatro o cinco años, cuando, a principios de verano, estaba sentado en la acera delante de su casa:
Cuando estas experiencias “místicas” son más profundas y duraderas, suelen ir asociadas a la meditación y a la disciplina espiritual; pero Rexroth nos da a entender que todos pasamos por estos mismos estados de conciencia en algún momento, a pesar de que apenas nos demos cuenta de ello y sean facilísimos de olvidar una vez que nos volvemos a meter en la vorágine de cada día.
“En el corazón de la vida”, dice en su ensayo sobre el Tao Te Ching, “hay una minúscula y permanente llama de contemplación”. Incluso sin saber nada de ella, la gente vuelve instintivamente a este “centro de calma”. Siempre está ahí, aún en medio de las situaciones más turbulentas; pero algunas circunstancias le son especialmente favorables.
Los poemas que Rexroth ha dedicado a la naturaleza están llenos de esta clase de experiencias. En éste que sigue, él está tendido bajo las estrellas:
A veces, como es el caso anterior, las experiencias están descritas de una forma más o menos explícita. Pero la mayoría de ellas sólo se dejan entrever:
Esa misma noche, cuando más tarde sale de su cabaña a mirar las estrellas...
Sin duda ésta fue la secuencia real de los hechos, pero al mismo tiempo parecen sugerir un estado interior y una iluminación que fueron paralelos a ellos; esta forma alusiva de decirlo se corresponde mejor con el proceso del “desprendimiento del yo” que si hubiera dicho “he tenido tales y tales experiencias”. Como ocurre en muchos de los grandes poemas chinos y japoneses, un estado de espíritu puede ser mostrado a través de la claridad de lo que, en principio, no es sino una simple escena objetiva y natural. El paisaje exterior se corresponde con el paisaje interior, el macrocosmos con el microcosmos. Con un estilo que recuerda a Whitman, nuestro autor evoca las más amplias imágenes y relaciones:
En sus últimos poemas, escritos en Japón en su mayoría, Rexroth expresa estos momentos de “conciencia cósmica” en términos cada vez más budistas y, sobre todo, con términos de la última visión del sutra Avatamsaka (La Guirnalda de Flores):
Nos podría dar la impresión de que la obra de Rexroth está influida por el budismo zen; sin embargo, lo criticó en muchos aspectos y manifestó tener más puntos en común con otras formas de budismo. Arremetió contra el zen popularizado en Occidente, calificándolo de irresponsable y de moda pasajera. Pero también criticó al tradicional zen japonés por su complicidad con regímenes militares, desde el samurai japonés hasta la segunda guerra mundial. Parece que tampoco le gustó mucho el culto y la adoración al maestro espiritual que, a menudo, se encuentran tanto en el zen como en otras prácticas religiosas orientales. Rexroth probablemente hubiera reconocido que la meditación zen es uno de los medios más efectivos para cultivar la paz contemplativa “hasta que se convierta en un hábito constante que forme la base de nuestra rutina diaria”. Pero también es cierto que creía que, al esforzarse demasiado en buscar la iluminación, uno puede dejar de lado lo esencial. Se cree que las últimas palabras de Buda fueron: “Oh discípulos, todo lo creado en el mundo es cambiante por naturaleza. Luchad sin descanso”. Rexroth, con una mentalidad más taoista, nos aconseja:
La verdadera iluminación, nos dice, no surge como una experiencia buscada por sí misma, sino como un efecto secundario del modo de vida elegido:
Rexroth no apoyaba la idea de usar drogas psicodélicas como un atajo para conseguir una visión mística. Como mucho, reconocía que estas sustancias habían dado a algunos jóvenes la posibilidad de vislumbrar una “vida interior”, que había sido reprimida por la cultura de la clase media americana. Al hablar de este tema solía citar a San Juan de la Cruz: “Las visiones son indicios de una falta de verdadera visión”. Para Rexroth la experiencia religiosa trascendente no es la visión de un mundo diferente y sobrenatural, sino un despertar consciente a éste:
La gente tiende a describir estos momentos de consciencia en términos de sus propias y variadas creencias religiosas, pero en realidad las experiencias se parecen mucho entre sí y se dan también entre gente no religiosa. Aunque muchas veces vayan más allá de nuestra comprensión racional, ello no implica por fuerza que se trate de experiencias sobrenaturales. Rexroth es bastante claro acerca de esta distinción. Está felizmente libre de la moda new age y es demasiado perspicaz como para ser arrastrado por las supersticiones y pseudo ciencias en las que tantas personas han creído y todavía siguen creyendo hoy en día. Al recordar a gente de su propia generación que, aunque inteligente en otros aspectos, tenía fe ciega en la astrología o en las cajas de orgón de Reich, nos hace la siguiente observación: “Cualquiera que hubiese estudiado física en el instituto habría podido ver que esas cosas eran totalmente absurdas, pero el problema radicaba en que estas personas habían dejado de creer en la física, así como en el capitalismo y en la religión. Para ellos todo esto no era más que un mismo engaño.” Igual de escéptico se siente ante las pretensiones científicas del moderno psicoanálisis y de la psiquiatría. En su divertido artículo “My Head Gets Tooken Apart”(“Me diseccionan la cabeza”), nos describe la ocasión en la que recibió dinero de un “Instituto de Investigación” por participar en un experimento de tres días sobre la exploración de la “personalidad creativa”. Después de la enorme variedad de baterías de tests, entrevistas y cuestionarios a los que se tuvo que someter, su conclusión fue:
Rexroth nos da a entender que algunas de las prácticas tradicionales pueden poseer, al menos de forma intuitiva, una pizca de lucidez sobre las circunstancias normales de la vida corriente. Sean supercherías o no lo sean, la gente tiende instintivamente a dejarse arrastrar por aquello que parecen expresar los arquetipos psicológicos o espirituales: sus relaciones y sus aspiraciones, los conflictos internos de toda la vida. “Lo que se busca en la alquimia, en los libros herméticos, en la teología menfita o en esas manías absurdas como la de los platillos volantes, es un esquema fundamental de la mente humana expresado de manera simbólica”. Y encontramos ahí esos esquemas básicos porque éstos provienen de mentes básicamente similares a las nuestras.
Para Rexroth no se trata de creer o no en la validez objetiva de cualquier sistema oculto o religioso; lo que le interesa es el “mundo interior”, los “valores que no pueden ser reducidos a cantidades” y que encuentran su expresión en estas formas. En la medida en que la religión es un intento de explicar la realidad objetiva, se va quedando cada vez más desfasada, ya que la Humanidad progresa en su conocimiento; pero podría decirse que su importancia se mantiene en lo que se refiere al mundo interior, a la realidad subjetiva:
A Rexroth le gustaba decir que, “la religión es algo que se hace, no algo en lo que se cree.” Él estaba muy interesado en las fiestas y en los rituales religiosos y folclóricos de todo tipo, hasta el punto de ensalzar incluso sus vestigios modernos más manidos. “Poco importa si papá tiene que estar pagando durante un año las facturas de la primera comunión, de la barmitzvah, o de la boda. Por un momento ha existido al menos ese reconocimiento, aunque sólo sea simbólico, de que incluso la vida más pobre y monótona tiene una importancia trascendental, y de que ningún ser humano es insignificante”. Con esta clase de espíritu él mismo participó en diversos rituales religiosos, budistas, vedas, cuáqueros e incluso católicos:
No es necesario decir que Rexroth se oponía a casi a todo lo referente a la Iglesia católica excepto a sus rituales; pero al igual que mucha gente, parece haber tomado parte en prácticas religiosas que le atraían, dejando simplemente de lado esas otras que no le gustaban. “En la actualidad se ve que una gran parte de nuestra sociedad más cultivada adopta, de forma voluntaria, los comportamientos religiosos y las creencias de comunidades más primitivas, por razones personales puramente pragmáticas o psicológicas”. Su práctica católica se limitaba, más que nada, a acudir a las ceremonias anglo-católicas que han mantenido los rituales de la Iglesia romana rechazando al mismo tiempo su autoridad dogmática. De todas maneras, siempre me ha sorprendido que una persona como Rexroth pudiera tener algo que ver con cualquier Iglesia cristiana. Una cosa es practicar algún tipo de meditación, o tomar parte en alguna fiesta o ritual, que todo el mundo reconoce como una simple forma de centrar nuestra vida y celebrar una comunión con los demás; y otra muy diferente es reforzar la credibilidad de instituciones repulsivas y de dogmas nocivos en los que todavía cree tanta gente. Como el propio Rexroth dice con un espíritu muy diferente:
Cualesquiera que sean los gustos personales de Rexroth acerca de los rituales, sus escritos sobre religión son bastante lúcidos en general. Como en el resto de su obra, siempre busca lo que puede ser relevante, sugestivo o ejemplar. Por ejemplo, en su estudio sobre Lamennais, radical católico del siglo XIX, lo que le interesa es su “sensibilidad espiritual”, no los “detalles de su variable filosofía y teología”. “Sus doctrinas cambiaban, pero no su vida, así que es su vida y la expresión literaria, que podríamos llamar incluso poética, de esa vida coherente lo que nos interesa”. Una cosa es cierta, no hay nada puritano ni fuera de este mundo en el misticismo de Rexroth. Él mismo nos dice que el tema de sus poemas en The Phoenix and the Tortoise es
Como él decía, hay mucha paja en Lawrence: retórica sentimentaloide, un primitivismo ridículo, polémicas sexuales pasadas de moda e incluso tendencias vagamente fascistas. Pero lo que prevalece es su lucha por una vuelta a la realidad primigenia, por restablecer las conexiones orgánicas vitales, empezando por la más íntima. Al hablar de los poemas de Lawrence sobre el amor y la naturaleza, Rexroth nos dice: “La realidad se extiende a través del cuerpo de Frieda [la mujer de Lawrence], a través de todo lo que toca, de cada lugar que pisa (...) todo resalta iluminado por una luz que parece sobrenatural y es, al mismo tiempo, completamente terrenal. (...) Más allá del Sagrado Matrimonio se abre un mundo restablecido de pájaros, animales y flores — un mundo objetivo sacralizado. ‘¡Mira, hemos pasado!’ Hemos entrado en un mundo transfigurado por la gloria que lo envuelve por todas partes como una luz sobrenatural.” Y en lo referente a sus poemas sobre la muerte: “Lawrence no trató de engañarse con falsas promesas o con seguridades ilusorias. La muerte es un misterio absoluto e impenetrable. Comunión con los demás y olvido, sexualidad y muerte, se puede revelar el misterio pero sólo como algo totalmente inexplicable.” Los propios poemas de amor de Rexroth manifiestan la misma clase de reverencia por la sexualidad como un misterio profundo e insondable:
Con la misma delicadeza, evoca la eternidad fugaz de la unión de los amantes. En este poema (inspirado en la Gymnopédie nº 1 de Satie), los amantes están una noche al borde del mar en el sur de California:
La cábala, el tantrismo, el Cantar de los cantares... A Rexroth le gusta invocar los misticismos que juegan con las conexiones o paralelos entre el amor humano y el divino, que ven el acto sexual como una unión espiritual, o incluso como un modo de contemplación:
Cuando utiliza la expresión “del Otro a los Otros” nos quiere dar a entender algo visible en las siguientes líneas:
Uno de los pensadores que más influencia han ejercido sobre Rexroth es Martin Buber(10), el “filósofo del diálogo” judío. Según Rexroth, “es prácticamente el único escritor religioso contemporáneo que una persona no religiosa puede tomar en serio”. Es cierto que es un escritor religioso, pero de una religiosidad muy especial que ha hecho que su filosofía sea llamada medio en broma, pero no muy desacertadamente, “judaísmo zen”. En su juventud, Buber tuvo la sensación de que su preocupación por “la experiencia religiosa” le había llevado, en cierta ocasión, a no prestar toda la ayuda necesaria a alguien que se la había pedido y que más tarde se suicidó. Refiriéndose a ello escribió:
Buber no ve la realidad fundamental ni en la experiencia subjetiva ni en el mundo objetivo, sino en el “reino del entre.” “Al principio está la relación.” “Toda vida verdadera es encuentro”. En su obra maestra Yo y Tú distingue dos tipos básicos de relación: Yo-Eso y Yo-Tú. Yo-Eso es una relación de utilización y experimentación entre el sujeto y el objeto; Eso (puede ser Él o Ella) no es más que una “cosa entre todas las cosas”, un objeto susceptible de comparación y categorización. La relación Yo-Tú es única, recíproca y total, y además, es irremediablemente temporal. “El ser individual aparece cuando se contrasta frente a otros seres individuales. La persona aparece en el momento en que entra en relación con otras personas.” Rexroth recalca que el punto de vista de Buber no es un sermón sentimental sobre el “compañerismo” o “espíritu de grupo” (esa forma de agruparse tan extendida hoy día que “no es nada más que una concentración de elementos asustados”), ni tampoco es una invocación del colectivismo en oposición al individualismo. “El individualismo comprende sólo una parte del hombre, el colectivismo comprende al hombre sólo como parte”. Tanto Buber como Rexroth hacen una clara distinción entre colectividad (como suma de elementos) y comunidad auténtica (que estaría formada por un grupo de personas interrelacionándose de forma viva y directa). Rexroth critica a Buber en tres puntos fundamentales: cuando se convierte en un apólogo del sionismo (a pesar de que el sionismo de Buber nunca fue beligerante ya que trabajó de forma tenaz en pro de un verdadero acercamiento entre judíos y árabes); cuando concluye su trabajo, bastante bueno por cierto, sobre las tendencias de las comunidades libertarias (Caminos de utopía) con falsas ilusiones sobre lo prometedor que resultaba el establecimiento de kibutzs en Israel; y cuando, en la última parte de Yo y Tú, llega a la noción de Dios como el “Tú eterno”. Rexroth se opone a los aspectos desagradables del Dios bíblico de Buber, pero aún desconfía más de esa “avidez metafísica” por una relación absoluta. “Cualquier obra que tenga un final feliz reservado en el Infinito es, en ese aspecto, engañosa. (...) Yo creo que la más completa realización del ser proviene de la aceptación de sus límites de contingencia. Es más difícil, pero mucho más noble, amar a tu mujer como a otro ser humano tan efímero como tú mismo, que mantener conversaciones imaginarias con un imaginario Absoluto”. Sin embargo, según Rexroth, la aceptación de las relaciones contingentes y fugaces sería el verdadero punto esencial en la perspectiva de Buber. La idea de un “Tú eterno” no es realmente una implicación necesaria de su filosofía. “A pesar de que el mismo Buber podría estar en desacuerdo desde el punto de vista doctrinal, nada importante cambiaría en su filosofía si elimináramos a su Dios. Nos quedaría una filosofía de alegría, vivida en un mundo lleno de otros seres.” Una buena parte de la obra de Buber está dedicada a la presentación del jasidismo, un movimiento popular místico que surgió en las comunidades judías del este de Europa en el siglo XVIII. Rexroth analiza en profundidad la historia y la naturaleza de este movimiento y explica cómo difiere en algunos aspectos de la sofisticada reinterpretación que Buber hace de él; sin embargo y a pesar de todo, lo que sobresale es un “santo buen humor” y una afirmación de comunidad que sólo aparece en los movimientos religiosos en muy pocas ocasiones. La obra de Buber Cuentos jasídicos nos recuerda, en cierto modo, las anécdotas sufíes, del zen o de los taoístas, pero poseen un carácter más comunitario y más ético. Al igual que éstas, nos revelan a menudo un hecho decisivo en la vida de una persona, aunque en general se trata más de una “transformación” moral interna que de una experiencia iluminadora. No hay ningún logro espiritual definitivo. Cada nueva situación, cada nuevo encuentro requiere que se responda con todo el ser. Las historias jasídicas tienen lugar en un contexto de judaísmo tradicional bastante ortodoxo, lleno de supersticiones, relaciones sociales anticuadas y formas religiosas poco atractivas; y aún así, a pesar de ello,
Rexroth apoya siempre, de forma entusiasta, estos misticismos éticos que “reafirman la vida”; siempre está dispuesto a valorar y animar cualquier tendencia que se dirija a la unión de contemplación y comunidad o que intente integrar en un mismo mundo la vida espiritual con la vida cotidiana. Como todos sabemos, el misticismo ha servido muchas veces para justificar la falta de cumplimiento de responsabilidades éticas y la despreocupación ante los problemas sociales. La experiencia de la unidad trascendente se ha tomado como implicación de que todo el sufrimiento y agobio de este mundo son sólo una ilusión, y por consiguiente no necesitaríamos preocuparnos por ello. Las expresiones contradictorias del misticismo (como trascendencia de la dualidad, “Todo es Uno”, etc.) pueden ser recursos apropiados del lenguaje para hablar de experiencias difíciles de describir; pueden incluso, de alguna manera, ser ciertas, pero sacar la conclusión de que son verdaderas, en el sentido estricto de la palabra, sería confundir distintos niveles de la realidad. La manera más simple de refutar esta clase de sofística trascendental es hacer notar que, incluso aquellos que la predican, se toman algunos aspectos de la vida mundana muy en serio, como por ejemplo el dinero que cobran por sus enseñanzas. Rexroth jamás cae en esta trampa. Cuando lo percibe está presto a denunciarlo. “La verdadera razón de la popularidad del Oriente antiguo y oculto fue señalada hace tiempo por el marinero del poema de Kipling: ‘Embarcadme hacia algún lugar del este de Suez (...) donde no existan los diez mandamientos.’ Cuando una religión es lo suficientemente exótica, no hay necesidad de preocuparse acerca de responsabilidades. Uno puede permitirse lo que quiera”. Rexroth tampoco admite la idea de que uno debe “curarse a sí mismo” antes de actuar con los demás. Tal como nos ha recalcado a menudo, los grandes místicos del pasado insisten de manera casi unánime en que los dos aspectos han de ir juntos. “El contemplativo católico, el sufí, el monje budista, todos ellos siguen un ideal de perfección. La iluminación les llega como la coronación a una vida de intenso activismo ético, de honradez, lealtad, pobreza, castidad y, sobre todo, caridad, amor generoso y positivo hacia todas las criaturas. La vida virtuosa crea un ambiente en el que la iluminación espiritual fluye como una luz difusa y sin origen.” Una definición clásica de las prioridades dada por uno de los más grandes místicos occidentales dice: “Si alguna persona estuviera en tal estado de arrobamiento como aquel en el que se encontró una vez San Pablo, y le dijeran que había un hombre enfermo cerca que necesitaba una taza de caldo, mejor haría en dejar su estado por amor al prójimo y servir a quien necesita ayuda” (Meister Eckhart). Esta misma idea aparece implícita en el ideal mahayana del bodhisattva, pero con un matiz suplementario que a Rexroth le gusta especialmente:
Pero una caridad lúcida implica en definitiva oponerse al sistema social que hace todo lo posible para que ésta no pueda llevarse a cabo. Rexroth añade una “coletilla” al voto bodhisattva:
[NOTAS] 8. Parade’s End. Tetralogía sobre el periodo de la Primera Guerra Mundial escrita por el autor y crítico inglés Ford Madox Ford (1873-1939) 9. D.T. Suzuki (1870-1966). Autor de numerosas obras sobre el budismo zen y principal divulgador de él en Occidente. 10. Martin Buber (1878-1965). Nació en Viena. Filósofo de la religión y de la cultura, exponente de un existencialismo y espiritualismo en sentido amplio, intérprete y renovador del pensamiento y de las tradiciones judías del jasidismo.
No copyright. [Capítulo 1
: Vida y Literatura]
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